miércoles, 12 de noviembre de 2014

Nayah VII

Me agarró de la mano y me sacó corriendo de allí por la ventana de atrás. No le dijo nada a su madre, tan solo trató de sacarme de allí lo más rápido que pudo. Temblando y asustada conseguí saltar por la ventana y corrimos hacia la escuela, ocultándonos entre las cabañas de los pueblerinos. Llegamos a la escuela y nos metimos en el invernadero, escondiéndome entre los bidones de abono del final.
- Te quedarás aquí hasta que yo vuelva - dijo, acariciándome la mejilla - a mí ya me han visto así que tengo que irme, si no sospecharán, pero volveré a por ti en cuanto se vayan.
- Siento haberte mentido y no decirte que soy yo la hija del presidente - dije entre sollozos - lo siento... mucho... Tenía miedo...
- No te preocupes, me lo explicarás todo cuando estés a salvo - dijo mientras se alejaba de mí.
Pasé unos minutos muy nerviosa, sin ser capaz de moverme, rezando porque esto acabara pronto y Aitor volviera a por mí diciéndome que todo estaba bien. Escuché la puerta del invernadero abrirse y unos pasos acercándose a mí.

- ¿Aitor? – Dije titubeando - ¿Eres tú?

Antes de que me diera tiempo a darme la vuelta alguien me agarró por detrás y me susurró al oído. Supuse que alguien nos había oído hablar y maldije para mis adentros.

- Así que… ¿Eres Nayah? Vaya…sí que cambias con el pelo corto y la ropa vieja. – Susurró Marcos – Estoy seguro de que los hombres de ahí fuera se irán y no nos harán nada si te entregamos. Espero que lo entiendas, solo intento proteger a los míos.
- Suéltame – supliqué tirando de mi cuerpo – no os pasará nada siempre y cuando no me encuentren.
- De eso yo no estoy tan seguro.
- ¡Pero yo sí! – gritó Aitor desde el otro lado del invernadero. Corrió hacia mí y le dio un puñetazo a Marcos en la mejilla -  suéltala ahora mismo, Marcos.
Marcos retrocedió unos pasos, liberándome y llevándose las manos al labio, del que la sangre empezada a salir.
- Aitor tenemos que entregarla – exclamó Marcos - ¿No entiendes que si descubren que la hemos protegido nos matarán? Si cooperamos, no nos harán daño. Piensa en tu madre…
- Ella no querría que el precio de nuestra salvación sea entregar a una chica inocente. Además, aunque la entreguemos, nada nos asegura nuestra protección – se defendió Aitor.
- Algunas veces el fin justifica los medios. No te aconsejo desafiarme muchacho, voy a llevarme a la chica ahora mismo conmigo – prosiguió.
- No si puedo evitarlo – dijo Aitor mientras agarraba una pala y le daba un golpe a Marcos en el estómago.
Marcos se derrumbó y cayó de bruces contra los bidones de abono.
- Vamos, Kara – dijo Aitor agarrándola y guiándola fuera – Nos vamos de aquí ya. Mi madre tiene listo el coche, Sólo hemos podido meter lo imprescindible mientras no se daban cuenta. También está tu mochila.
- ¿Se lo has dicho a tu madre? – dije sorprendida.
- Se lo ha supuesto cuando ha visto tu reacción y hemos desaparecido – respondió – cuando he vuelto a la cabaña ya estaba recogiendo las cosas, por eso no he tardado en venir a por ti.

Llegamos a la cabaña sin ser vistos y me subí al coche, escondida en el suelo de los asientos traseros. Aitor y Laura no tardaron en subir, pero en el último momento les vieron.

- ¡Eh! – Exclamó el mismo hombre de antes a juzgar por la voz - ¿A dónde vais?
- Tenemos que ir a por comida a la ciudad – dijo Laura pareciendo tranquila. No pareció importarles, pues arrancó el coche rápidamente- A lo lejos se oyó a Marcos gritar.
- ¡No dejéis que se vayan! ¡Tienen a la chica dentro del coche! ¡La están protegiendo!
- ¡¿Pero que hace Marcos?! - grito Laura - ¡Va a hacer que nos maten!
Me asomé y vi a los cinco hombres con pistolas apuntando. Laura acelerón de golpe y salí disparada al suelo del coche. Se oyeron varios disparos y el cristal del lado de Aitor se rompió.
- ¡Madre! – Dijo alarmado al ver que los hombres corrían a sus coches – ahora van a seguirnos ¿qué vamos a hacer?
- cálmate. Tienes una madre demasiado lista, cariño – dijo Laura riéndose cuando los coches no arrancaban.
- ¿Les has vaciado los depósitos? – preguntó Aitor.
- Y pinchado las ruedas. Sólo por si acaso.
- Una cosa más, esto…mamá – dijo con tono asustado.
- ¿Qué quieres?
- Me han disparado.

En ese momento Aitor se desmayó y dejó caer su cabeza hacia un lado. El coche se desvió de la carretera por el susto de Laura. Yo también me asusté al escuchar eso. Me incorporé para ver la herida. Por suerte le había dado en un brazo y la bala no estaba dentro pero la herida era fea y profunda.

- Kara, despiértalo – dijo Laura, manteniendo la clama – no puede dormirse. Dime dónde tiene la herida.
- La tiene en el brazo derecho, un poco más abajo del hombro.
- ¿Tiene la bala dentro?
- No. Pero sangra mucho – dije preocupada. Comencé a darle golpecitos en la cara – Aitor. Aitor despierta.
- Coge las tijeras de la caja de detrás y corta la manga de la camisa. Después agarra unas gasas y presiona fuerte – ordenó Laura – en cuanto nos alejemos un poco paro y le cierro la herida. Aguanta cariño.
- Mamá – dijo volviendo en sí – estoy bien. Ha sido por ver la herida. Me duele.
 Le recorté la camisa con cuidado de no hacerle daño, estaba cubierta de sangre. Cogí las gasas y se las puse en el brazo apretando fuerte. Se quejó un poco pero me dejó seguir. Le acaricié la mejilla con la otra mano, indicándole que estaba ahí para él, agradeciéndole todo lo que ha hecho por mí. Me agarró la mano fuerte.

- Tranquilo Aitor – Dijo su madre – si la bala no está dentro, que es lo más peligroso, no debes asustarte. Voy a buscar dónde puedo ocultar el coche y hacerte una cura rápida.
- Y yo voy a cuidarte hasta que tu madre pueda parar – le susurré al oído, haciéndole sonreír.
- Gracias, Kara – dijo Aitor haciendo una mueca de dolor - pero no aprietes tan fuerte.
- Nayah – Respondí, presionando un poco más flojo.
- ¿Qué? – preguntó Laura.
- Me llamo Nayah.

































lunes, 10 de noviembre de 2014

Nayah VI

Hacía mucho calor aquella tarde. Laura me prestó algo de ropa para que estuviera más fresca así que me deshice de la ropa de mi padre y me puse un vestido de tirantes blanco que se ajustaba un poco hasta la cintura y luego me caía hasta las rodillas. Laura es bajita y menuda como yo así que el vestido me queda como hecho a medida. Después me puse unas zapatillas blancas y salí de la cabaña para ir a la escuela con Aitor. Me estaba esperando en el porche, con la misma camisa azul turquesa de esta mañana y los pantalones blancos algo descoloridos. Me miró de abajo arriba hasta que se juntaron nuestras miradas.

- Estás preciosa, Kara – dijo por fin.
- Gracias – respondí mientras me aproximaba a él.
- Bueno, vamos a ver cómo están mis granujas – dijo cogiéndome de la mano, haciendo de ese gesto algo de lo más natural – hoy vamos a enseñarles a mantener cuidado y regar bien el huerto.

Nunca me habían cogido de la mano, la verdad es que era mi primer acercamiento físico con un chico. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al sentir como nuestras manos encajaban y el suave roce de su dedo pulgar acariciaba mi mano dulcemente. Era un gesto muy pequeño y simple, pero de algún modo me atravesó el corazón, activando sensaciones nunca conocidas antes. Noté que me miraba mientras caminábamos en silencio hacia la escuela, seguramente analizando mis expresiones y mi reacción al sentirle tan cerca.

Nos pasamos tres horas jugando con los niños en el huerto, era un invernadero lleno de hortalizas que pasamos cosechando más de una hora. Después aramos la tierra y volvimos a plantar semillas de tomates, lechugas, berenjenas, pimientos y remolacha. Los niños aprendían rapidísimo, casi sabían más que yo. Al terminar, salimos fuera y jugamos a la pelota y a saltar a la comba. A pesar de todo lo que me había pasado, esos minutos me hicieron sonreír de nuevo y evadirme de mi dura realidad. Siempre que miraba a Aitor lo pillaba mirándome y me guiñaba un ojo o me sonreía. Me daba vergüenza, pero no podía evitar sonreír con el.
Anochecía en el poblado y todos los niños se fueron a sus casas. Nos quedamos Aitor y yo recogiendo un rato más. Cuando terminamos nos sentamos en las escaleras de la entrada a beber y comer algo. El silencio invadió el lugar hasta volverse algo incómodo. Finalmente Aitor dijo:
- Kara, necesito decirte algo – dijo agarrándome la mano – la verdad es que no tengo ni la menor idea de por qué tienes esa mirada tan triste, y si no puedes contármelo te voy a respetar, pero siento que tengo que cuidarte, que existe una conexión especial desde que te encontré. Cada minuto que pasa siento que debo hacer que vuelvas a sonreír y que, aunque sea unos instantes, la tristeza que inunda tu alma desaparezca. Quiero ser la persona en la que puedas confiar plenamente.
Me agarró el rostro con las manos y me besó. Fue un beso apresurado y posesivo, lleno de pasión y deseo. Le abracé por la cintura y me dejé llevar por ese momento, feliz a pesar de todo. No sé cuánto tiempo pasó hasta que nos separamos y fuimos a cenar, tal vez horas, pero fueron segundos para mí. Con él me sentía protegida y segura.

Recuerdo que aquella noche, cuando estaba a punto de dormirme, le observé. Estaba tumbado en el sofá, pues yo dormía en su cama. Nos miramos fijamente durante un rato hasta que, movida por el deseo de tenerlo conmigo, le hice una seña para que viniera conmigo, proposición que no rechazó. Me besó dulcemente en la mejilla, el cuello, los labios… y su abrazo veló por mis sueños toda la noche.

Un fuerte murmullo procedente de la plaza nos despertó de golpe. Laura no estaba, solo nosotros dos. Me preguntaba si nos había visto dormir juntos y qué pensaría al respecto, pero el rostro preocupado de Aitor al oír la voz de su madre discutiendo hizo que no pensara más en ello. Algo iba mal. Aitor se levantó de golpe y salió fuera. Desde dentro y sin asomarme, escuché lo más importante. Me buscaban.

- Mi madre ya le ha dicho que no ha pasado por aquí – dijo Aitor cortante – Así que váyanse.
- No hasta que registremos todo el poblado – exclamó una voz ronca y fuerte – si ella no está aquí, ni estáis ocultando nada, no tenéis que temernos.
- No tenéis derecho a invadir nuestra intimidad – dijo Laura.
- ¿A ti no te han enseñado a mantener la boca cerrada cuando los hombres hablan verdad, mujer? – respondió con tono despectivo hacia Laura.
- Como vuelvas a hablar así a mi madre…
- ¿Qué me harás? – dijo el hombre. Y escuché un tiro, seguido de numerosos gritos – supongo que así dejo claro quién manda aquí. Bien, empezaremos por allí y cuando volvamos espero no escuchar más quejas.
Se me saltaron las lágrimas al ver a Laura y Aitor entrar por la puerta. Estaban bien.
- ¿Qué ha pasado? – Dije asustada - ¿han disparado a alguien?
- No, tranquila. Están buscando a la hija del presidente fallecido – respondió Laura – solo dispararon al aire, para asustarnos. Dejaremos que vengan y busquen. Se irán pronto.
- ¿Cuántos son? – pregunté, asustada.
- Cinco.
Me puse blanca y con ganas de vomitar. No podía arriesgarme a que me encontraran, seguramente tratarían de protegerme y morirían por ello. Miré a Aitor con cara de auxilio y no hizo falta que le diera muchas explicaciones. Le abracé y, para que no me oyera Laura susurré:
- Aitor, sácame de aquí.




sábado, 11 de octubre de 2014

Nayah V

Pasamos una comida muy agradable y estaba deliciosa. Comí con Laura, Aitor y tres voluntarios más. Se llamaban Marcos, Daniela y Cristina y ya los conocía de mis visitas anteriores. Eran una pareja de médicos y una bióloga respectivamente. Afortunadamente, ninguno me reconoció.
Durante la comida me contaron sus historias. Al parecer, Marcos y Daniela se casaron hace un tres y pasaron su luna de miel en África. Durante su viaje pudieron ver las necesidades que hay aquí y los pocos medios que poseen. Estuvieron un año preparándose y ahorrando para poder pagar el viaje y venir a curar y cuidar a la gente.
El caso de Cristina es más gracioso ya que acabó aquí de pura chiripa. Un día estaba hablando con una de sus compañeras de carrera, que siempre la pinchaba porque Cristina se ponía muy nerviosa con las notas y luego sacaba excelentes, apostaron que si sacaba más de un nueve en el trabajo de fin de grado se tendría que apuntar a una ONG y se iba a África de voluntaria. obviamente era de broma, ya que poca gente sacaba más de un ocho en su trabajo, pues le faltó tiempo para hacer las maletas cuando recibió una matricula de honor por su estudio sobre la reacción de diversas bacterias en aguas con diferentes componentes y alguna otra cosa más que no logré comprender bien.
Después de tanta charla, y tras la insistencia de todos, tuve que contarles parte de mi historia, algo distorsionada claro.

- Me dirijo hacia Egipto - añadí por fin - a casa de mis padres.
- ¿Por qué no estás con ellos? - preguntó Cristina.
-¿Qué haces tu sola recorriendo el continente? - dijo Marcos, la verdad es que me miraba con cara de incredulidad. Me intimidaba bastante.
- Me escapé de casa - logré decir - mis padres me presionaban mucho para que hiciera todo lo que ellos quisieran y me cansé. Cogí una mochila y dinero, el cual no falta en mi casa, y me fui a casa de una amiga que vive aquí, en la capital.
- ¿ Eres de una buena familia? - dijo Marcos - El caso es que cuanto más te miro más me resultas familiar...¿ Has salido alguna vez en la tele o algo así?

Mierda. Eso fue lo primero que pensé. La mesa se quedó en silencio y yo no sabía que responder, me sudaban las manos y me ardía la cara. Por fin se me ocurrió algo:

- Mi padre trabaja en un periódico y alguna vez he posado para alguna foto - dije sonriendo. No sonaba muy convincente pero no sabía qué otra cosa decir - seguramente te suene por eso.
- Es lo más probable - dijo Daniela, salvándome el cuello - a mi marido le encanta leer el periódico.
- Pero Kara - intervino Aitor, cortando ya con el tema  - ¿cómo llegaste hasta aquí? tenías varias quemaduras en la cara y parecías totalmente perdida cuando mi madre y yo te encontramos. Tuviste suerte de que saliéramos del poblado a hacer fotos del atardecer...
- Mi amiga vive en el centro de la capital y hace unos días la atacaron y... - me costó hablar sobre mis padres. Tuve que seguir hablando reprimiendo las lágrimas  - mataron al presidente y a su mujer.
- Lo sabemos - dijo Laura - vinieron varios heridos ese día. Al parecer están buscando a la hija del presidente, que se encuentra desaparecida.
- Si - proseguí, con un nudo en el estómago al pensar que estábamos hablando de mí en tercera persona - quieren matarla porque ella ahora es la sucesora al cargo. han ofrecido elevadas recompensas por ella. El caso es que me asusté mucho al ver todas esas revueltas y me fui de la ciudad en cuanto pude. Quise coger un avión pero estaba todo colapsado para evitar que nadie saliera de allí así que decidí alejarme a pie y buscar un transporte.Pasé un día andando por el desierto hasta que me encontrasteis. El resto de la historia ya os la sabéis. 
- Madre mía - exclamo Marcos - ¿y cómo piensas seguir?
- Mi madre y yo nos vamos a Egipto en un par de días en el coche para recoger material médico - dijo Aitor - quédate dos días y te llevamos.

No sabía que hacer...estar tan cerca del peligro dos días era muy arriesgado. En cualquier momento podían venir a investigar y no sabía si sabría pasar por otra persona mucho tiempo.

- no sé...no creo que sea lo mejor - respondí

-Aitor - exclamó Laura - Se me había olvidado por completo lo de nuestro viaje. Es perfecto. No se hable más, Kara, te vienes con nosotros, no voy a permitir que te vayas sola con lo que está pasando. y será más divertido.

De alguna forma sus palabras me hicieron pensarlo bien. Llegaría mucho antes con ellos y el hecho de ir con unos voluntarios era una especie de camuflaje. Solo me daban miedo estos dos días pero al final acepté.

- Muchísimas gracias a todos - dije - estaré encantada de ir con vosotros. La verdad es que el viaje me daba algo de miedo.
- Es todo un placer tenerte aquí - dijo Daniela vacilando y sonriendo - pero no vas a librarte de ayudarme en el invernadero.
- Lo siento, Dani - dijo Aitor - pero esta tarde ya la tiene muy ocupada. Se viene conmigo a la escuela para ayudarme con los críos.

Y en su rostro feliz se formó una gran sonrisa mientras me guiñaba un ojo. No pude evitar bajar la mirada y sonreír con el.









miércoles, 8 de octubre de 2014

Nayah IV

Cuando el sol decidió asomarse por mi ventana mis ojos comenzaron a abrirse lentamente. Las suaves sábanas blancas que me cubrían desprendían un agradable olor a primavera y el confortable colchón me abrazaba para que siguiera allí infinitamente. Me sentía tranquila y a salvo a pesar de no tener ni idea de dónde me encontraba. Tras unos segundos de placer que me permití a mí misma decidí levantarme y mirar alrededor. La cama estaba en una habitación sencilla de paredes blancas y desgastadas. Pegado a ellas se encontraba un pequeño escritorio de madera vieja con papeles desordenados por encima. Desde la cama podía ver las otras tres estancias de la cabaña: una pequeñísima cocina de lumbre, un baño minúsculo y otra habitación exactamente igual a aquella en la que había dormido.
Salí de la cabaña y me encontré en el centro del poblado, coronado con un pozo de agua en el centro. Una larga cola de personas se arremolinaba alrededor esperando su turno para coger agua.

– Por fin has despertado – me gritó una voz masculina detrás de mí.
– Aitor… no asustes a la chica por detrás – dijo la mujer que se encontraba al lado del chico.
– Lo siento…  –  dijo acercándose a mí. Tenía una sonrisa que brillaba por sí sola a pesar de su piel clara – Me llamo Aitor y esta es mi madre Laura ¿Cómo te llamas?
Era un chico joven, un par de años mayor que yo supongo. Se hizo un largo silencio mientras esperaban la respuesta.
– Kara – mentí – Me llamo Kara.
No sabía en quién podía confiar así que esa me pareció la mejor opción, bautizarme con el primer nombre que se me ocurrió, el de mi antigua mascota.
– Estamos encantados de conocerte Kara, somos voluntarios españoles que venimos a intentar mejorar vuestro modo de vida. ¿Quieres tomar algo? – Me preguntó con hospitalidad – Quedan dos horas para la comida así que ¿por qué no dejas que Aitor te enseñe el pueblo? Aitor, tráela algo de fruta y volved en un par de horas para comer algo.
– Muchas gracias, Laura – dije mientras cogía una naranja.
Aitor y yo caminamos por el poblado que yo ya conocía mientras me explicaba lo que había en cada cabaña. Todo el poblado formaba un gran circulo alrededor de pozo. Calculo que apenas serán ciento cincuenta personas incluyendo a los voluntarios.
– Cuando construyeron el pozo y lograron que llegara el agua hasta aquí, los poblados cercanos empezaron a venir aquí en lugar de caminar tantos kilómetros – exclamó -  en cierta forma estamos ayudando a mucha más gente de la que parece.
Todo lo que me estaba contando me resultaba de lo más interesante, lejos de las narraciones examinadas minuciosamente por el protocolo cuando los visitamos por última vez. Esta versión era más real y sincera. Cuando nos quedamos sin tema del que hablar traté de impedir que me preguntara sobre mí, así que lo hice yo:
– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? – pregunté, su rostro no me era familiar ni me sonaba de la última vez. Es un chico muy guapo, si le hubiera visto, lo recordaría.
– Apenas un mes. Mi madre es médico y ganaba mucho dinero en España así que nunca me faltó de nada – dijo entre risas – más bien estaba muy consentido y no sabía valorar las cosas. Unos días después de graduarme del bachillerato y decirla que pasaba de estudiar más y que quería vivir la vida se enfadó muchísimo por que no supiera valorar que todo lo que ella ha trabajado lo ha hecho para que yo tuviera la mejor educación y yo la desaproveche. Así que una semana después me soltó la bomba de que estábamos en una ONG y nos íbamos de voluntarios quince días.
– ¿Y cómo reaccionaste? – pregunté.
­– La verdad…fatal. Tenía planeado un viaje con mis amigos y se negó a que fuera. Cuatro días después estábamos cogiendo el avión sin decirnos ni una sola palabra.
Los primeros tres días fueron un castigo. No tener agua caliente, apenas electricidad y no poder hablar con mis amigos…lo pasé algo mal.
Pero finalmente mi madre consiguió su propósito y me abrió los ojos. Los primeros días yo la veía cuidar a los lugareños y curar heridas del duro trabajo diario y finalmente opté por poner mi granito de arena. Escuché que estaban terminando de construir un pequeño colegio con un huerto detrás de las cabañas y quise ayudar. Pasé una semana pintando las paredes con los niños, construyendo mesas de madera y taburetes, ordenando el poco material escolar que nos llega. Me lo pasé realmente bien y me di cuenta de que era feliz en esta humilde vida sin las ataduras del mundo moderno. Los niños estaban ilusionadísimos por estudiar y aprender, por labrarse un futuro, el futuro que yo estaba rechazando.
<< unos días antes de irnos Hablé con la ONG sin decírselo a mi madre. Les pedí que me dejaran quedarme y ser el profesor de los niños. Aceptaron con la condición de que se lo contara yo a mi madre antes de confirmarlo del todo. Cuando se lo dije se quedó helada. No sabía cómo reaccionar ante eso. Le dije que no sería para siempre y que cuando volviera comenzaría a estudiar para ser profesor. Se puso tan contenta y la vi tan orgullosa de mí... Me dijo que se quedaría conmigo y aquí estamos los dos, dispuestos a cambiar un poquito el mundo.
Cuanto más lo escuchaba más me hechizaban sus palabras. Sentía total admiración por ese chico, que abandonó su mundo y todo lo que tenía para ayudar al mío.
Seguimos dando un paseo, volviendo hacia el poblado tras visitar la escuela. Era muy bonita, con colores y manos de los niños en la pared. Cuando llegamos al pozo a beber algo de agua me dijo:

– ¿Te gustaría venir a la escuela esta tarde a verme y jugamos un rato con los pequeños? – me dijo con emoción
– No se – dije, volviendo a mi realidad, a pesar de que dentro de mi el deseo de quedarme latía con fuerza – debería seguir mi camino.
– Una lástima – exclamó. Sus palabras se tornaron tristes y ácidas – Me costará olvidar esos ojos brillantes que tienes, son mágicos.
Y salió corriendo hacia una de las cabañas, dejando sus últimas palabras flotando en el aire.
– ¡Kara! – Exclamó Laura desde la ventana - ¡ven a comer con nosotros, venga!
A eso no podía negarme.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Nayah III

Salí de las alcantarillas tras recorrerlas y atravesar la ciudad, imaginándome las calles y los caminos que me guiarían a la salida. El olor era repugnante, una mezcla de agua estancada, comida podrida y cuadra sin limpiar. Tuve que taparme con la chaqueta y oler el aroma del perfume de mi padre para poder seguir, pero logré salir.
Llegué a las colinas de arena de las afueras de la ciudad, justamente entre dos de ellas, preparada para seguir mi camino tras escabullirme de la callejuela de la periferia por la que logré salir. A los treinta minutos de empezar a caminar por la arena, me sentí terriblemente cansada. Era de noche  y tenía miedo, así que seguí un poco más hasta encontrar un refugio, si se le puede llamar así, entre varías rocas grandes y un desnivel de arena. Me tumbé con la cabeza apoyada en la mochila y me quedé profundamente dormida mientras lloraba la pérdida de mi familia.

Dormí escasas horas seguidas. Me despertaba de vez en cuando, sintiendo mi cuerpo alerta pero a la vez obligándome a seguir descansando un poco más pues me aguardaba un duro y caluroso día caminando por el desierto.
Cuando los primeros rayos de sol se colaron entre las rocas, pensé que era el momento de continuar. Me incorporé y mi estómago me declaró la guerra, negándose a continuar la travesía sin una pizca de alimento que digerir. Saqué la manzana y tres de mis valiosas galletas, disfrutando de cada bocado al máximo antes de ponerme a caminar.
Mi principal objetivo era salir del país antes de que toda la población sepa que me buscan y ofrezcan recompensas, algo muy común cuando buscan a alguien desesperadamente. Para entonces todo el mundo tendrá un precio.

Cada verano, durante un mes y medio, me recorro el país para confraternizar con mi gente y conocer las tierras de mi padre, por lo que sabía que el poblado más cercano se encontraba a unos quince kilómetros. Tendría que caminar casi todo el día para llegar hasta allí. Por suerte, ese poblado posee algo muy especial desde hace un par de años. Se trata de un asentamiento de Médicos sin Fronteras que fue para un par de meses y decidieron quedarse unos años junto a Intermón Oxfam, para ayudar al pueblo y los alrededores.
Tras mi última visita llegaron más voluntarios para ayudar a construir un colegio y una pequeña depuradora de agua, ya que por fin lograron terminar el canal que abastecía al pueblo. Así consiguieron que mi gente no tuviera que caminar horas a por agua y pudieran los adultos cultivar y los niños estudiar.

El sol ardía al llegar el mediodía. Intentaba no desaprovechar el agua que tenía dando pequeños sorbos cada rato. Me sentía mareada y desorientada. A mi alrededor sólo había arena y las huellas de mis pies marcadas en ella por el camino. Llevaba horas caminando sin parar y me merecía un descanso, pero tenía miedo de no llegar esa noche al poblado así que no paré, continué casi como una autómata, viendo el sol alejarse de mí, cayendo y llenando de oscuridad el desierto. No podía más, tenía heridas en los pies, la cara y las manos resecas y dolor de cabeza. Solo pude dar un paso más antes de caer de rodillas al suelo, nublandose mi vista tras ver los focos de lo que me pareció un coche y la puerta de uno de los dos lados abrirse.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Las chicas que leen...

Hoy he leido este artículo y me ha encantado. Considero que merece estar aquí, ya que muchas palabras que se pueden leer en el me describen, y más aún, debe ser leido comprensivamente para captar el alma de todas aquellas que deseamos construir una vida de cuento.
"Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.
Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería.
Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas.
Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos. Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami.
Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella. Es fácil salir con una chica que lee.
Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor.
Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace. Por lo menos tiene que intentarlo.
Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.
Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe.
También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo. Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.
Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype. Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.
Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.
O mejor aún... a una que escriba.”
Por Rosemary Uquico.

jueves, 28 de agosto de 2014

El encanto de la lluvia

Muchos somos los que pensamos que las tormentas de verano, o la lluvia y el mal tiempo en general, no son más que una forma natural de fastidiarnos un plan al aire libre como ir a la playa o a dar un paseo en el día que más nos apetece. En cambio, hoy he descubierto que existe cierta belleza en estos inesperados días en los que levantamos la persiana esperando que entren los rayos del sol y descubrimos que nuestro idílico día se ha ido a la mierda, hablando mal y pronto, por culpa de que el día se ha despertado húmedo y gris
Pero, en cambio, cuando he salido de estudiar y he sentido la limpieza del ambiente, tras estar todo el día lloviendo, y el frescor de las pequeñas gotas de agua, ha sido de lo más gratificante y no he podido evitar pararme a pensar en que, en cierto modo, agradezco que llueva.
No te sientes obligado a salir de casa y te puedes tirar en el sofá a ver la tele o leer un libro con una mantita, acurrucarte a tu pareja todo el día sin sentirte mal por no aprovechar un día de sol en Cantabria, que este verano os aseguro que vale su peso en oro.
Ver llover desde la ventana del salón mientras me bebo un té caliente y con un buen libro que leer, en pijama, en el calor del hogar, para mí es un momento de descanso perfecto.
En ese sentido veo belleza en las tormentas, porque no todo es diversión, salir, moverse... a veces se necesita relax, y la lluvia te lo concede si o si.


jueves, 21 de agosto de 2014

Nayah II

Mi padre dejaba este mundo y yo sentía un frío inexplicable...el frío que produce la soledad, que te inunda y congela tu corazón. No sabía cómo llegar hasta la casa de mi tío en El Cairo, no podía ir en autobús, ni en avión porque no podía identificarme o me matarían. Debo ir sola, sin ayuda. Tal vez andando o colándome en algún autobús.
Lo primero que hice fue apresurarme al piso de arriba, ignorando el estado de mi hogar, destrozado y desolado. Entré en el baño de la habitación de mis padres. Todo estaba revuelto, con nuestras cosas por el suelo y los cajones abiertos, lo que me facilitó el encontrar lo que estaba buscando.

Me lavé rápidamente la cara para quitarme el maquillaje y cerré la puerta del baño. Encendí a tientas un par de velas, que coloqué junto al espejo para poder verme. Seguidamente agarré las tijeras y respiré hondo. Cortar el primer mechó fue tal vez lo más duro, era una metáfora de que dejaba atrás la vida que llevaba antes. Soy blanca, como mi madre, en cambio tengo los mismos rasgos que mi padre y mi abuela, unos ojos color azabache, el pelo oscuro y muy rizado, casi por la cintura. Siempre lo llevaba suelto, me hacía sentir muy hermosa. Seguí cortando, mechón tras mechón, hasta que solo quedaban unos alborotados y minúsculos ricitos sobre mi cabeza. Supuse que así no me reconocerían, al menos los que no me conocen en persona. Me quedé mirándome unos segundos, no era capaz de reconocerme a mí misma sin maquillaje y con el pelo tan corto, era como observar a otra persona y, en aquella circunstancia, era muy buena señal.

Agarré las cerillas con las que encendí las velas, un bote de agua oxigenada y gasas. Mi siguiente paso estaba en el armario de mi padre. Cogí unos de sus pantalones cortos – que a mí me llegaban por debajo de las rodillas – y una de sus camisetas de deporte junto con una chaqueta y me vestí, despidiéndome también de mi ropa habitual. me dirigí hacia mi habitación, dónde busqué mi mochila negra y guardé lo que cogí en el baño junto a una linterna y mi cartea, sacando primero cualquier cosa que pudiera identificarme. Solo me interesaba el dinero.

Por último y antes de marchar, bajé sigilosa y con las piernas temblorosas a la cocina, y rebusqué en los cajones la navaja de caza de mi padre. Como provisiones me llevé lo poco que me cabía en la mochila: un par de manzanas, un paquete de galletas y una botella de agua. Salí de lo que había sido mi hogar aterrada y conteniendo un sollozo.
Mi mayor prioridad era salir de la ciudad, dónde podría ser fácilmente reconocida por mis amigos. Por un segundo pensé en pedirles ayuda, pero no sabía si poder confiar en ellos por lo que descarté esa posibilidad enseguida. Me escondí en la arboleda de mi casa, a la entrada de esta, a pensar por dónde podría salir de allí. Era bastante obvio que por el centro era imposible, demasiada gente conoce mis gestos, mi voz e incluso mi mirada como para no darse cuenta de que soy yo, aunque les cueste al principio. Tampoco podía ir callejeando porque, si me están buscando y me ven sola, me registraran o me cogerán hasta que me identifique alguien conocido. No sabía cómo escapar de allí sin correr demasiado peligro...

Me fijé en el círculo negro de la entrada de casa, el que tiene dibujado el escudo de la familia de mi padre en la carretera.  Nunca entendí muy bien por qué lo colocaron allí por mucho que me explicaran que era para detectar la casa desde el aire por los aliados y evitar que atacaran. Siempre lo vi como una falta de respeto, pues todos los coches que pasaban pisoteaban con sus ruedas el símbolo de mi familia cual rendija sucia de una alcantarilla...
Ese ligero pensamiento de mi cabeza me dio la gran idea. Podía salir por la red gigantesca de alcantarillado que atraviesa la ciudad de punta a punta. Tan solo tenía que llegar hasta la rendija más cercana y estaré a salvo.
Salí del jardín de mi casa, llegando a la travesía principal de Adís Abeba y corrí a una callejuela secundaria, escondiéndome tras unos cubos de basura, cuando escuche las voces de dos hombres que hablaban en inglés.
– Hay que encontrar a esa niñata – dijo uno de ellos.
­– sigo sin comprender por qué es ella tan importante. Había que matar a su padre – prosiguió entre quejas – pero nadie dijo nada sobre matar a una cría.
– Eres un necio – exclamó – es necesario matar a todos los descendientes del presidente. Este país se rige bajo una presidencia de derecho de nacimiento. Si la hija del presidente vive, es ella la sucesora del cargo y por tanto el país no es de Sudán ni de nuestro querido presidente, por mucho que lo pretendamos. Así que, si sigue viva, tarde o temprano intentará recuperar lo que es suyo, y más con la ayuda de Egipto. El tío de la niña haría cualquier cosa por ella…
– Pues entonces habrá que encontrarla y acabar con ella.
Comprendí por qué mis padres me ocultaron y por qué debo protegerme a mi misma. Hasta que yo no muera, este país me pertenece y mi misión es cuidarlo y que prospere.
La entrada a las alcantarillas estaba en el centro de la carretera, junto a los dos hombres. Esperé lo más escondida que pude, vigilando mis espaldas, hasta que se cansaron y se fueron, y por fin me acerqué a la rejilla. Usé toda la energía que me quedaba en el cuerpo para abrirla y logré esconderme rápidamente en el laberinto de suciedad que me permitiría escapar sana y salva.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Nayah I

Cuando desperté aquella mañana no sabía lo mucho que cambiaría mi vida, pero algo en mi interior me hacía estar nerviosa. Sentía que todo era diferente, hasta el aire me olía diferente en la sencilla ciudad en la que me he criado. Aun así, ignoré mi extraña intuición y decidí continuar con el día como si fuera otro cualquiera.
Vivía en Adís Abeba, la capital de Etiopía. Mi padre era el presidente del país y mi vida era como la de cualquier joven europeo, aun a sabiendas de que mi país presidía la lista de los países más pobres del mundo entero. Simplemente miraba para otro lado e intentaba olvidarlo.
– Es mejor que te mantengas al margen de todo esto, pues tú no tienes la culpa de nacer siendo mi hija, simplemente disfruta de lo que tienes la suerte de tener y aprovéchalo por todos los que no lo tienen – Me decía mi padre cuando le preguntaba sobre las desigualdades del mundo mientras observábamos, desde nuestra gran casa, las revueltas de aquellos que deseaban la igualdad por la que yo poseía cierto interés.
– Solo tienes quince años y aún hay cosas que no comprendes de la vida. Los humanos nunca tendremos igualdad. Estamos cegados por el egoísmo y la ambición.
Estudiaba en casa con los mejores profesores, que venían de los mejores colegios británicos y franceses para darme la mejor educación. Estudiaba inglés, francés, economía, historia universal, matemáticas y biología. Me encantaba la idea ser médico de mayor y mi padre me mandaría a la mejor universidad para que lo consiguiera. Mi madre me enseñaba buenos modales, cocina y costura por las tardes, aunque no me interesaba demasiado.
Aquella tarde el olor ahumado de los contenedores que quemaban en la ciudad y los gritos de los revolucionarios era inmenso, me daba algo de miedo, pero mi madre me decía que no pasaba nada, que había mucha seguridad en la casa. Desgraciadamente no la suficiente.
En escasos minutos una bomba estalló en la calle, reventando los cristales de mi casa y haciéndome caer al suelo. Mi madre me escondió bajo una trampilla camuflada por la alfombra central del salón y me dijo que no saliera de allí. Después de eso escuché muchas pisadas seguidas de varios disparos muy cerca de mí. Me taladraban los fuertes e incesantes pum pum, pum pum de mi aterrorizado corazón. Me esforcé por no sollozar, pero no pude evitar que se me desbordaran las lágrimas de los ojos.
Pasé las horas en silencio, esperando a mis padres y tapándome los oídos hasta que dejé de escuchar disparos y gente gritando. Las pisadas hacía mucho que habían cesado, pero temía salir de allí. Miré mi reloj y eran las tres de la madrugada. Necesitaba salir de allí y buscar a mis padres.
Abrí la trampilla escasos milímetros y el salón estaba vacío. Salí del pequeño agujero haciendo el menor ruido posible. Estaba todo muy oscuro, pero pude guiarme gracias a la poca luz del exterior, el cual parecía un infierno. Estaba todo en llamas y escasas farolas quedaban encendidas. Me dirigí decidida hacia el despacho de mi padre. Lo primero que vi fue una mano de mujer, y desee con todas mi fuerzas que no fuera ella, pero al reconocer el anillo de su dedo el mundo se me vino abajo. Corrí hacía ella por si seguía viva. No se podía hacer nada, estaba fría como el hielo y hacía mucho que sus pulmones dejaron de respirar. La cerré los ojos y me acerqué a su rostro para darla un beso por última vez.
– Te quiero, mamá – le susurré al oído, conteniendo el llanto.
– ¿Na…Nayah? – dijo alguien desde el otro lado del escritorio. Me asusté al escucharlo, pero no tenía sentido que fuera enemigo. ¿Cómo sabría mi nombre?
– Nayah, ven aquí. Tranquila, no hay nadie.
Me acerqué al cuerpo herido de mi padre y le cogí la mano.
– Papá – dije llorando - ¿Qué ha pasado? No entiendo nada…
– Teníamos un tratado de paz con Sudán a cambio de beneficios económicos – dijo con la voz entrecortada – y al perecer no les es suficiente. Se han hecho con el país.
Tenía heridas por todo el cuerpo y un disparo en el abdomen. No conseguía respirar bien y había sangre suya por todas partes.
– Dime qué puedo hacer – dije desesperada.
– Debes irte… con tu tío a Egipto. El cuidará de ti. Dijo que… que se encargaría de ti si esto pasaba. Pero no puede venir a por ti. Le matarían.
Apenas entendía ya sus palabras. Se le cerraban los ojos y su respiración se ralentizaba. Le acaricié la mano y la sujeté fuerte entre las mías mientras me dejaba.
– Sabes… que siempre te querremos. Ten cuidado – dijo soltando una lagrima.
– Lo sé, papi. Te quiero.

Sus últimas palabras eran apenas un susurro que me costó entender. Decía que hiciera lo posible porque no me reconocieran. 

domingo, 3 de agosto de 2014

Fugaces pensamientos a media noche 6

Hoy he aprendido a ser un poquito más positiva, pues algunas veces me resulta difícil serlo ya que me tomo las cosas muy en serio. Pero, en el fondo, me doy cuenta de que sonreír y poner buena cara es más placentero a la larga aunque cueste un poquito más.
Creo que necesito rodearme de gente que no me produzca pensamientos negativos, que no me agobie, que simplemente viva su vida compartiendo momentos de alegría conmigo, sabiendo que también estaré en los malos.

 No se, he perdido a un puñado de personas que me importaban mucho durante las ultimas semanas y aun así me siento bien, me siento liberada porque se que la gente que me rodea ahora, aunque sean menos, me valoran por lo que soy en este momento, y no me juzgan por aquello que hice en el pasado.

Me siento con más fuerza que nunca, más enamorada, más dispuesta a reírme y disfrutar de las pequeñas cosas que me da la vida cada día, de su sonrisa, de sus caricias, de sus besos. Y siento que esto es así por mantenerme alejada de esas manzanas perfectas por fuera pero podridas y envenenadas por dentro. Y pensar que yo las llamaba amigas...

XOXO,

Thirstyimmortal.

jueves, 31 de julio de 2014

Fugaces pensamientos a media noche 5

Hoy he recibido una llamada de reproche totalmente inesperado. No la he contestado. Tal vez ha sido porque al ver ese nombre en la pantalla del móvil sabía lo que me iban a decir, y sinceramente, no tengo ganas de dar explicaciones a nadie de por qué hago una cosa o por qué hago otra. Es como si mis pasos estuvieran medidos y si decido dar otros debo pedir disculpas y estoy bastante harta de ese plan de vida.

Este año, y tras todo lo que he vivido, se que no puedo confiar en las personas al cien por cien, se que la única que me apoyará incondicionalmente soy yo misma y por eso, he hecho lo que verdaderamente he querido durante estos últimos días. ¿Por qué iba a hacer yo algo que no quiero hacer por gente que no es capaz ni de llamar para ver que tal estoy? Me apetecía ir a la piscina de mi mejor amigo y no a la de mis amigas de siempre porque no tengo ganas de tener ciertas conversaciones ni sentirme apartada mientras hablan de experiencias que no he compartido con ellas. Prefiero jugar a las cartas y pasar de lo demás. Preferí coger el bus al centro sola y disfrutar de un solitario paseo por Gran vía mientras extrañaba las frías e invernales tardes de sábado en las que mi mejor amiga y yo nos fugábamos al centro en busca de aventuras. Soy de las que piensa que a veces necesitamos detenernos para mirar alrededor y pensar en qué clase de persona queremos ser, tal vez nos cueste más o menos tiempo, yo he tardado días y todavía no se si me irá bien así, pero necesitaba descubrir que puedo ser feliz y disfrutar de todos los momentos de la vida, ya sea sola o acompañada, pero que eso lo decida por mí misma.

No quiero ser yo siempre la que va detrás de las personas sonriendo y diciendo a todo que si, sin fallarles ni una sola vez, pero eso sí, cuando me fallen a mi debo hacer como que no pasa nada y olvidar porque sino la que se monta es gordísima y me convierto en el monstruo y la bruja más mala del mundo. Eso ya se acabó.

¡Es que veo de lo más estúpido e infantil las últimas cosas que me están pasando! ¡Me da muchísima rabia! ¿Qué sentido tiene ser tan falso como para andar con reproches absurdos, sonriendo a la cara y después ponerme a parir? Se que lo están haciendo. No están de acuerdo con mis últimas decisiones, pero eso ya no me importa. Yo decido.

Me gustaría huir de nuevo, coger las maletas y desaparecer, sola y sin rumbo, al lugar dónde mi dedo índice se posara para detener el incesante giro de una bola del mundo y empezar de cero, como siempre hago cuando mi mente y mi cuerpo se satura de este mundo falso y sin valores, sin respeto, sin lealtad, sin verdad...Comenzar de nuevo mi cuento, aunque el precio sea dejar atrás cosas que me llevaría conmigo si pudiera, aunque sepa que todo esto es algo imposible.

XOXO,


ThirstyImmortal.

















sábado, 26 de julio de 2014

Fugaces pensamientos a media noche 4

Verano.

El verano no es solo una estación del año más en la que vives cada año. El verano abarca una infinidad de sentimientos, experiencias, momentos, hechos que nos hacen definirnos como personas, pero de la forma más positiva y alegre posible. 
Por muy deprimida que pueda estar en un momento concreto, si me piden que piense en el verano, nunca se me va a pasar por la cabeza algo frío, solitario, triste...pues esa calidez que es capaz de calentar nuestros corazones y relajar cada rincón de nuestro cuerpo, esa alegría que emana de los rayos de sol de pleno mes de julio, es el verdadero espíritu del verano, es capaz de, aunque sea por unos segundos, hacerte brillar y sonreír.

Es la época de los amores fugaces, de robar besos y que te los roben, de no sentir complejos y limitarte a disfrutar de todo lo que te echen, de que te hacen sentir única, deseada, guapa, inteligente, divertida...en definitiva, perfecta. De vivir aventuras y cometer locuras con tus amigos, escaparte hasta las tantas y comerte la bronca de tus padres al día siguiente. De morirte de calor por las noches hasta tal punto que decides que tu pijama sea tu propia piel mientras que tu habitación termina llena de prendas de ropa esparcidas hasta por el picaporte de la puerta.

Lo que más curioso me resulta del verano es que lo vivimos con las altas expectativas del anterior, pensando que nada va a poder superarlo, y que se supera con creces, formando una espiral de interminables y perfectos momentos que no cambiarías por nada, pero que no los aprecias en su totalidad hasta el comienzo del verano del año siguiente, que los extrañas y piensas que nada será mejor que eso.

Por esta razón y tras meditar sobre esto, estoy observando y disfrutando cada momento de este verano, para no extrañarlo al año siguiente y poder disfrutar lo que llegue. No dejo de sonreír cuando mi mejor amigo me vacila y después me pide cosquillitas en la piscina para que lo perdone (lo se, no tiene sentido, como el) o cuando nos ponemos a ver una película de Disney a la una de la mañana y terminar echándolo a las tres porque se me duermen hasta las pestañas. Me río cuando al perder a las cartas me tengo que tirar al agua o me tiran en ropa, no me pierdo ni una sola sonrisa, ni un solo beso, ni una mirada de mi novio, que me cautiva, me emociona y creo que hasta él mismo me hace brillar a mi. Incluso cuando, por la noche, tras un mosqueo, me trago mi orgullo y mis manos se deslizan por su cintura hasta su brazo, pidiéndole un silencioso abrazo, y acabo disfrutando de su cercanía, su respiración en mi mejilla, su brazo en mi cintura y nuestras manos entrelazadas...cada cosa donde debe estar. 

Todos estos son insignificantes detalles que poseen una gran carga emotiva, una descarga eléctrica que te recorre por dentro al recordar esos pequeños momentos, que no serán exactos a los tuyos, pero que el sentimiento que te producen será similar por no decir exacto.
Y aunque por suerte o por desgracia esto no serán más que divagaciones nocturnas por culpa del insomnio en estas largas noches de verano, que puedan ser reales, o puedan ser ficción, y aunque eso sea algo que solo yo puedo saber, todos tenemos claro una cosa: Verano = momentos inolvidables (felicidad)


XOXO,

ThirstyImmortal.

miércoles, 23 de julio de 2014

Fugaces pensamientos a media noche 3

Hoy he llegado a la conclusión de que soy una cobarde. ¿que por qué? muy sencillo...no suelo enfrentarme a las cosas que son verdaderamente importantes para mí, ya sean buenas, malas, me puedan catapultar al éxito o a mi más infinita perdición. El caso es que nunca he tenido miedo de mirar hacia delante y tratar de solucionar los problemas que tengo delante de mí, siempre y cuando estos influyan sobre otras personas y no únicamente sobre mí y, al final todo se soluciona y la vida sigue como si tal cosa pero...

¿qué pasa cuando debo pensar en mí y comenzar a construir mi propia vida?

Huyo...tal vez por miedo al fracaso. He fracasado tantas veces en lo que me propongo que generalmente empleo la excusa de no verme a mi misma preparada para evitar esa caída, que a veces es imprescindible para mejorar, lo se, pero duele. Todas esas patadas y observar como te cierran las puertas que tu y solo tu has abierto con esfuerzo.
El mejor ejemplo en mi vida es el hecho de no atreverme a comenzar a escribir un libro de verdad por miedo a que mi inmadurez estropee una gran idea. No dejo de escribir, pero todo se queda a medias por la poca constancia que posee una joven egoísta como yo, que prefiere los éxitos a corto plazo a los grandes placeres que se pueden saborear con paciencia y trabajo.
Tal vez ese sea otro de mis problemas. No me esfuerzo lo suficiente, y si no me esfuerzo lo suficiente es porque no tengo éxito a corto plazo, cosa que me desmotiva y genera que no me esfuerce lo suficiente. Estos hechos me encierran en un circulo vicioso del cual nunca salgo por mi cobardía, por no enfrentarme a eso que realmente quiero y no dejar de luchar hasta que lo consiga.
Supongo que el único consejo que puedo darme a mi misma es que me imponga un objetivo capaz de conseguir, ni muy cercano, ni tan lejano que no vea ni un retazo del resultado.

Por suerte o por desgracia esto no son más que divagaciones nocturnas por culpa del insomnio en estas largas noches de verano, puede ser real, o puede ser ficción, pero eso es algo que solo yo puedo saber.

XOXO,

ThirstyImmortal

sábado, 12 de julio de 2014

Fugaces pensamientos a media noche 2

Nunca me he parado a pensar en cual sería mi reacción tras la muerte de alguien querido, y eso es así porque nunca, gracias a Dios, lo he tenido que vivir en mis carnes. La verdad es que siempre he afrontado este tema desde la objetividad, pensando que si la persona que muere estaba enferma y no podía disfrutar de su vida por vejez etc, lo que le esperaría al otro lado sería mucho más placentero. A este punto de vista debo añadirle la posible sobre protección de mis padres hacia mi, ya que nunca me han permitido estar presente en funerales de familia lejana ni nada por el estilo, no querían que tuviera ninguna clase de contacto con la muerte. Todo este conjunto de hechos hace que dude sobre qué se siente al perder a un ser querido o si realmente se puede afrontar con pensamientos positivos.

Siempre he leído en los libros las reacciones de otros y la mayoría de las veces me parecen exageradas o directamente no me dan pena pues pienso que así se terminaba el sufrimiento, pero claro, nunca he tenido en cuenta que las personas que se quedan aquí echarán de menos a esa persona, no la podrán volver a abrazar, ni a darle los buenos días, ni siquiera podrán discutir con ella, cosa que en ese momento es más dulce que desagradable. Pero aún así, aun viendo el lado objetivo y subjetivo, no consigo entender los sentimientos y reacciones, tal vez exageradas por el mundo de la dramaturgia. 

Es por esto que, cuando alguien cercano a un ser querido mio muere no sé qué responder, pues aunque sé que lo normal es decir lo siento, yo no lo siento, porque esa persona si viviera tras un accidente severo o una enfermedad terrible o crónica no solo sufriría esa persona sino también todos los que lo rodean, pero claro, eso tampoco es lo más apropiado que se debe decir a alguien que pierde a su verdadero amor, a su padre o a su mejor amigo. Tal vez por eso me alejo lo más posible, tal vez eso me sentencie como una persona sin sentimientos o con pocos detalles importantes pero siempre he pensado que es mejor estar presente si te necesitan para llorar pero no decir nada ni mostrar opiniones antes que decir algo que pueda hacer daño a los demás.

En fin, no pretendo con esto dar ninguna clase de consejo sobre cómo afrontar la muerte ni mucho menos ya que supongo que esto no son más que divagaciones nocturnas por culpa del insomnio en estas largas noches de verano, puede ser real, o puede ser ficción, pero eso es algo que solo yo puedo saber.

XOXO,

ThirstyImmortal.

viernes, 25 de abril de 2014

Nostalgia de un Pasado Olvidado, de un Futuro Perdido.

Recuerdo lo mucho que nos gustaba hacer planes juntas... vivir juntas durante la universidad, echarnos novios guapos, que se hicieran amigos, mudarnos al mismo vecindario y que nuestros hijos fueran tan amigos como lo eramos nosotras... Hoy en día no he perdido la costumbre, es más, creo que mareo a mi novio demasiado entre tantos planes.
Amiga, me siento perdida, desmotivada y sin rumbo. Hace unos meses sabía lo que quería y veía mi camino nítido y definido pero al observar como me van cerrando puertas, como carezco de ese apoyo incondicional que tu tenías hacia mi, me doy cuenta de que mi mundo se desmorona. estoy observando día a día como voy cayendo de nuevo...tal y como aquella vez. He perdido el interés por las cosas y cada día creo menos en mi misma y, dime, si yo no creo en mi...¿quién lo va a hacer? la respuesta es muy sencilla. Nadie.
Empiezo a darme cuenta de que fuiste la única persona a la que pude llamar con orgullo "mi mejor amiga" y después de casi seis años sigue rondando por mi mente la idea de que huir de aquel lugar fue el mayor error de mi vida. Lo perdí a él y con el paso del tiempo terminé perdiéndote a ti.

Curiosamente sigo sintiendo ese lazo que nos unía, lo siento en el fondo de mi pecho y, cuando te extraño, ese lazo me anuda la garganta, produciéndome un dolor tan intenso que no me deja respirar pero da rienda suelta a esas lágrimas que tanto me cuesta ocultar últimamente. 
Tengo que admitir que aunque esa idea me ronda por la cabeza, me reconforta saber que por esa decisión he conocido a la persona mas maravillosa del mundo, admito también que no la merezco en absoluto.

Creo que escribir esto me ayuda a mi misma a desahogarme, se que nunca lo leerás, pero necesito decirlo, decir que echo de menos a mi amiga, pues nunca me había sentido tan unida a alguien, tan involucrada en una relación, no sentimentalmente hablando claro, pues era una relación de gran amistad, de amor de hermanas mas bien, pues eso es lo que tu eres para mí, aunque en esa época no lo valoraba lo suficiente como para cuidarlo y conservarlo. 

Cuando me detengo a pensar lo mucho que me duele el necesitarte y saber que no estás ahí, que ya no eres la que eras - pues yo sigo siendo la misma - que no hay espacio para mí en tu mundo, me doy cuenta de que en realidad lo que más me duele no es necesitarte, sino saber que tu ya no me necesitas, pues siempre que caías yo te ayudaba a seguir adelante y nada me hacía más feliz que compartir esos pequeños momentos de alegría entre tropiezo y tropiezo, propios de dos chicas de nuestra edad.

XOXO,  ThirstyImmortal.

¿Qué pasaría si...?

 El caprichoso destino
Para Ashley, cada mañana de su vida se puede resumir en dos palabras: piloto automático. Tal vez sea una manera extraña de describirlo, pero su realidad es así, como si cada mañana al sonar el despertador Ashley presionara un botón para activar las diferentes actividades que debe realizar antes de salir de casa. Completamente dormida se levanta a las siete de la mañana y va directa al baño, recoge su melena lisa, pelirroja y aun sin peinar, con una pinza y tapa con una diadema ancha y elástica su flequillo. Se lava los dientes y mientras usa el enjuague bucal, se echa agua fría en la cara, escupe el enjuague y se seca con la toalla. Finalmente se quita la diadema, se cepilla el pelo y se coloca el flequillo – ya bastante largo – detrás de la oreja. No se maquilla.
 Sale del baño y coge el conjunto de vaqueros básicos, camiseta de tirantes y jersey que cada noche coloca sobre la silla de su escritorio para no tener que pensar qué ponerse cada mañana. Se viste rápidamente y añade a su conjunto algún complemento para añadirle un toque divertido, normalmente un pañuelo o colgante discreto junto con alguna pulsera. Sube la persiana mientras aún es de noche y abre corriendo la terraza para coger sus zapatillas – normalmente Converse – y cierra rápidamente para que no entre frío. Se las pone sentada en la cama, pues no ha sido dotada con el don de la agilidad ni el equilibrio y sale de la habitación cogiendo su bolso mientras ­– susurrando en voz alta – comprueba que no le falta nada.
– Móvil, Llaves, cartera, pañuelos, abono y cacao…perfecto – se dice para sí misma.
Se dirige a la cocina atravesando su salón ­– posando el bolso en el sofá – y  la puerta del baño. Coge un mantel de plástico individual y lo coloca sobre la barra americana de su pequeña cocina, coge la cucharilla del cajón y abre la despensa para coger el bote de cacao instantáneo y la caja de cereales bajos en calorías. Los coloca sobre el mantel y, finalmente, coge la leche de la nevera y su taza del desayuno – grande y de lunares de colores – vierte la leche en la taza y la vuelve a guardar. Se sienta en uno de los dos taburetes y comienza a desayunar, presionando el botón de la televisión para poner un canal al azar y no comer en silencio. Diez minutos después repite el mismo proceso a la inversa, terminando frente al fregadero, lavando la taza y la cucharilla y posándola sobre un trapo situado al lado del fregadero. Sale de la cocina dejando tal y como la encontró. Vuelve al salón, agarra su bolso volviendo a repasar lo que hay en su interior y sale por la puerta, dejando su apartamento vacio y silencioso. Este proceso sirve como ejemplo para explicar la vida aburrida y rutinaria que Ashley lleva desde que se mudo a Nueva York hace casi dos años, pues el resto del día también es así de esquemático, aunque incluyendo alguna modificación como el menú de la comida o la conversación que puede tener con alguna anciana en su lugar de trabajo.
A sus veintidós años, Ashley terminó sus estudios de botánica en la universidad y decidió buscarse un trabajo, mudándose a un pequeño  apartamento en la última planta de un edificio a las afueras de Manhattan,  dejando por fin la casa de sus padres en New Jersey. Durante su primer año fue dando tumbos de trabajo en trabajo comenzando como camarera en una cafetería, en una tienda de yogures helados donde puedes echarles todo lo que quieras o trabajando incluso en el McDonald’s. En estos lugares descubrió que no tenía la capacidad para atender a tanta gente tan rápido sin que alguien acabara con un café en los pantalones o una mancha de kétchup en la camisa. Hoy en día a sus veinticuatro años Ashley trabaja en una floristería tranquila y cercana a una de las entradas a la zona norte de Central Park. Su jefa  Maggie – una emprendedora, de casi treinta años, con melena corta, lisa y rubia – la contrató una tarde mientras conversaba con ella en el Starbucks dónde trabajaba hacía ya seis meses – justo al lado de su floristería – pues ella buscaba un ayudante que tuviera delicadeza con las plantas y en cuanto Ashley menciono sus conocimientos sobre botánica Maggie le ofreció el puesto, que Ashley aceptó casi al instante. Hoy en día ninguna de las dos se arrepiente de esa decisión y se han hecho grandes amigas.
A las siete y media de la mañana de todos los días, Ashley abandona su piso y se aproxima a la parada de autobús que se encuentra en frente de su apartamento. A menos veinte el autobús la recoge y, dependiendo un poco del tráfico y los semáforos de la zona centro de Manhattan, Ashley llega a su destino alrededor de las ocho y cuarto. Una vez allí, se da un paseo de diez minutos y recoge en Starbucks el café de siempre de Maggie: descafeinado con leche desnatada, sacarina y un toque de canela.
Cuando llega a Maggie’s Flowers – pues así se llama la floristería dónde trabaja- se detiene dos minutos a observar como un joven, que está siempre a la entrada a Central Park, rodea con una pompa de jabón gigante a una niña que pasaba por allí. Ashley observa con una sonrisa este momento todas las mañanas antes de entrar y siempre sucede lo mismo: el chico rodea a un niño que pase en ese momento por la calle para ir al colegio, lo despide con la mano mientras se aleja y al girarse para volver al cubo donde tiene el agua con jabón para las pompas, ve como Ashley se gira y entra a la floristería. Todas las mañanas…pero esta vez con una diferencia, esta vez el chico pilla a Ashley mirándolo. Como respuesta inocente el chico guiña un ojo mirando a Ashley y, sonrojada, se da la vuelta rápidamente chocándose contra la mesa, ahora vacía, dónde  ella misma coloca flores de todos los colores antes de abrir la tienda.
En la trastienda se encuentra Maggie, que suele llegar a las ocho para comenzar a preparar las cosas para poder abrir a las nueve.
–Buenos días, Maggie – exclama Ashley mientras las campanitas de la parte superior de la puerta suenan para indicar la entrada de alguien – Te he traído tu café. Te lo dejo sobre el mostrador.
En ese momento Maggie aparece con dos macetas, una en cada mano, con orquídeas de tonos rosados.
– Buenos días Ashley – dice Maggie con su voz alegre y musical – gracias por el café, nunca se te olvida. Algún día coge uno para ti y lo tomamos juntas.
– No es necesario, yo desayuno en casa, pero si quieres un día nos vamos a tomar algo al cerrar. Bébete el café tranquila que yo iré colocando la mesa y el toldo – dice Ashley mientras coge las dos macetas de las manos de su jefa.
– Me parece una excelente idea, además, tenemos que encontrarte un chico con el que poder dar un paseo por Central Park, llevas aquí dos años y no has pisado el parque por esa tontería aunque romántica y dulce promesa que hiciste – exclama Maggie con tono burlón.
– Ya sabes que si no tengo a nadie no es porque no quiera – dice Ashley – aunque es cierto que si no salgo nunca…
– Pues decidido entonces – dice Maggie – el  Viernes salimos a tomar algo.
Terminó de colocar las flores mientras pensaba que tal vez era hora de conocer a alguien y poder cumplir lo que se prometió a sí misma, que no pisaría Central Park hasta que no fuera de la mano con un chico. La mesa estaba inundada de colores azulados, rojos, morados y el verde de las hojas. Ashley colocó el toldo ahora que el sol ya asomaba a través de los grandes rascacielos de Nueva York y entró en la tienda, observando al chico de las pompas de jabón una vez más.
Cuando por fin entró a la tienda, Maggie estaba poniéndose la chaqueta y cogiendo el bolso.
–Ashley, tengo que salir a por la mercancía de la primavera, me han traído de América del sur unas flores preciosas – dice Maggie con ilusión – menos mal que las traen en primavera porque no creo que hubieran aguantado el frío del invierno de Nueva York. Vuelvo en un par de horas, abre tú la tienda y cuando vuelva cerramos y comemos algo.
– Vale, voy a preparar los ramos de flores que nos encargaron para hoy, el primer encargo lo recogen en menos de una hora.
– ¿Podrías cambiar de maceta el romero de la trastienda? – Pregunta Maggie – es que ha crecido mucho y se están saliendo las raíces por debajo.
– No te preocupes, seguro que me da tiempo – dice Ashley.
– Eres un amor Ashley. Hoy te invito a comer, me voy que no llegó a por el encargo… ¡Hasta luego! – exclama Maggie haciendo sonar la campanilla de la puerta.
– Adiós, Maggie – se despide Ashley a tiempo.
Sola en la tienda Ashley se siente tranquila. Le encanta trabajar con Maggie y es una gran amiga, la única que tiene en Nueva York, pero es un verdadero  terremoto y a Ashley eso le parece un agobio. Es cierto que la tienda no es pequeña, tiene doble altura y una trastienda con un patio, pero cuando Maggie está dentro, corriendo de un lado a otro, la tienda parece que tiene dos metros cuadrados. Siempre esta cambiando las cosas de sitio, cogiendo encargos que a veces no podemos atender…pero eso es lo que hace que la tienda funcione, porque su perfeccionismo atrae a muchos clientes.
Son ya las nueve en punto así que Ashley levanta  los estores y le da la vuelta al cartel de la puerta, dejando a la vista la palabra “abierto”
Se dirige a la mesa dónde preparan las cestas de flores, centros de mesa y ramos y mira el encargo que van a recoger a las diez menos cuarto. Un ramo de tulipanes rojos.
- Qué encargo de lo más extraño… ¿Quién regala tulipanes rojos? Lo normal son rosas, claveles…pero ¿tulipanes? – exclama Ashley para sí misma.
Se acerca a los cubos de colores donde se encuentran ya cortados y arreglados los tulipanes de diferentes colores y agarra doce tulipanes rojos. Se dirige hacia las diferentes plantas con flores pequeñitas, blancas y azuladas que le dan juego a la composición del ramo y corta varios tallos que intercala con los tulipanes. Lleva el ramo ya estructurado a la mesa y corta los tallos de diferentes tamaños hasta igualarlos por la parte inferior. Finalmente envuelve el ramo con un papel de plástico transparente cortado en picos para darle forma y coloca en el extremo una cinta roja para agarrar bien todas las partes y decorar. Riza las cintas sobrantes del lazo, creando tirabuzones perfectos. Posa el ramo en la mesa con delicadeza y abre el sobre del encargo con el mensaje de la tarjeta: “Es hora de comenzar algo nuevo. Cásate conmigo, Mary”
– Tulipanes rojos para una pedida de mano…que mala elección. Normalmente escogen rosas rojas o blancas… ¿Se habrá equivocado Maggie al apuntar el encargo? – Se pregunta Ashley algo confusa.
Son ya las diez menos veinte y alguien entra en la tienda. Un hombre de unos treinta años, alto, de pelo corto y moreno.
­– Buenos días – dice mientras se dirige al mostrador.
– Buenos días, bienvenido a Maggie’s Flowers ¿eres el chico del encargo? – dice Ashley con una sonrisa. El chico asiente algo nervioso – muy bien, espera dos minutos que coloco la tarjeta y lo tienes.
Comienza a escribir el texto en la tarjetilla y la coloca en un sobrecito dentro del ramo.
­– Espero que le guste como ha quedado, está recién hecho – dice Ashley llevando el ramo al mostrador y colocándose en el lado de la caja registradora – ¿Qué le parece?
– Es perfecto, tal y como me lo había imaginado, no sabía que me fuera a poner tan nervioso – dice el chico moviendo las manos, sabiendo que ella entenderá a que se refiere después de haber leído la tarjeta.
­­– Seguro que si te has decidido a pedírselo es porque sabes que ella te quiere – dice Ashley.
– Llevamos juntos cinco años y…han sido los mejores de mi vida, si me dice que no… no se que voy a hacer – dice el chico – pero quiero pensar que es un sí.
– Estoy segura de ello… pero tengo una duda – dice Ashley con curiosidad – espero que no te parezca demasiado entrometido por mi parte pero… ¿Por qué encargaste tulipanes rojos? me ha llamado la atención que los hayas elegido porque al ver el ramo no has dicho que no hayamos equivocado.
– Es normal que lo preguntes, yo también pensaba que era raro, normalmente se eligen rosas rojas, pues son el símbolo del amor, pero son las favoritas de mi novia. Cuando nos conocimos en Holanda paseábamos por un campo de tulipanes rojos y me contó que son su flor preferida porque a su alrededor circula una antigua leyenda. Trata sobre un joven que se enamora de una chica que  muere antes de que él pudiera expresar sus sentimientos y el chico se suicida. La importancia de esta leyenda es que el lugar donde la sangre del chico se derramó florecieron tulipanes rojos, convirtiéndolos en un símbolo de amor eterno y verdadero. Esa historia me cautivó y se que es el símbolo ideal para declararme.
– Es una historia preciosa…nunca te irás a dormir sin saber algo nuevo – dijo Ashley emocionada con su historia –  Aquí tienes tu ramo, son veinticuatro dólares.
– Aquí lo tienes. Uffff… allá voy, deséame suerte. Muchas gracias por todo.
– Mucha suerte, que tenga un buen día, seguro que lo será – Exclama Ashley mientras el chico desaparece, dejando la tienda con el leve sonido de las campanillas de la puerta.
A lo largo de la mañana. Ashley fue realizando los diferentes encargos y atendiendo a los clientes habituales de la semana, como una señora mayor que entra en la tienda todos los días a las once y media y compra unas hojas de laurel, un poco de romero, perejil y, cada quince días, se lleva unas orquídeas para decorar su balcón.
Cuando la señora sale de la floristería, Ashley trasplanta el laurel de la trastienda y se pone a terminar el último encargo, un centro de mesa para un cumpleaños familiar. Decide colocar dentro de una cesta mediana de mimbre y sin asa diversas flores de todos los tamaños y colores intercalados entre sí para dar contraste y en el centro colocar una pequeña flor de pascua con grades hojas rojas. Cuando está ordenando todos los componentes dentro de la cesta, alguien entra a la tienda.
­– Buenos días, vengo a comprar un flor – exclamó el chico con voz alegre.
– Bienvenido a Maggie´s – dice concentrada aun en  el centro de mesa – espere en el mostrador y lo atiendo en un momento.
Ashley pensó que no lo había oído, pues el chico decide a subir por las escaleras al piso donde están las flores.
– Los clientes no pueden subir ahí – dice Ashley.
– Sólo quiero coger una flor, la quiero elegir yo, prometo que tendré mucho cuidado – dice el chico con tono infantil.
Ashley levanta la cabeza y reconoce al chico que está arriba eligiendo un clavel rosa. Es el chico que cada mañana observa antes de entrar en la tienda, el chico de las pompas de jabón de la entrada de Central Park.
– De acuerdo, ya la tienes así que baja de ahí y vaya al mostrador – exclama Ashley enfadada – en cuanto termine esto le cobro.
 El chico vuelve a desobedecer las órdenes y en vez de dirigirse al mostrador, se coloca en frente de Ashley, al otro lado de la mesa, cosa que la pone terriblemente nerviosa. Levanta la cabeza y se encuentra la cara del chico – ahora que podía verlos, descubría unos ojos verdes brillantes – a tan solo unos centímetros de la suya.
– Es que es un regalo, y me gustaría que lo envolvieras y pusieras una tarjeta – susurra en voz baja a la chica, como si fuera un secreto.
– No se puede envolver una triste flor así, hay que ponerle algunas otras más pequeñas como decoración – susurra Ashley con tono algo enfadado pero divertido a la vez, dejando asomar media sonrisa.
– ¡Pues perfecto! – Exclama el chico con gran entusiasmo mientras se apresura de nuevo a las escaleras – Quédate ahí que yo mismo las cojo.
 – ¡Quieto ahí! – Exclama Ashley enfadada - ¡te he dicho que los clientes no pueden subir!
– ¿Qué mas te da? Si ya he subido una vez – contesta el chico mientras termina de subir y Ashley se apresura para seguirlo – enséñame cuales debo coger.
– Se cogen tallos de esta planta que tiene flores blancas pequeñas y se ponen alrededor – dice Ashley, cansada de perseguir al chico.
– Ya entiendo, así le das juego y la flor no queda sosa – dice el chico, cogiendo unos cuantos tallos y colocándolos alrededor del clavel – Y ahora…
– Ahora bajamos abajo, tú te colocas en el mostrador y me esperas a que lo envuelva – insiste Ashley por última vez, solo que esta vez el chico obedece, se queda en el mostrador y espera en silencio a que ella termine su flor. Por su parte Ashley decide terminarla rápido para que el chico se marche y deje de molestarla. Envuelve la flor en un papel transparente con una cinta rosa a juego con el clavel y coge una tarjeta – ¿Qué mensaje quiere que ponga?
– Déjame escribirlo a mi – dijo el chico aproximándose de nuevo a la mesa de decoración – los mensajes de las tarjetas son únicos y especiales, por lo que solo deben verlo el que lo escribe y el que lo recibe.
– Muy bien, escríbalo usted entonces – dice Ashley siguiéndole la corriente para que se marche cuanto antes – Toma la tarjeta, un boli y el sobre.
El chico agarra el boli y escribe algo en la tarjeta. Ashley intenta asomarse para leer lo que pone pero el chico se coloca encima para que no lo lea. Finalmente termina de escribir, mete la tarjeta en el sobre y vuelve a mostrador para pagar a Ashley, que lo esperaba allí al ver que no podía leer lo que ponía.
– ¿Cuánto es? – Dice el chico sacando su cartera – espero que no me claves un pico.
– Debería hacerlo por las molestias pero yo no soy la jefa. Son dos dólares con veinticinco centavos – dice la chica, ansiosa por que el chico se vaya.
– Muy bien, aquí tienes – dice, dándole el importe justo – que tengas un buen día…esto ¿tu nombre?
– Me llamo Ashley.
­– Pues que tengas un feliz día, Ashley – dice el chico con una sonrisa deslumbrante.
– Muchas gracias. Que le guste la flor a la persona a la que se la regales – dice como último despido.
Y el chico salió de la tienda. Ashley sintió exactamente lo mismo que cuando Maggie se va, una sensación de paz y tranquilidad que dejan en el ambiente las personas demasiado activas cuando se van. Pero durará poco, pues son las doce y cuarto y Maggie llegará en seguida.
Solo quince minutos después su jefa entra por la puerta, al mismo tiempo que la señora del encargo del centro de mesa se dispone a salir por la puerta satisfecha del resultado.
 – Muchas gracias. Hasta pronto – dice la señora mientras Maggie sujeta la puerta para entrar.
– Gracias a usted – dice Maggie – vuelva pronto, estaremos encantadas de ayudarla.
Y cierra la puerta de la tienda.
– ¿Te puedes creer que me han intentado timar? – Exclama Maggie en cuanto cierra la puerta - ¡me han intentado vender una simple flor que crece en los bosques del sur de Canadá como planta tropical! Es cierto que tienen alguna característica común pero nada que ver. Han estado dos horas intentando convencerme pero al final los he pillado y me he vuelto con las mismas.
– No te enfades Maggie – dijo Ashley para tranquilizarla – ¿Vamos a comer? Me muero de hambre.
– Si, será lo mejor. Tiremos la casa por la ventana, vámonos al nuevo buffet libre de comida asiática que está a dos manzanas y así damos un paseo para abrir boca – dice su jefa sonriente de nuevo - ¿Tú que tal la mañana, alguna novedad?
­– Pues…no, bueno, un chico pesado ha venido y ha comprado un flor y… ¿Sabías que los tulipanes rojos son símbolo de amor eterno? – Dice mientras Maggie pone una expresión de confusión - ¿A que no? Bien, yo tampoco, pero lo son. Vámonos a comer.
Las dos chicas recogen las flores de la mesa y las meten en la tienda, salen y  Ashley cierra el toldo y coloca la varilla al lado de la ventana. Observa la repisa y encuentra el clavel rosa que ella misma había envuelto con desgana y una nota en la que ponía “Para ti, Ashley”. Se giró para ver si el chico estaba enfrente pero ya no estaba, nunca estaba allí cuando ella salía del trabajo para comer. Maggie se acercó con curiosidad.
– Ashley, ¿Qué es eso? ¿Tienes un admirador? – Dijo burlándose un poco de la chica – a ver que pone en la tarjeta.
– Sé de quién es y lo siento, lo compartiría pero el mensaje de una tarjeta es único y especial, algo que solo pueden leer el que la envía y el que la recibe, en este caso yo – dice repitiendo las palabras del chico.
– Ay, Ashley, que rara eres a veces – dice su jefa, que se asomaba a ver si leía lo que ponía, sin mucho éxito.
El teléfono de Maggie comenzó a sonar y Ashley aprovechó el momento para leer la nota en la que ponía: “Para esa preciosa sonrisa que llevaba tanto tiempo queriendo ver. Jesse”
– Jesse… ­- susurró Ashley agarrando la flor. Algo en su interior, como una chispa se había encendido con aquel pequeño detalle que la había sorprendido. Mete la flor en la tienda para que no se estropee y cierran con llave.
­– Me parece que si hay algo que tienes que contarme, señorita ­– dice Maggie nada más colgar el teléfono.
– ¿Quién? ¿Yo? – responde Ashley sobreactuando – No sé de qué me estás hablando.
Y las dos comienzan a dirigirse al restaurante.
Por el camino, y tras mucho insistir, Ashley comienza a contarle a Maggie primero la historia de los tulipanes rojos y el hombre nervioso que iba a pedir matrimonio a su novia.
– Siempre que no estoy pasan cosas interesantes – se queja Maggie - ¿habrá dicho que sí?
– Seguramente – afirma Ashley – sería una estúpida si le dijera que no a un chico así de guapo y atento.
 Estuvo todo el camino intentando dar a Maggie conversación para distraerla pero al final ­– cuando ya habían llegado al restaurante – tuvo que contarle todo lo de Jesse, que es un chico que ve todas las mañanas haciendo pompas de jabón en la puerta de Central Park, que hoy se han mirado casualmente por primera vez y el le ha guiñado un ojo, que ha entrado a la tienda, ha comprado una flor y luego la ha dejado en la repisa para que ella la encontrara.
– Ay nena – dice Maggie, emocionada por la historia – ese chico parece un encanto, mañana tienes que ir y darle las gracias.
– Ni de coña – dijo al instante – he sido muy borde con él porque no dejaba de cotillear por al tienda y toquetear las flores a su antojo. Con lo repelente que he sido…
– Lo entenderá, te ha roto tus esquemas, te imagino desesperada, persiguiéndolo por la tienda para que no se moviera del mostrador, con lo maniática que eres… – dice Maggie riéndose – pobre chico, solo quería elegir él la flor y la decoración porque era para ti, perdía la gracia si lo hacías tu.
– ¿Y yo qué sabía? Yo solo hacía mi trabajo y ese chico me ha sacado de quicio, pero ha sido un detalle…muy bonito – dice apoyando la cabeza sobre su mano – si vieras cómo todas las mañanas hace reír a los niños que pasan por la calle… ¿Qué le voy a hacer? Me gustan los chicos que tienen interés por los niños. Intentaba que no se diera cuenta pero hoy me ha pillado.
– Oye… ¿Y cómo es? ¿Sabes su nombre? ¿Es guapo? – dice Maggie con curiosidad.
– Se llama Jesse y la verdad es que es muy guapo. De lejos no podía verlo bien. Pelo rubio, un poco largo, facciones duras, perfectamente afeitado, no muy alto pero para mí de sobra para llevar tacones – dice Ashley entre risas – Tampoco parece muy fuerte, más bien normalillo pero lo compensa con unos ojos verdes que resplandecen.
– Ashley…Me parece que si no lo quieres tú me lo voy a quedar yo – susurra Maggie después de que las llamaran la atención por hablar demasiado alto – ve mañana a hablar con el, puede que te haya visto borde o lo que quieras, pero aun así te ha dado la flor ¿no? Pues eso es que quiere conocerte.
– Ay no sé… entonces entraría a trabajar algo después – sugiere Ashley  – y no podría comprarte tu café de por las mañanas…
­– Mejor, así nos lo tomamos después y me cuentas que tal – responde Maggie extendiendo la mano hacia la chica – Invitas tu.
– Trato hecho – dice Ashley.
Terminaron de comer y volvieron a la floristería. Por la tarde la tienda está bastante tranquila, no hay casi clientes pero atienden varias llamadas para encargos que terminarán al día siguiente. Se pasan la mayoría de la tarde dejando las flores en los cubos con los tallos bien arreglados para el día siguiente y las riegan bien. También discuten sobre algunas cosas, pues Maggie se empeña en volver a cambiar los muebles de sitio y Ashley se empeña en que así está perfecto – se tiraron hace una sema cambiándolos como tres veces porque no la convencía ninguna posición salvo esta y ahora quiere volverlos a cambiar – porque esta disposición deja un espacio diáfano en el centro de la tienda. Esta razón consigue convencerla y lo dejan todo como está. A las siete y media cierran la tienda, paran en el Starbucks a tomar un café y cada una por su lado vuelve a casa.
Ashley llega a su autobús por los pelos, consigue cogerlo aunque tiene que ir de pie un par de paradas hasta que algunos asientos quedan vacios. Casi no se entera de que ya ha llegado a su parada porque no puede dejar de pensar en Jesse. ¿Se atrevería a ir mañana a saludarlo y darle las gracias? ¿Qué le diría? Durante todo el camino y hasta llegar a casa y encender la tele, Ashley realiza infinidad de versiones del momento y sabe que ninguno de esos será el que sucederá, pues las cosas nunca salen como se planean pero no puede para, está nerviosa, ha comenzado a morderse las uñas – cosa que no hacía desde los veinte años – también está ansiosa, con ganas de ver que pasa, algo ilusionada tal vez porque esto es una oportunidad para cambiar su vida, pues no puede pasarse toda la vida sola. Nada más llegar a casa, se dirige al baño y se mete en la ducha  para ver si así puede relajarse un poco. Después se coloca la diadema y la pinza en el pelo, se arregla las cejas y se echa crema hidratante. Se sorprende a sí misma mostrando interés por su imagen, por querer impresionar a alguien, parecer guapa.
Después de su ritual de belleza nocturno se prepara unos fideos instantáneos para cenar mientras ve en el ordenador el último capítulo de su serie favorita, sentada en el sofá. Después, mientras se prepara un té antes de ir a dormir observa fijamente el clavel perfectamente colocado en un vaso con agua y la tarjeta con el mensaje apoyada delante. Nunca le habían regalado una flor, un regalo tan sencillo y delicado pero que tanto sentimiento puede expresar. Se sintió feliz por ello, porque además, la había elegido él, la que él quería y como él quería y sin comerlo ni beberlo ese delicado regalo había dado de lleno en su corazón, despertando sentimientos que no había tenido.
Cuando termina de hacerse, se bebe el té – verde y con bastante azúcar – a sorbitos mientras le daba vueltas a la tarjeta con los dedos, leyéndola una y otra vez. Por un momento piensa en no ir a darle las gracias, porque, sí, es guapo, parece un encanto, le ha regalado una flor… por lo demás, no se nada de él pero Ashley no ha ido a Nueva York para ver series en su casa por las noches y trabajar en una floristería, quiere un cambio en su vida así que cambia de opinión, deja la taza sobre la pila y se va a dormir sin pensarlo más.
El despertador suena a las siete de la mañana y hace todo tal y como siempre, pero esta vez, se echa una gota de disimulador ojeras – que hacía dos años que no usaba – y se echa brillo en los labios. Sale de casa a toda prisa y coge el bus de siempre.
Cuando por fin llega a su parada y se dirige andando a la floristería, está muy nerviosa, le sudan las manos y le tiemblan las piernas. Para su sorpresa, mientras camina en dirección al trabajo ve que en la puerta de Central Park no hay nadie. Pensó que no había venido pero luego vio que el cubo de agua estaba ahí así que se le quito esa idea de la cabeza.
Camina tan distraída en mirar hacia donde no debe que no se da cuenta de que se pasa la floristería de largo y con ella a Jesse, que la esperaba en la puerta.
­– ¿Me buscabas, Ashley? – dice Jesse. Está apoyado en la mesa, vestido con una camisa de cuadros de tonos azules y unos vaqueros sencillos, mirando a Ashley con una sonrisa y dos vasos del Starbucks calientes en la mano – Te he comprado chocolate caliente por si no te gustaba el café.
­Ashley, en shock porque, por supuesto, no ha pasado ninguna de las versiones que se había imaginado, se acerca a Jesse y coge uno de los vasos.
­– Hola – dice confusa por la situación – gracias, la verdad es que odio el café así que has acertado. Buenos días Jesse.
Se quedaron los dos mirándose unos segundos, Jesse esperaba algo más por parte de Ashley y, al no conseguirlo pregunta apresuradamente:
– ¿Te gustó la flor? La elegí yo mismo – dice guiñándole un ojo – ¿Y el mensaje? Lo escribí yo de mi puño y letra.
– Me encantó ese detalle, muchas gracias, nunca me habían regalado una – dice la chica avergonzada – siento haber sido borde contigo…el mensaje fue…muy dulce.
– No decía ninguna mentira. Llevaba mucho tiempo queriendo ver esa sonrisa – confiesa el chico mientras le da un sorbo a su chocolate caliente – siempre entras en la tienda antes, ayer tuve suerte. Te veo llegar a la tienda y pararte a ver lo que hago cada mañana pero cuando me giro para mirarte…ya no estas.
­– Me gustan esas pompas de jabón gigantes con las que rodeas a los niños – Dice Ashley bebiendo de su chocolate – mmm con vainilla, esta buenísimo.
­ – Esperaba que te gustara – dice Jesse con una sonrisa – Ashley… ¿Me acompañas, nos sentamos a charlar en un banco y hablamos un rato? Sé que tienes que trabajar así que si no puedes no pasa nada.
Ashley tuvo ganas de ir con el, pero debía estar a las nueve en la tienda.
– Supongo…que no habrá problema si vuelvo a las nueve – dice con seguridad – pero nos quedamos por aquí cerca ¿vale?
– Si, cruzamos y nos sentamos en los bancos de Central Park – sugiere Jesse con ilusión
Ashley no dijo nada al respecto, lo dejó pasar pero cuando cruzaron la calle ella se apresuró a sentarse en los bancos de fuera para no tener que entrar.
– Espera – dice Jesse antes de que se siente – acércate aquí. Dame tu chocolate.
Ashley se acercó y puso los pies en una cruz dibujada en el suelo, dentro de un círculo. Le dio su vaso a Jesse y este lo colocó junto al suyo en el banco.
– ¿Qué vas a hacer? – dice Ashley intuyendo lo que iba a suceder.
Y sin decir nada Jesse coge su artilugio – una varilla unida a un aro de plástico – y lo introduce en el cubo de agua con jabón. Después rodea a Ashley en una pompa gigante, uniendo ambos círculos y luego separándolos. Después extiende la mano hacia Ashley. Ella hace lo mismo. Los dos van acercando la mano despacio hasta que se encuentran, estallando la pompa alrededor de la figura de Ashley. Ambos se quedan callados, con una mano junto a la otra y mirándose mientras las calles de Nueva York se llenan de gente, que pasa con prisas y sin darse cuenta de que Cupido ha pasado y ha lanzado una flecha a los corazones de estos dos jóvenes, que comparten ese mágico momento. Cuando Ashley aparta la mirada el momento se rompe, Jesse coge el chocolate de la chica y ella lo coge con agrado.
– Son las nueve – dice Jesse – ¿te apetece cenar conmigo esta noche? Dime a qué hora sales y te vengo a buscar a la tienda. Prometo volver a sorprenderte.
– Estoy impaciente – confiesa Ashley – a las siete y media cerramos la tienda.
– Pues a las siete y media estaré aquí – Se acerca a Ashley suavemente y la susurra – Por cierto, te queda muy bien ese brillo de labios, muy…apetecible. Que tengas un buen día Ashley.
Y Jesse le regala un beso en la mejilla que hace a Ashley estremecerse y cerrar los ojos. Jesse se quedó mirándola hasta que Ashley cruzó la calle y entró en la tienda, el también estaba impaciente por que llegara esa noche.
Ashley entró en la tienda y se encontró con Maggie de frente, impaciente por saber que había pasado.
– ¿Qué tal? ¿Es majo? ¿Te gusta? ¿De qué habéis hablado? – Escupe Maggie sin respirar – Jo, Ashley contesta.
­– Maggie… - empieza Ashley a hablar – me parece que ya no necesito salir el viernes a conocer chicos. Es perfecto.
– ¿QUEEEEE? – Grita Maggie -  O sea, que te gusta. Ay, que fuerte ¿has quedado con el? ¿Cuándo?
– Me recoge esta noche al salir de trabajar – dice Ashley – dice que me va a sorprender.
– A ver, recapacitemos. Habéis quedado, hoy, esta noche, para cenar… Nena – dice mirándola de arriba abajo – ¿No pretenderás ir así?
– Pues… – empieza a hablar, pero Maggie la interrumpe.
– Pues nada – comienza Maggie a hablar – a medio día cerramos la tienda, vamos a tu casa, te ponemos guapa, te arreglamos el pelo y te dejamos la cara deslumbrante ¿Queda claro?
– Si hombre… – dice con sarcasmo – ¿Y la tienda qué?
– Porque cerremos una tarde  no va a pasar nada. Esto es una ocasión especial, después de dos años aquí… ¡has ligado! A las siete y media estaremos las dos aquí, me presento y me voy, lo prometo.
– Maggie…
– Te prometo que solo me presento, quiero darle el visto bueno y me iré. Total, ya me contarás al día siguiente los detalles si te lo…
– ¡Maggie!
– Jajaja. Es broma nena – dice a carcajada limpia – venga, empecemos a trabajar y a las doce nos vamos.
A así hacen, durante la mañana atienden a todos los encargos del día y a los clientes habituales y, a las doce, recogen la tienda, colocan un cartel de aviso de cierre por la tarde y se van juntas a casa de Ashley.
Cuando llegan allí, preparan una ensalada y un par de filetes de pollo con curry, comen en la barra americana viendo la televisión y sobre las cuatro comienzan a hablar sobre la cita.
– Oye – comienza Maggie – no me has contado que ha pasado esta mañana…
Y Ashley comenzó a narrar lo que había pasado sin saltarse ningún detalle. Maggie soltó un gritito cuando se enteró de lo del beso
– ¡Ay, nena que le gustas! – Dice Maggie con emoción – hablemos de lo de esta noche, ¿Qué quieres ponerte?
– Bueno…había pensado ponerme un vestido azul marino que tengo guardado – sugiere Ashley  – y una americana crema a juego con los tacones. El bolso también azul marino.
– Póntelo a ver cómo te queda – contesta Maggie – yo te daré el visto bueno.
Ashley se mete en su habitación y rebusca en el fondo del armario ese vestido que recuerda perfecto para esta ocasión. Cuando lo encuentra se lo pone y da gracias a Dios por no haber engordado ni un gramo, pues el vestido le estaba perfecto. Se puso la americana, los zapatos y decora el conjunto con una gargantilla de oro con su nombre y un reloj color crema con una enredadera de rosas dibujada. Sale de la habitación y Maggie la mira de arriba abajo.
­– Estás impresionante – dice Maggie haciéndola sonrojar – A Jesse se le va a caer la baba en cuanto te vea.
– ¿De verdad te gusta? – Dice insegura – No es demasiado… ¿elegante?
– Es perfecto. Sencillo pero elegante. Quítatelo y date una ducha rápida. Voy a peinarte y maquillarte como a una princesa.
A los pocos minutos Ashley sale de su habitación con una bata puesta, el pelo recogido en una coleta y la diadema puesta. Ambas entran en el baño cuando se ha ido la humedad del agua caliente y Maggie comienza a maquillarla. No aplica base de maquillaje pero si una crema hidratante con color y un poco de corrector para algunas pequeñas imperfecciones. Después añade colores naturales – tonos marrones y color carne –  a sus ojos azules para profundizar su mirada junto con la máscara de pestañas para agrandarla y finalmente coge un pintalabios rojo para colorear sus labios.
– ¡No! – Exclama Ashley cogiendo el mismo brillo de labios de esta mañana y apartándose de Maggie, pensando en lo que Jesse dijo al respecto – no, quiero llevar este.
– Vale, vale – responde Maggie – ponte el que quieras.
Para terminar, Maggie suelta el pelo de Ashley y recoge dos pequeños mechones laterales con una pinza  por detrás y riza su melena con las tenacillas, aplicando laca para que no se deshagan. Se da la vuelta y la mira.
– Te voy a presentar mi preciosa creación – dice mientras da la vuelta a la banqueta para que Ashley se mire en el espejo – ¡ta chan!
– Vaya…Maggie me has dejado guapísima – dice sin dejar de mirarse – muchas gracias.
– De nada cariño, hoy triunfas – dice con una sonrisa – ponte el vestido y vámonos.
A las siete ambas cogieron el bus hacia la tienda, Ashley estaba nerviosa de nuevo e intrigada por lo que pasaría esa noche y por cómo la sorprendería esta vez.
– Voy a llegar tarde – dice apurada – se tarda cuarenta y cinco minutos en llegar.
– Una chica tiene que llegar tarde a la cita – declara Maggie – así la alegría de Jesse al verte será mayor, porque se le habrá pasado por la cabeza que no vas y más con la tienda cerrada.
– Sabia teoría.
Cuando bajan del bus Maggie coge a Ashley y le pellizca las mejillas.
­– ¡ay! – Se queja Ashley – ¿Maggie, qué haces?
– Lo siento, se me olvidó echarte colorete.
Llegaron a la floristería a las ocho menos cuarto y Jesse ya estaba allí esperando. Llevaba unos pantalones pitillo negros que le hacían más alto y una camisa azul marino, a juego con el vestido de Ashley, junto una americana negra. Cruzaron las miradas y ambos sonrieron al verse. En sus miradas podía leerse el deseo, la curiosidad, los nervios y la alegría por verse. Cuando ambos llegaron el uno frente al otro se hizo el silencio.
– Estás increíble – dice Jesse rompiendo el silencio – ya veo porqué estaba cerrada la tienda.
– Culpa mía – interrumpe Maggie – había que ponerla guapa para su primera cita en Nueva York.
– Ella siempre esta guapa – dijo mirándola de arriba abajo – pero ahora está perfecta.
– Por cierto, Me llamo Maggie. Y…bueno… creo que sobro… – dice al ver que ambos jóvenes se están mirando fijamente.
– Encantado Maggie – dice sin dejar de mirar a Ashley – te voy a robar a Ashley esta noche, espero que no te importe.
­– Os dejo chicos, pasadlo bien. Yo terminaré unas cosas en la tienda y me iré. Pásalo bien Ashley – se despidió dándola un beso en la mejilla.
– Hasta mañana Maggie. Gracias por todo.
Y Maggie entró en la tienda, dejándolos allí de pie en silencio, mirándose a los ojos y sonriéndose.
– No sé como decirte lo preciosa que estás – confiesa Jesse – brillas con luz propia.
– Si sigues diciendo esas cosas harás que me sonroje aun más – dice Ashley.
– ¿Y yo? – Pregunta con tono burlón y haciendo poses de modelo –  ¿A que estoy muy guapo?
– Que creído eres… - dice entre risas – pero he de admitirlo, estas muy guapo.
– Eso era justo lo que quería oír – le da un beso en la mejilla y la coge de la mano – vamos a mi coche, que te llevo a cenar.
Caminaron juntos de la mano durante diez minutos hasta el aparcamiento y Jesse abrió las puertas de su Lexus negro.
­– ¡Pedazo de coche! ­– exclama Ashley al ver que las luces del coche se encendían – ¡Es precioso!
– Si quieres te dejo conducirlo – dice Jesse – yo te doy las indicaciones y nos llevas tu al restaurante.
– ¿en serio? – Pregunta emocionada – me encantaría.
Para Ashley la sensación de velocidad en ese coche era genial, recorrió Nueva York a toda velocidad bajo las luces. Atravesó Times Square y por primera vez sitió que vivía en una ciudad tan perfecta como Nueva York. Y todo gracias a Jesse, que no despegó la mirada de la chica ni un segundo.
– Aparca por aquí Ashley – dice finalmente Jesse al llegar a una travesía
Aparcaron cerca de un edificio de 60 pisos, salieron del coche y subieron en el ascensor hasta la última planta. Extrañada, Ashley decide mirar la expresión de Jesse, buscando algo en su rostro que la hiciera desconfiar pero el solo tenía una dulce sonrisa para ella. Entraron por la puerta número 608.
­– Te dije que te sorprendería y aquí estamos – dice Jesse cogiendo a la chica de la mano – Bienvenida a mi apartamento.
Ashley entra y se encuentra un ático de lujo completamente diáfano y con decoración minimalista en tonos oscuros y ocres, con una mesa en el centro con manteles y servilletas rojas y la mesa coronada con un centro de mesa de flores de todos los colores y tamaños. Más allá está la habitación completamente decorada con colores negro, blanco y granate. Una cama enorme se situaba en medio de esta y a su lado dos mesillas de noche, ambas mirando junto a la cama hacia la puerta corredera de la habitación.
­–Este lugar…parece de cuento – susurra Ashley mientras Jesse la abraza por detrás - ¿Has cocinado tu?
­– Sí, y espero que todo sea de tu agrado – susurra Jesse al oído de la chica – después veremos la peli que tu quieras y te llevaré a casa ¿Te parece bien?
– Creo que es el mejor plan que he tenido nunca – dice Ashley acariciando los brazos que la rodean.
Para cenar, Jesse prepara diferentes platos de comida india para todos los gustos, dulces, agrios y picantes, con un montón de salsas y especias. Cenan tranquilos, hablando de cosas típicas de una primera cita, color favorito, película y canción favoritas, sobre sus familias, sus amigos…sobre sus vidas antes de conocerse. Descubrieron que tenían infinidad de cosas en común, dejando claro que el destino decidió su encuentro antes de que ellos se vieran por primera vez. Al terminar de cenar se sentaron en el sofá a tomar un café y un té y  – retirándola un mechón de pelo suelto de la cara mientras se miraban fijamente a los ojos – Jesse Preguntó:
– ¿Crees en el amor a primera vista? Porque estoy enamorado de ti desde el primer día que te vi entrar en la tienda de Maggie.
Y la besó. Primero fue un beso dulce, agradable y conforme ambos liberaban sus sentimientos el beso se iba transformando en una declaración de amor pasional. Jesse agarró de la cintura a Ashley y la cogió en brazos, llevándola hacia la habitación, posándola en la cama suavemente sin dejar de besarla, sucumbiendo ambos al capricho de un destino que hace seis meses hizo que se encontraran.

¿Qué pasaría si…?
Hemos sido testigos de una preciosa historia de amor, tal vez podría ser que a algunos de vosotros os pareciera algo insulsa y predecible, como todas las historias de amor verdadero que solemos presenciar, pero ¿Qué pasaría si todo esto no es más que una invención de una novata futura escritora? ¿Qué pasaría si Ashley fuera una joven manipulable, con mala suerte, y con tantas ganas de amar y ser amada que se dejara llevar por el primer chico que muestra un poco de afecto hacia ella? ¿Qué pasaría si Jesse no es quien dice ser? Esto es lo que pasaría:
Jesse no sería más que un joven obsesionado por una camarera pelirroja de un Starbucks de Nueva York que acabó trabajando en una floristería cercana, por lo que se la volvería a encontrar. El fingiría ser un artista callejero con apariencia amable para ganarse el aprecio de la joven y, tras observar su rutina, conquistarla siendo el hombre que toda chica quiere en su vida, caballeroso, amable, guapo, cariñoso, divertido…
La sorprendería y ella creería que él la comprende, pero en realidad estaba todo estudiado por el depredador para cazar a su presa. Después de eso la invitaría a que acompañara al joven una cena, prometiendo sorprenderla de nuevo y ya solo por la curiosidad sabía que ella asistiría a la cita. Se asustaría al ver la tienda cerrada a la hora acordada por ambos, pero eso solo intensificaría el hambre de Jesse al verla aparecer con un vestido impresionante, dispuesta a enamorarse y dejarse llevar. Se ganaría su confianza dejándola conducir un coche – robado unas horas antes para impresionarla – hasta un apartamento de un ricachón amigo de su padre, de otro país que sabe que no va hasta el verano, y del cual su padre posee un llave para mantenerlo cuidado. Un despampanante ático de lujo dónde poder hablar, cenar tranquilos y fantasear sobre cosas que nunca sucederían. Después de ganarse su confianza y su corazón, se sentarían en el sofá a charlar y escuchar a la joven contarle todas sus aficiones y gustos mientras el finge escucharla. Finalmente, soltar una frase de película que la derritiera y sellarla con un beso. La conduciría hasta la cama y la arrancaría la ropa, dejándola totalmente vulnerable. Y susurrándola al oído las palabras “Eres mía”, pasaría de ser dulce y cariñoso a ser bruto, a forzarla, a hacerla daño. Ella intentaría resistirse, gritando, llorando, moviendo piernas y brazos pero ya es tarde, pues él es demasiado fuerte para una joven como Ashley y, cuando por fin Jesse saciara su sed de sexo, su deseo por tenerla, agarraría un puñal de debajo de la almohada y terminaría con la vida de una pobre chica que solo quería sentirse especial, que quería caminar de la mano por Central Park con un chico que la quisiera y vivir lo que cualquiera chica. Una joven que soñaba con casarse, con encontrar a esa persona que se acaba convirtiendo en tu mejor amigo, en tu cómplice y confesor, que te protege y que te comprende. Pero ella lo deseaba con tantas fuerzas que confiaría demasiado, dejándose llevar por el primer chico que la mostrará algo de afecto y por ello, perdería la vida. Caería en las garras de un desgraciado joven, enfermo y loco que se obsesionaría hasta conseguirla y silenciar la única voz de lo que sería un terrible episodio para siempre. Pues ni siquiera su verdadero nombre sería Jesse y nadie cercano a Ashley conocería nada de él salvo el clavel rosa que un día regalaría a la chica.

Es curioso como se puede girar el hilo de una historia tan tétrica y desagradable convirtiéndola en algo romántico que derretiría el corazón de cualquiera, pues hace dos días escuché en las noticias que encontraban el cuerpo sin vida y con tres mortales puñaladas de una joven de veinticuatro años llamada Ashley. La hallaban tumbada, desnuda y rodeada de sangre, en la cama del apartamento del último piso de un edificio del centro de Nueva York, dónde se encontraba aparcado un coche robado – con las llaves puestas –  y sólo las huellas de la joven, sin pista alguna del culpable.