El caprichoso destino
Para
Ashley, cada mañana de su vida se puede resumir en dos palabras: piloto
automático. Tal vez sea una manera extraña de describirlo, pero su realidad es
así, como si cada mañana al sonar el despertador Ashley presionara un botón
para activar las diferentes actividades que debe realizar antes de salir de
casa. Completamente dormida se levanta a las siete de la mañana y va directa al
baño, recoge su melena lisa, pelirroja y aun sin peinar, con una pinza y tapa con
una diadema ancha y elástica su flequillo. Se lava los dientes y mientras usa
el enjuague bucal, se echa agua fría en la cara, escupe el enjuague y se seca
con la toalla. Finalmente se quita la diadema, se cepilla el pelo y se coloca
el flequillo – ya bastante largo – detrás de la oreja. No se maquilla.
Sale del baño y coge el conjunto de vaqueros
básicos, camiseta de tirantes y jersey que cada noche coloca sobre la silla de
su escritorio para no tener que pensar qué ponerse cada mañana. Se viste rápidamente
y añade a su conjunto algún complemento para añadirle un toque divertido,
normalmente un pañuelo o colgante discreto junto con alguna pulsera. Sube la
persiana mientras aún es de noche y abre corriendo la terraza para coger sus
zapatillas – normalmente Converse – y cierra rápidamente para que no entre
frío. Se las pone sentada en la cama, pues no ha sido dotada con el don de la
agilidad ni el equilibrio y sale de la habitación cogiendo su bolso mientras –
susurrando en voz alta – comprueba que no le falta nada.
–
Móvil, Llaves, cartera, pañuelos, abono y cacao…perfecto – se dice para sí
misma.
Se
dirige a la cocina atravesando su salón – posando el bolso en el sofá – y la puerta del baño. Coge un mantel de plástico
individual y lo coloca sobre la barra americana de su pequeña cocina, coge la
cucharilla del cajón y abre la despensa para coger el bote de cacao instantáneo
y la caja de cereales bajos en calorías. Los coloca sobre el mantel y,
finalmente, coge la leche de la nevera y su taza del desayuno – grande y de
lunares de colores – vierte la leche en la taza y la vuelve a guardar. Se
sienta en uno de los dos taburetes y comienza a desayunar, presionando el botón
de la televisión para poner un canal al azar y no comer en silencio. Diez
minutos después repite el mismo proceso a la inversa, terminando frente al
fregadero, lavando la taza y la cucharilla y posándola sobre un trapo situado
al lado del fregadero. Sale de la cocina dejando tal y como la encontró. Vuelve
al salón, agarra su bolso volviendo a repasar lo que hay en su interior y sale
por la puerta, dejando su apartamento vacio y silencioso. Este proceso sirve
como ejemplo para explicar la vida aburrida y rutinaria que Ashley lleva desde
que se mudo a Nueva York hace casi dos años, pues el resto del día también es
así de esquemático, aunque incluyendo alguna modificación como el menú de la
comida o la conversación que puede tener con alguna anciana en su lugar de
trabajo.
A
sus veintidós años, Ashley terminó sus estudios de botánica en la universidad y
decidió buscarse un trabajo, mudándose a un pequeño apartamento en la última planta de un
edificio a las afueras de Manhattan, dejando por fin la casa de sus padres en New
Jersey. Durante su primer año fue dando tumbos de trabajo en trabajo comenzando
como camarera en una cafetería, en una tienda de yogures helados donde puedes
echarles todo lo que quieras o trabajando incluso en el McDonald’s. En estos
lugares descubrió que no tenía la capacidad para atender a tanta gente tan
rápido sin que alguien acabara con un café en los pantalones o una mancha de
kétchup en la camisa. Hoy en día a sus veinticuatro años Ashley trabaja en una
floristería tranquila y cercana a una de las entradas a la zona norte de Central
Park. Su jefa Maggie – una emprendedora,
de casi treinta años, con melena corta, lisa y rubia – la contrató una tarde
mientras conversaba con ella en el Starbucks dónde trabajaba hacía ya seis
meses – justo al lado de su floristería – pues ella buscaba un ayudante que
tuviera delicadeza con las plantas y en cuanto Ashley menciono sus
conocimientos sobre botánica Maggie le ofreció el puesto, que Ashley aceptó
casi al instante. Hoy en día ninguna de las dos se arrepiente de esa decisión y
se han hecho grandes amigas.
A
las siete y media de la mañana de todos los días, Ashley abandona su piso y se
aproxima a la parada de autobús que se encuentra en frente de su apartamento. A
menos veinte el autobús la recoge y, dependiendo un poco del tráfico y los semáforos
de la zona centro de Manhattan, Ashley llega a su destino alrededor de las ocho
y cuarto. Una vez allí, se da un paseo de diez minutos y recoge en Starbucks el
café de siempre de Maggie: descafeinado con leche desnatada, sacarina y un
toque de canela.
Cuando
llega a Maggie’s Flowers – pues así se llama la floristería dónde trabaja- se
detiene dos minutos a observar como un joven, que está siempre a la entrada a
Central Park, rodea con una pompa de jabón gigante a una niña que pasaba por
allí. Ashley observa con una sonrisa este momento todas las mañanas antes de
entrar y siempre sucede lo mismo: el chico rodea a un niño que pase en ese
momento por la calle para ir al colegio, lo despide con la mano mientras se
aleja y al girarse para volver al cubo donde tiene el agua con jabón para las
pompas, ve como Ashley se gira y entra a la floristería. Todas las mañanas…pero
esta vez con una diferencia, esta vez el chico pilla a Ashley mirándolo. Como
respuesta inocente el chico guiña un ojo mirando a Ashley y, sonrojada, se da
la vuelta rápidamente chocándose contra la mesa, ahora vacía, dónde ella misma coloca flores de todos los colores
antes de abrir la tienda.
En
la trastienda se encuentra Maggie, que suele llegar a las ocho para comenzar a
preparar las cosas para poder abrir a las nueve.
–Buenos
días, Maggie – exclama Ashley mientras las campanitas de la parte superior de
la puerta suenan para indicar la entrada de alguien – Te he traído tu café. Te
lo dejo sobre el mostrador.
En
ese momento Maggie aparece con dos macetas, una en cada mano, con orquídeas de
tonos rosados.
–
Buenos días Ashley – dice Maggie con su voz alegre y musical – gracias por el
café, nunca se te olvida. Algún día coge uno para ti y lo tomamos juntas.
–
No es necesario, yo desayuno en casa, pero si quieres un día nos vamos a tomar
algo al cerrar. Bébete el café tranquila que yo iré colocando la mesa y el
toldo – dice Ashley mientras coge las dos macetas de las manos de su jefa.
–
Me parece una excelente idea, además, tenemos que encontrarte un chico con el
que poder dar un paseo por Central Park, llevas aquí dos años y no has pisado
el parque por esa tontería aunque romántica y dulce promesa que hiciste –
exclama Maggie con tono burlón.
–
Ya sabes que si no tengo a nadie no es porque no quiera – dice Ashley – aunque
es cierto que si no salgo nunca…
–
Pues decidido entonces – dice Maggie – el
Viernes salimos a tomar algo.
Terminó
de colocar las flores mientras pensaba que tal vez era hora de conocer a alguien
y poder cumplir lo que se prometió a sí misma, que no pisaría Central Park
hasta que no fuera de la mano con un chico. La mesa estaba inundada de colores
azulados, rojos, morados y el verde de las hojas. Ashley colocó el toldo ahora
que el sol ya asomaba a través de los grandes rascacielos de Nueva York y entró
en la tienda, observando al chico de las pompas de jabón una vez más.
Cuando
por fin entró a la tienda, Maggie estaba poniéndose la chaqueta y cogiendo el
bolso.
–Ashley,
tengo que salir a por la mercancía de la primavera, me han traído de América
del sur unas flores preciosas – dice Maggie con ilusión – menos mal que las
traen en primavera porque no creo que hubieran aguantado el frío del invierno
de Nueva York. Vuelvo en un par de horas, abre tú la tienda y cuando vuelva
cerramos y comemos algo.
–
Vale, voy a preparar los ramos de flores que nos encargaron para hoy, el primer
encargo lo recogen en menos de una hora.
–
¿Podrías cambiar de maceta el romero de la trastienda? – Pregunta Maggie – es
que ha crecido mucho y se están saliendo las raíces por debajo.
–
No te preocupes, seguro que me da tiempo – dice Ashley.
–
Eres un amor Ashley. Hoy te invito a comer, me voy que no llegó a por el
encargo… ¡Hasta luego! – exclama Maggie haciendo sonar la campanilla de la
puerta.
–
Adiós, Maggie – se despide Ashley a tiempo.
Sola
en la tienda Ashley se siente tranquila. Le encanta trabajar con Maggie y es
una gran amiga, la única que tiene en Nueva York, pero es un verdadero terremoto y a Ashley eso le parece un agobio.
Es cierto que la tienda no es pequeña, tiene doble altura y una trastienda con
un patio, pero cuando Maggie está dentro, corriendo de un lado a otro, la
tienda parece que tiene dos metros cuadrados. Siempre esta cambiando las cosas
de sitio, cogiendo encargos que a veces no podemos atender…pero eso es lo que
hace que la tienda funcione, porque su perfeccionismo atrae a muchos clientes.
Son
ya las nueve en punto así que Ashley levanta
los estores y le da la vuelta al cartel de la puerta, dejando a la vista
la palabra “abierto”
Se
dirige a la mesa dónde preparan las cestas de flores, centros de mesa y ramos y
mira el encargo que van a recoger a las diez menos cuarto. Un ramo de tulipanes
rojos.
-
Qué encargo de lo más extraño… ¿Quién regala tulipanes rojos? Lo normal son
rosas, claveles…pero ¿tulipanes? – exclama Ashley para sí misma.
Se
acerca a los cubos de colores donde se encuentran ya cortados y arreglados los
tulipanes de diferentes colores y agarra doce tulipanes rojos. Se dirige hacia
las diferentes plantas con flores pequeñitas, blancas y azuladas que le dan
juego a la composición del ramo y corta varios tallos que intercala con los
tulipanes. Lleva el ramo ya estructurado a la mesa y corta los tallos de
diferentes tamaños hasta igualarlos por la parte inferior. Finalmente envuelve
el ramo con un papel de plástico transparente cortado en picos para darle forma
y coloca en el extremo una cinta roja para agarrar bien todas las partes y
decorar. Riza las cintas sobrantes del lazo, creando tirabuzones perfectos.
Posa el ramo en la mesa con delicadeza y abre el sobre del encargo con el
mensaje de la tarjeta: “Es hora de comenzar algo nuevo. Cásate conmigo, Mary”
–
Tulipanes rojos para una pedida de mano…que mala elección. Normalmente escogen
rosas rojas o blancas… ¿Se habrá equivocado Maggie al apuntar el encargo? – Se
pregunta Ashley algo confusa.
Son
ya las diez menos veinte y alguien entra en la tienda. Un hombre de unos
treinta años, alto, de pelo corto y moreno.
–
Buenos días – dice mientras se dirige al mostrador.
–
Buenos días, bienvenido a Maggie’s Flowers ¿eres el chico del encargo? – dice Ashley
con una sonrisa. El chico asiente algo nervioso – muy bien, espera dos minutos
que coloco la tarjeta y lo tienes.
Comienza
a escribir el texto en la tarjetilla y la coloca en un sobrecito dentro del
ramo.
–
Espero que le guste como ha quedado, está recién hecho – dice Ashley llevando
el ramo al mostrador y colocándose en el lado de la caja registradora – ¿Qué le
parece?
–
Es perfecto, tal y como me lo había imaginado, no sabía que me fuera a poner
tan nervioso – dice el chico moviendo las manos, sabiendo que ella entenderá a
que se refiere después de haber leído la tarjeta.
–
Seguro que si te has decidido a pedírselo es porque sabes que ella te quiere –
dice Ashley.
–
Llevamos juntos cinco años y…han sido los mejores de mi vida, si me dice que
no… no se que voy a hacer – dice el chico – pero quiero pensar que es un sí.
–
Estoy segura de ello… pero tengo una duda – dice Ashley con curiosidad – espero
que no te parezca demasiado entrometido por mi parte pero… ¿Por qué encargaste
tulipanes rojos? me ha llamado la atención que los hayas elegido porque al ver
el ramo no has dicho que no hayamos equivocado.
–
Es normal que lo preguntes, yo también pensaba que era raro, normalmente se
eligen rosas rojas, pues son el símbolo del amor, pero son las favoritas de mi
novia. Cuando nos conocimos en Holanda paseábamos por un campo de tulipanes
rojos y me contó que son su flor preferida porque a su alrededor circula una
antigua leyenda. Trata sobre un joven que se enamora de una chica que muere antes de que él pudiera expresar sus
sentimientos y el chico se suicida. La importancia de esta leyenda es que el
lugar donde la sangre del chico se derramó florecieron tulipanes rojos,
convirtiéndolos en un símbolo de amor eterno y verdadero. Esa historia me
cautivó y se que es el símbolo ideal para declararme.
–
Es una historia preciosa…nunca te irás a dormir sin saber algo nuevo – dijo
Ashley emocionada con su historia – Aquí
tienes tu ramo, son veinticuatro dólares.
–
Aquí lo tienes. Uffff… allá voy, deséame suerte. Muchas gracias por todo.
–
Mucha suerte, que tenga un buen día, seguro que lo será – Exclama Ashley
mientras el chico desaparece, dejando la tienda con el leve sonido de las
campanillas de la puerta.
A
lo largo de la mañana. Ashley fue realizando los diferentes encargos y
atendiendo a los clientes habituales de la semana, como una señora mayor que
entra en la tienda todos los días a las once y media y compra unas hojas de
laurel, un poco de romero, perejil y, cada quince días, se lleva unas orquídeas
para decorar su balcón.
Cuando
la señora sale de la floristería, Ashley trasplanta el laurel de la trastienda
y se pone a terminar el último encargo, un centro de mesa para un cumpleaños
familiar. Decide colocar dentro de una cesta mediana de mimbre y sin asa diversas
flores de todos los tamaños y colores intercalados entre sí para dar contraste
y en el centro colocar una pequeña flor de pascua con grades hojas rojas.
Cuando está ordenando todos los componentes dentro de la cesta, alguien entra a
la tienda.
–
Buenos días, vengo a comprar un flor – exclamó el chico con voz alegre.
–
Bienvenido a Maggie´s – dice concentrada aun en el centro de mesa – espere en el mostrador y
lo atiendo en un momento.
Ashley
pensó que no lo había oído, pues el chico decide a subir por las escaleras al
piso donde están las flores.
–
Los clientes no pueden subir ahí – dice Ashley.
–
Sólo quiero coger una flor, la quiero elegir yo, prometo que tendré mucho
cuidado – dice el chico con tono infantil.
Ashley
levanta la cabeza y reconoce al chico que está arriba eligiendo un clavel rosa.
Es el chico que cada mañana observa antes de entrar en la tienda, el chico de
las pompas de jabón de la entrada de Central Park.
–
De acuerdo, ya la tienes así que baja de ahí y vaya al mostrador – exclama
Ashley enfadada – en cuanto termine esto le cobro.
El chico vuelve a desobedecer las órdenes y en
vez de dirigirse al mostrador, se coloca en frente de Ashley, al otro lado de
la mesa, cosa que la pone terriblemente nerviosa. Levanta la cabeza y se
encuentra la cara del chico – ahora que podía verlos, descubría unos ojos
verdes brillantes – a tan solo unos centímetros de la suya.
–
Es que es un regalo, y me gustaría que lo envolvieras y pusieras una tarjeta –
susurra en voz baja a la chica, como si fuera un secreto.
–
No se puede envolver una triste flor así, hay que ponerle algunas otras más
pequeñas como decoración – susurra Ashley con tono algo enfadado pero divertido
a la vez, dejando asomar media sonrisa.
–
¡Pues perfecto! – Exclama el chico con gran entusiasmo mientras se apresura de
nuevo a las escaleras – Quédate ahí que yo mismo las cojo.
– ¡Quieto ahí! – Exclama Ashley enfadada - ¡te
he dicho que los clientes no pueden subir!
–
¿Qué mas te da? Si ya he subido una vez – contesta el chico mientras termina de
subir y Ashley se apresura para seguirlo – enséñame cuales debo coger.
–
Se cogen tallos de esta planta que tiene flores blancas pequeñas y se ponen
alrededor – dice Ashley, cansada de perseguir al chico.
–
Ya entiendo, así le das juego y la flor no queda sosa – dice el chico, cogiendo
unos cuantos tallos y colocándolos alrededor del clavel – Y ahora…
–
Ahora bajamos abajo, tú te colocas en el mostrador y me esperas a que lo
envuelva – insiste Ashley por última vez, solo que esta vez el chico obedece,
se queda en el mostrador y espera en silencio a que ella termine su flor. Por
su parte Ashley decide terminarla rápido para que el chico se marche y deje de
molestarla. Envuelve la flor en un papel transparente con una cinta rosa a
juego con el clavel y coge una tarjeta – ¿Qué mensaje quiere que ponga?
–
Déjame escribirlo a mi – dijo el chico aproximándose de nuevo a la mesa de
decoración – los mensajes de las tarjetas son únicos y especiales, por lo que
solo deben verlo el que lo escribe y el que lo recibe.
–
Muy bien, escríbalo usted entonces – dice Ashley siguiéndole la corriente para
que se marche cuanto antes – Toma la tarjeta, un boli y el sobre.
El
chico agarra el boli y escribe algo en la tarjeta. Ashley intenta asomarse para
leer lo que pone pero el chico se coloca encima para que no lo lea. Finalmente
termina de escribir, mete la tarjeta en el sobre y vuelve a mostrador para
pagar a Ashley, que lo esperaba allí al ver que no podía leer lo que ponía.
–
¿Cuánto es? – Dice el chico sacando su cartera – espero que no me claves un
pico.
–
Debería hacerlo por las molestias pero yo no soy la jefa. Son dos dólares con
veinticinco centavos – dice la chica, ansiosa por que el chico se vaya.
–
Muy bien, aquí tienes – dice, dándole el importe justo – que tengas un buen
día…esto ¿tu nombre?
–
Me llamo Ashley.
–
Pues que tengas un feliz día, Ashley – dice el chico con una sonrisa
deslumbrante.
–
Muchas gracias. Que le guste la flor a la persona a la que se la regales – dice
como último despido.
Y
el chico salió de la tienda. Ashley sintió exactamente lo mismo que cuando
Maggie se va, una sensación de paz y tranquilidad que dejan en el ambiente las
personas demasiado activas cuando se van. Pero durará poco, pues son las doce y
cuarto y Maggie llegará en seguida.
Solo
quince minutos después su jefa entra por la puerta, al mismo tiempo que la
señora del encargo del centro de mesa se dispone a salir por la puerta
satisfecha del resultado.
– Muchas gracias. Hasta pronto – dice la
señora mientras Maggie sujeta la puerta para entrar.
–
Gracias a usted – dice Maggie – vuelva pronto, estaremos encantadas de
ayudarla.
Y
cierra la puerta de la tienda.
–
¿Te puedes creer que me han intentado timar? – Exclama Maggie en cuanto cierra
la puerta - ¡me han intentado vender una simple flor que crece en los bosques
del sur de Canadá como planta tropical! Es cierto que tienen alguna
característica común pero nada que ver. Han estado dos horas intentando
convencerme pero al final los he pillado y me he vuelto con las mismas.
–
No te enfades Maggie – dijo Ashley para tranquilizarla – ¿Vamos a comer? Me
muero de hambre.
–
Si, será lo mejor. Tiremos la casa por la ventana, vámonos al nuevo buffet
libre de comida asiática que está a dos manzanas y así damos un paseo para abrir
boca – dice su jefa sonriente de nuevo - ¿Tú que tal la mañana, alguna novedad?
–
Pues…no, bueno, un chico pesado ha venido y ha comprado un flor y… ¿Sabías que
los tulipanes rojos son símbolo de amor eterno? – Dice mientras Maggie pone una
expresión de confusión - ¿A que no? Bien, yo tampoco, pero lo son. Vámonos a
comer.
Las
dos chicas recogen las flores de la mesa y las meten en la tienda, salen y Ashley cierra el toldo y coloca la varilla al
lado de la ventana. Observa la repisa y encuentra el clavel rosa que ella misma
había envuelto con desgana y una nota en la que ponía “Para ti, Ashley”. Se
giró para ver si el chico estaba enfrente pero ya no estaba, nunca estaba allí
cuando ella salía del trabajo para comer. Maggie se acercó con curiosidad.
–
Ashley, ¿Qué es eso? ¿Tienes un admirador? – Dijo burlándose un poco de la
chica – a ver que pone en la tarjeta.
–
Sé de quién es y lo siento, lo compartiría pero el mensaje de una tarjeta es
único y especial, algo que solo pueden leer el que la envía y el que la recibe,
en este caso yo – dice repitiendo las palabras del chico.
–
Ay, Ashley, que rara eres a veces – dice su jefa, que se asomaba a ver si leía
lo que ponía, sin mucho éxito.
El
teléfono de Maggie comenzó a sonar y Ashley aprovechó el momento para leer la
nota en la que ponía: “Para esa preciosa
sonrisa que llevaba tanto tiempo queriendo ver. Jesse”
–
Jesse… - susurró Ashley agarrando la flor. Algo en su interior, como una
chispa se había encendido con aquel pequeño detalle que la había sorprendido.
Mete la flor en la tienda para que no se estropee y cierran con llave.
–
Me parece que si hay algo que tienes que contarme, señorita – dice Maggie nada
más colgar el teléfono.
–
¿Quién? ¿Yo? – responde Ashley sobreactuando – No sé de qué me estás hablando.
Y
las dos comienzan a dirigirse al restaurante.
Por
el camino, y tras mucho insistir, Ashley comienza a contarle a Maggie primero
la historia de los tulipanes rojos y el hombre nervioso que iba a pedir
matrimonio a su novia.
–
Siempre que no estoy pasan cosas interesantes – se queja Maggie - ¿habrá dicho
que sí?
–
Seguramente – afirma Ashley – sería una estúpida si le dijera que no a un chico
así de guapo y atento.
Estuvo todo el camino intentando dar a Maggie
conversación para distraerla pero al final – cuando ya habían llegado al
restaurante – tuvo que contarle todo lo de Jesse, que es un chico que ve todas
las mañanas haciendo pompas de jabón en la puerta de Central Park, que hoy se
han mirado casualmente por primera vez y el le ha guiñado un ojo, que ha
entrado a la tienda, ha comprado una flor y luego la ha dejado en la repisa
para que ella la encontrara.
–
Ay nena – dice Maggie, emocionada por la historia – ese chico parece un
encanto, mañana tienes que ir y darle las gracias.
–
Ni de coña – dijo al instante – he sido muy borde con él porque no dejaba de
cotillear por al tienda y toquetear las flores a su antojo. Con lo repelente
que he sido…
–
Lo entenderá, te ha roto tus esquemas, te imagino desesperada, persiguiéndolo
por la tienda para que no se moviera del mostrador, con lo maniática que eres…
– dice Maggie riéndose – pobre chico, solo quería elegir él la flor y la
decoración porque era para ti, perdía la gracia si lo hacías tu.
–
¿Y yo qué sabía? Yo solo hacía mi trabajo y ese chico me ha sacado de quicio,
pero ha sido un detalle…muy bonito – dice apoyando la cabeza sobre su mano – si
vieras cómo todas las mañanas hace reír a los niños que pasan por la calle…
¿Qué le voy a hacer? Me gustan los chicos que tienen interés por los niños.
Intentaba que no se diera cuenta pero hoy me ha pillado.
–
Oye… ¿Y cómo es? ¿Sabes su nombre? ¿Es guapo? – dice Maggie con curiosidad.
–
Se llama Jesse y la verdad es que es muy guapo. De lejos no podía verlo bien.
Pelo rubio, un poco largo, facciones duras, perfectamente afeitado, no muy alto
pero para mí de sobra para llevar tacones – dice Ashley entre risas – Tampoco
parece muy fuerte, más bien normalillo pero lo compensa con unos ojos verdes
que resplandecen.
–
Ashley…Me parece que si no lo quieres tú me lo voy a quedar yo – susurra Maggie
después de que las llamaran la atención por hablar demasiado alto – ve mañana a
hablar con el, puede que te haya visto borde o lo que quieras, pero aun así te
ha dado la flor ¿no? Pues eso es que quiere conocerte.
–
Ay no sé… entonces entraría a trabajar algo después – sugiere Ashley – y no podría comprarte tu café de por las
mañanas…
–
Mejor, así nos lo tomamos después y me cuentas que tal – responde Maggie
extendiendo la mano hacia la chica – Invitas tu.
–
Trato hecho – dice Ashley.
Terminaron
de comer y volvieron a la floristería. Por la tarde la tienda está bastante
tranquila, no hay casi clientes pero atienden varias llamadas para encargos que
terminarán al día siguiente. Se pasan la mayoría de la tarde dejando las flores
en los cubos con los tallos bien arreglados para el día siguiente y las riegan
bien. También discuten sobre algunas cosas, pues Maggie se empeña en volver a
cambiar los muebles de sitio y Ashley se empeña en que así está perfecto – se
tiraron hace una sema cambiándolos como tres veces porque no la convencía
ninguna posición salvo esta y ahora quiere volverlos a cambiar – porque esta
disposición deja un espacio diáfano en el centro de la tienda. Esta razón
consigue convencerla y lo dejan todo como está. A las siete y media cierran la
tienda, paran en el Starbucks a tomar un café y cada una por su lado vuelve a
casa.
Ashley
llega a su autobús por los pelos, consigue cogerlo aunque tiene que ir de pie
un par de paradas hasta que algunos asientos quedan vacios. Casi no se entera
de que ya ha llegado a su parada porque no puede dejar de pensar en Jesse. ¿Se
atrevería a ir mañana a saludarlo y darle las gracias? ¿Qué le diría? Durante
todo el camino y hasta llegar a casa y encender la tele, Ashley realiza
infinidad de versiones del momento y sabe que ninguno de esos será el que
sucederá, pues las cosas nunca salen como se planean pero no puede para, está
nerviosa, ha comenzado a morderse las uñas – cosa que no hacía desde los veinte
años – también está ansiosa, con ganas de ver que pasa, algo ilusionada tal vez
porque esto es una oportunidad para cambiar su vida, pues no puede pasarse toda
la vida sola. Nada más llegar a casa, se dirige al baño y se mete en la
ducha para ver si así puede relajarse un
poco. Después se coloca la diadema y la pinza en el pelo, se arregla las cejas
y se echa crema hidratante. Se sorprende a sí misma mostrando interés por su
imagen, por querer impresionar a alguien, parecer guapa.
Después
de su ritual de belleza nocturno se prepara unos fideos instantáneos para cenar
mientras ve en el ordenador el último capítulo de su serie favorita, sentada en
el sofá. Después, mientras se prepara un té antes de ir a dormir observa
fijamente el clavel perfectamente colocado en un vaso con agua y la tarjeta con
el mensaje apoyada delante. Nunca le habían regalado una flor, un regalo tan sencillo
y delicado pero que tanto sentimiento puede expresar. Se sintió feliz por ello,
porque además, la había elegido él, la que él quería y como él quería y sin
comerlo ni beberlo ese delicado regalo había dado de lleno en su corazón,
despertando sentimientos que no había tenido.
Cuando
termina de hacerse, se bebe el té – verde y con bastante azúcar – a sorbitos
mientras le daba vueltas a la tarjeta con los dedos, leyéndola una y otra vez.
Por un momento piensa en no ir a darle las gracias, porque, sí, es guapo,
parece un encanto, le ha regalado una flor… por lo demás, no se nada de él pero
Ashley no ha ido a Nueva York para ver series en su casa por las noches y
trabajar en una floristería, quiere un cambio en su vida así que cambia de
opinión, deja la taza sobre la pila y se va a dormir sin pensarlo más.
El
despertador suena a las siete de la mañana y hace todo tal y como siempre, pero
esta vez, se echa una gota de disimulador ojeras – que hacía dos años que no
usaba – y se echa brillo en los labios. Sale de casa a toda prisa y coge el bus
de siempre.
Cuando
por fin llega a su parada y se dirige andando a la floristería, está muy
nerviosa, le sudan las manos y le tiemblan las piernas. Para su sorpresa,
mientras camina en dirección al trabajo ve que en la puerta de Central Park no
hay nadie. Pensó que no había venido pero luego vio que el cubo de agua estaba
ahí así que se le quito esa idea de la cabeza.
Camina
tan distraída en mirar hacia donde no debe que no se da cuenta de que se pasa
la floristería de largo y con ella a Jesse, que la esperaba en la puerta.
–
¿Me buscabas, Ashley? – dice Jesse. Está apoyado en la mesa, vestido con una
camisa de cuadros de tonos azules y unos vaqueros sencillos, mirando a Ashley
con una sonrisa y dos vasos del Starbucks calientes en la mano – Te he comprado
chocolate caliente por si no te gustaba el café.
Ashley,
en shock porque, por supuesto, no ha pasado ninguna de las versiones que se
había imaginado, se acerca a Jesse y coge uno de los vasos.
–
Hola – dice confusa por la situación – gracias, la verdad es que odio el café
así que has acertado. Buenos días Jesse.
Se
quedaron los dos mirándose unos segundos, Jesse esperaba algo más por parte de
Ashley y, al no conseguirlo pregunta apresuradamente:
–
¿Te gustó la flor? La elegí yo mismo – dice guiñándole un ojo – ¿Y el mensaje?
Lo escribí yo de mi puño y letra.
–
Me encantó ese detalle, muchas gracias, nunca me habían regalado una – dice la
chica avergonzada – siento haber sido borde contigo…el mensaje fue…muy dulce.
–
No decía ninguna mentira. Llevaba mucho tiempo queriendo ver esa sonrisa –
confiesa el chico mientras le da un sorbo a su chocolate caliente – siempre
entras en la tienda antes, ayer tuve suerte. Te veo llegar a la tienda y
pararte a ver lo que hago cada mañana pero cuando me giro para mirarte…ya no
estas.
–
Me gustan esas pompas de jabón gigantes con las que rodeas a los niños – Dice
Ashley bebiendo de su chocolate – mmm con vainilla, esta buenísimo.
– Esperaba que te gustara – dice Jesse con una sonrisa – Ashley… ¿Me acompañas,
nos sentamos a charlar en un banco y hablamos un rato? Sé que tienes que
trabajar así que si no puedes no pasa nada.
Ashley
tuvo ganas de ir con el, pero debía estar a las nueve en la tienda.
–
Supongo…que no habrá problema si vuelvo a las nueve – dice con seguridad – pero
nos quedamos por aquí cerca ¿vale?
–
Si, cruzamos y nos sentamos en los bancos de Central Park – sugiere Jesse con
ilusión
Ashley
no dijo nada al respecto, lo dejó pasar pero cuando cruzaron la calle ella se
apresuró a sentarse en los bancos de fuera para no tener que entrar.
–
Espera – dice Jesse antes de que se siente – acércate aquí. Dame tu chocolate.
Ashley
se acercó y puso los pies en una cruz dibujada en el suelo, dentro de un
círculo. Le dio su vaso a Jesse y este lo colocó junto al suyo en el banco.
–
¿Qué vas a hacer? – dice Ashley intuyendo lo que iba a suceder.
Y
sin decir nada Jesse coge su artilugio – una varilla unida a un aro de plástico
– y lo introduce en el cubo de agua con jabón. Después rodea a Ashley en una
pompa gigante, uniendo ambos círculos y luego separándolos. Después extiende la
mano hacia Ashley. Ella hace lo mismo. Los dos van acercando la mano despacio
hasta que se encuentran, estallando la pompa alrededor de la figura de Ashley.
Ambos se quedan callados, con una mano junto a la otra y mirándose mientras las
calles de Nueva York se llenan de gente, que pasa con prisas y sin darse cuenta
de que Cupido ha pasado y ha lanzado una flecha a los corazones de estos dos
jóvenes, que comparten ese mágico momento. Cuando Ashley aparta la mirada el
momento se rompe, Jesse coge el chocolate de la chica y ella lo coge con
agrado.
–
Son las nueve – dice Jesse – ¿te apetece cenar conmigo esta noche? Dime a qué
hora sales y te vengo a buscar a la tienda. Prometo volver a sorprenderte.
–
Estoy impaciente – confiesa Ashley – a las siete y media cerramos la tienda.
–
Pues a las siete y media estaré aquí – Se acerca a Ashley suavemente y la
susurra – Por cierto, te queda muy bien ese brillo de labios, muy…apetecible.
Que tengas un buen día Ashley.
Y
Jesse le regala un beso en la mejilla que hace a Ashley estremecerse y cerrar
los ojos. Jesse se quedó mirándola hasta que Ashley cruzó la calle y entró en
la tienda, el también estaba impaciente por que llegara esa noche.
Ashley
entró en la tienda y se encontró con Maggie de frente, impaciente por saber que
había pasado.
–
¿Qué tal? ¿Es majo? ¿Te gusta? ¿De qué habéis hablado? – Escupe Maggie sin
respirar – Jo, Ashley contesta.
–
Maggie… - empieza Ashley a hablar – me parece que ya no necesito salir el
viernes a conocer chicos. Es perfecto.
–
¿QUEEEEE? – Grita Maggie - O sea, que te
gusta. Ay, que fuerte ¿has quedado con el? ¿Cuándo?
–
Me recoge esta noche al salir de trabajar – dice Ashley – dice que me va a sorprender.
–
A ver, recapacitemos. Habéis quedado, hoy, esta noche, para cenar… Nena – dice
mirándola de arriba abajo – ¿No pretenderás ir así?
–
Pues… – empieza a hablar, pero Maggie la interrumpe.
–
Pues nada – comienza Maggie a hablar – a medio día cerramos la tienda, vamos a
tu casa, te ponemos guapa, te arreglamos el pelo y te dejamos la cara
deslumbrante ¿Queda claro?
–
Si hombre… – dice con sarcasmo – ¿Y la tienda qué?
–
Porque cerremos una tarde no va a pasar
nada. Esto es una ocasión especial, después de dos años aquí… ¡has ligado! A
las siete y media estaremos las dos aquí, me presento y me voy, lo prometo.
–
Maggie…
–
Te prometo que solo me presento, quiero darle el visto bueno y me iré. Total,
ya me contarás al día siguiente los detalles si te lo…
–
¡Maggie!
–
Jajaja. Es broma nena – dice a carcajada limpia – venga, empecemos a trabajar y
a las doce nos vamos.
A
así hacen, durante la mañana atienden a todos los encargos del día y a los
clientes habituales y, a las doce, recogen la tienda, colocan un cartel de
aviso de cierre por la tarde y se van juntas a casa de Ashley.
Cuando
llegan allí, preparan una ensalada y un par de filetes de pollo con curry,
comen en la barra americana viendo la televisión y sobre las cuatro comienzan a
hablar sobre la cita.
–
Oye – comienza Maggie – no me has contado que ha pasado esta mañana…
Y
Ashley comenzó a narrar lo que había pasado sin saltarse ningún detalle. Maggie
soltó un gritito cuando se enteró de lo del beso
–
¡Ay, nena que le gustas! – Dice Maggie con emoción – hablemos de lo de esta
noche, ¿Qué quieres ponerte?
–
Bueno…había pensado ponerme un vestido azul marino que tengo guardado – sugiere
Ashley – y una americana crema a juego
con los tacones. El bolso también azul marino.
–
Póntelo a ver cómo te queda – contesta Maggie – yo te daré el visto bueno.
Ashley
se mete en su habitación y rebusca en el fondo del armario ese vestido que
recuerda perfecto para esta ocasión. Cuando lo encuentra se lo pone y da
gracias a Dios por no haber engordado ni un gramo, pues el vestido le estaba
perfecto. Se puso la americana, los zapatos y decora el conjunto con una
gargantilla de oro con su nombre y un reloj color crema con una enredadera de
rosas dibujada. Sale de la habitación y Maggie la mira de arriba abajo.
–
Estás impresionante – dice Maggie haciéndola sonrojar – A Jesse se le va a caer
la baba en cuanto te vea.
–
¿De verdad te gusta? – Dice insegura – No es demasiado… ¿elegante?
–
Es perfecto. Sencillo pero elegante. Quítatelo y date una ducha rápida. Voy a
peinarte y maquillarte como a una princesa.
A
los pocos minutos Ashley sale de su habitación con una bata puesta, el pelo recogido
en una coleta y la diadema puesta. Ambas entran en el baño cuando se ha ido la
humedad del agua caliente y Maggie comienza a maquillarla. No aplica base de
maquillaje pero si una crema hidratante con color y un poco de corrector para
algunas pequeñas imperfecciones. Después añade colores naturales – tonos
marrones y color carne – a sus ojos
azules para profundizar su mirada junto con la máscara de pestañas para
agrandarla y finalmente coge un pintalabios rojo para colorear sus labios.
–
¡No! – Exclama Ashley cogiendo el mismo brillo de labios de esta mañana y
apartándose de Maggie, pensando en lo que Jesse dijo al respecto – no, quiero
llevar este.
–
Vale, vale – responde Maggie – ponte el que quieras.
Para
terminar, Maggie suelta el pelo de Ashley y recoge dos pequeños mechones
laterales con una pinza por detrás y
riza su melena con las tenacillas, aplicando laca para que no se deshagan. Se
da la vuelta y la mira.
–
Te voy a presentar mi preciosa creación – dice mientras da la vuelta a la
banqueta para que Ashley se mire en el espejo – ¡ta chan!
–
Vaya…Maggie me has dejado guapísima – dice sin dejar de mirarse – muchas
gracias.
–
De nada cariño, hoy triunfas – dice con una sonrisa – ponte el vestido y
vámonos.
A
las siete ambas cogieron el bus hacia la tienda, Ashley estaba nerviosa de
nuevo e intrigada por lo que pasaría esa noche y por cómo la sorprendería esta
vez.
–
Voy a llegar tarde – dice apurada – se tarda cuarenta y cinco minutos en
llegar.
–
Una chica tiene que llegar tarde a la cita – declara Maggie – así la alegría de
Jesse al verte será mayor, porque se le habrá pasado por la cabeza que no vas y
más con la tienda cerrada.
–
Sabia teoría.
Cuando
bajan del bus Maggie coge a Ashley y le pellizca las mejillas.
–
¡ay! – Se queja Ashley – ¿Maggie, qué haces?
–
Lo siento, se me olvidó echarte colorete.
Llegaron
a la floristería a las ocho menos cuarto y Jesse ya estaba allí esperando.
Llevaba unos pantalones pitillo negros que le hacían más alto y una camisa azul
marino, a juego con el vestido de Ashley, junto una americana negra. Cruzaron
las miradas y ambos sonrieron al verse. En sus miradas podía leerse el deseo,
la curiosidad, los nervios y la alegría por verse. Cuando ambos llegaron el uno
frente al otro se hizo el silencio.
–
Estás increíble – dice Jesse rompiendo el silencio – ya veo porqué estaba
cerrada la tienda.
–
Culpa mía – interrumpe Maggie – había que ponerla guapa para su primera cita en
Nueva York.
–
Ella siempre esta guapa – dijo mirándola de arriba abajo – pero ahora está
perfecta.
–
Por cierto, Me llamo Maggie. Y…bueno… creo que sobro… – dice al ver que ambos
jóvenes se están mirando fijamente.
–
Encantado Maggie – dice sin dejar de mirar a Ashley – te voy a robar a Ashley
esta noche, espero que no te importe.
–
Os dejo chicos, pasadlo bien. Yo terminaré unas cosas en la tienda y me iré.
Pásalo bien Ashley – se despidió dándola un beso en la mejilla.
–
Hasta mañana Maggie. Gracias por todo.
Y
Maggie entró en la tienda, dejándolos allí de pie en silencio, mirándose a los ojos
y sonriéndose.
–
No sé como decirte lo preciosa que estás – confiesa Jesse – brillas con luz
propia.
–
Si sigues diciendo esas cosas harás que me sonroje aun más – dice Ashley.
–
¿Y yo? – Pregunta con tono burlón y haciendo poses de modelo – ¿A que estoy muy guapo?
–
Que creído eres… - dice entre risas – pero he de admitirlo, estas muy guapo.
–
Eso era justo lo que quería oír – le da un beso en la mejilla y la coge de la
mano – vamos a mi coche, que te llevo a cenar.
Caminaron
juntos de la mano durante diez minutos hasta el aparcamiento y Jesse abrió las
puertas de su Lexus negro.
–
¡Pedazo de coche! – exclama Ashley al ver que las luces del coche se encendían
– ¡Es precioso!
–
Si quieres te dejo conducirlo – dice Jesse – yo te doy las indicaciones y nos
llevas tu al restaurante.
–
¿en serio? – Pregunta emocionada – me encantaría.
Para
Ashley la sensación de velocidad en ese coche era genial, recorrió Nueva York a
toda velocidad bajo las luces. Atravesó Times Square y por primera vez sitió
que vivía en una ciudad tan perfecta como Nueva York. Y todo gracias a Jesse,
que no despegó la mirada de la chica ni un segundo.
–
Aparca por aquí Ashley – dice finalmente Jesse al llegar a una travesía
Aparcaron
cerca de un edificio de 60 pisos, salieron del coche y subieron en el ascensor
hasta la última planta. Extrañada, Ashley decide mirar la expresión de Jesse,
buscando algo en su rostro que la hiciera desconfiar pero el solo tenía una dulce
sonrisa para ella. Entraron por la puerta número 608.
–
Te dije que te sorprendería y aquí estamos – dice Jesse cogiendo a la chica de
la mano – Bienvenida a mi apartamento.
Ashley
entra y se encuentra un ático de lujo completamente diáfano y con decoración
minimalista en tonos oscuros y ocres, con una mesa en el centro con manteles y
servilletas rojas y la mesa coronada con un centro de mesa de flores de todos
los colores y tamaños. Más allá está la habitación completamente decorada con
colores negro, blanco y granate. Una cama enorme se situaba en medio de esta y
a su lado dos mesillas de noche, ambas mirando junto a la cama hacia la puerta
corredera de la habitación.
–Este
lugar…parece de cuento – susurra Ashley mientras Jesse la abraza por detrás -
¿Has cocinado tu?
–
Sí, y espero que todo sea de tu agrado – susurra Jesse al oído de la chica –
después veremos la peli que tu quieras y te llevaré a casa ¿Te parece bien?
–
Creo que es el mejor plan que he tenido nunca – dice Ashley acariciando los
brazos que la rodean.
Para
cenar, Jesse prepara diferentes platos de comida india para todos los gustos,
dulces, agrios y picantes, con un montón de salsas y especias. Cenan
tranquilos, hablando de cosas típicas de una primera cita, color favorito,
película y canción favoritas, sobre sus familias, sus amigos…sobre sus vidas
antes de conocerse. Descubrieron que tenían infinidad de cosas en común,
dejando claro que el destino decidió su encuentro antes de que ellos se vieran
por primera vez. Al terminar de cenar se sentaron en el sofá a tomar un café y
un té y – retirándola un mechón de pelo
suelto de la cara mientras se miraban fijamente a los ojos – Jesse Preguntó:
–
¿Crees en el amor a primera vista? Porque estoy enamorado de ti desde el primer
día que te vi entrar en la tienda de Maggie.
Y
la besó. Primero fue un beso dulce, agradable y conforme ambos liberaban sus
sentimientos el beso se iba transformando en una declaración de amor pasional.
Jesse agarró de la cintura a Ashley y la cogió en brazos, llevándola hacia la
habitación, posándola en la cama suavemente sin dejar de besarla, sucumbiendo
ambos al capricho de un destino que hace seis meses hizo que se encontraran.
¿Qué pasaría si…?
Hemos
sido testigos de una preciosa historia de amor, tal vez podría ser que a
algunos de vosotros os pareciera algo insulsa y predecible, como todas las
historias de amor verdadero que solemos presenciar, pero ¿Qué pasaría si todo
esto no es más que una invención de una novata futura escritora? ¿Qué pasaría
si Ashley fuera una joven manipulable, con mala suerte, y con tantas ganas de
amar y ser amada que se dejara llevar por el primer chico que muestra un poco
de afecto hacia ella? ¿Qué pasaría si Jesse no es quien dice ser? Esto es lo
que pasaría:
Jesse
no sería más que un joven obsesionado por una camarera pelirroja de un
Starbucks de Nueva York que acabó trabajando en una floristería cercana, por lo
que se la volvería a encontrar. El fingiría ser un artista callejero con
apariencia amable para ganarse el aprecio de la joven y, tras observar su
rutina, conquistarla siendo el hombre que toda chica quiere en su vida,
caballeroso, amable, guapo, cariñoso, divertido…
La
sorprendería y ella creería que él la comprende, pero en realidad estaba todo
estudiado por el depredador para cazar a su presa. Después de eso la invitaría
a que acompañara al joven una cena, prometiendo sorprenderla de nuevo y ya solo
por la curiosidad sabía que ella asistiría a la cita. Se asustaría al ver la
tienda cerrada a la hora acordada por ambos, pero eso solo intensificaría el
hambre de Jesse al verla aparecer con un vestido impresionante, dispuesta a
enamorarse y dejarse llevar. Se ganaría su confianza dejándola conducir un
coche – robado unas horas antes para impresionarla – hasta un apartamento de un
ricachón amigo de su padre, de otro país que sabe que no va hasta el verano, y
del cual su padre posee un llave para mantenerlo cuidado. Un despampanante
ático de lujo dónde poder hablar, cenar tranquilos y fantasear sobre cosas que
nunca sucederían. Después de ganarse su confianza y su corazón, se sentarían en
el sofá a charlar y escuchar a la joven contarle todas sus aficiones y gustos
mientras el finge escucharla. Finalmente, soltar una frase de película que la
derritiera y sellarla con un beso. La conduciría hasta la cama y la arrancaría
la ropa, dejándola totalmente vulnerable. Y susurrándola al oído las palabras “Eres mía”, pasaría de ser dulce y
cariñoso a ser bruto, a forzarla, a hacerla daño. Ella intentaría resistirse,
gritando, llorando, moviendo piernas y brazos pero ya es tarde, pues él es
demasiado fuerte para una joven como Ashley y, cuando por fin Jesse saciara su
sed de sexo, su deseo por tenerla, agarraría un puñal de debajo de la almohada
y terminaría con la vida de una pobre chica que solo quería sentirse especial,
que quería caminar de la mano por Central Park con un chico que la quisiera y
vivir lo que cualquiera chica. Una joven que soñaba con casarse, con encontrar
a esa persona que se acaba convirtiendo en tu mejor amigo, en tu cómplice y
confesor, que te protege y que te comprende. Pero ella lo deseaba con tantas
fuerzas que confiaría demasiado, dejándose llevar por el primer chico que la
mostrará algo de afecto y por ello, perdería la vida. Caería en las garras de
un desgraciado joven, enfermo y loco que se obsesionaría hasta conseguirla y
silenciar la única voz de lo que sería un terrible episodio para siempre. Pues
ni siquiera su verdadero nombre sería Jesse y nadie cercano a Ashley conocería
nada de él salvo el clavel rosa que un día regalaría a la chica.
Es curioso como se puede girar el hilo de una historia tan tétrica y desagradable
convirtiéndola en algo romántico que derretiría el corazón de cualquiera, pues
hace dos días escuché en las noticias que encontraban el cuerpo sin vida y con
tres mortales puñaladas de una joven de veinticuatro años llamada Ashley. La
hallaban tumbada, desnuda y rodeada de sangre, en la cama del apartamento del
último piso de un edificio del centro de Nueva York, dónde se encontraba
aparcado un coche robado – con las llaves puestas – y sólo las huellas de la joven, sin pista
alguna del culpable.