Cuando el sol decidió
asomarse por mi ventana mis ojos comenzaron a abrirse lentamente. Las suaves
sábanas blancas que me cubrían desprendían un agradable olor a primavera y el
confortable colchón me abrazaba para que siguiera allí infinitamente. Me sentía
tranquila y a salvo a pesar de no tener ni idea de dónde me encontraba. Tras
unos segundos de placer que me permití a mí misma decidí levantarme y mirar
alrededor. La cama estaba en una habitación sencilla de paredes blancas y
desgastadas. Pegado a ellas se encontraba un pequeño escritorio de madera vieja
con papeles desordenados por encima. Desde la cama podía ver las otras tres
estancias de la cabaña: una pequeñísima cocina de lumbre, un baño minúsculo y
otra habitación exactamente igual a aquella en la que había dormido.
Salí de la cabaña y me
encontré en el centro del poblado, coronado con un pozo de agua en el centro.
Una larga cola de personas se arremolinaba alrededor esperando su turno para
coger agua.
– Por fin has despertado –
me gritó una voz masculina detrás de mí.
– Aitor… no asustes a la
chica por detrás – dijo la mujer que se encontraba al lado del chico.
– Lo siento… – dijo acercándose
a mí. Tenía una sonrisa que brillaba por sí sola a pesar de su piel clara – Me llamo
Aitor y esta es mi madre Laura ¿Cómo te llamas?
Era un chico joven, un par
de años mayor que yo supongo. Se hizo un largo silencio mientras esperaban la
respuesta.
– Kara – mentí – Me llamo
Kara.
No sabía en quién podía
confiar así que esa me pareció la mejor opción, bautizarme con el primer nombre que se me ocurrió, el de mi antigua mascota.
– Estamos encantados de
conocerte Kara, somos voluntarios españoles que venimos a intentar mejorar vuestro modo
de vida. ¿Quieres tomar algo? – Me preguntó con hospitalidad – Quedan dos horas
para la comida así que ¿por qué no dejas que Aitor te enseñe el pueblo? Aitor, tráela
algo de fruta y volved en un par de horas para comer algo.
– Muchas gracias, Laura –
dije mientras cogía una naranja.
Aitor y yo caminamos por
el poblado que yo ya conocía mientras me explicaba lo que había en cada cabaña.
Todo el poblado formaba un gran circulo alrededor de pozo. Calculo que apenas
serán ciento cincuenta personas incluyendo a los voluntarios.
– Cuando construyeron el
pozo y lograron que llegara el agua hasta aquí, los poblados cercanos empezaron
a venir aquí en lugar de caminar tantos kilómetros – exclamó - en cierta forma estamos ayudando a mucha más
gente de la que parece.
Todo lo que me estaba
contando me resultaba de lo más interesante, lejos de las narraciones
examinadas minuciosamente por el protocolo cuando los visitamos por última vez.
Esta versión era más real y sincera. Cuando nos quedamos sin tema del que
hablar traté de impedir que me preguntara sobre mí, así que lo hice yo:
– ¿Cuánto tiempo llevas
aquí? – pregunté, su rostro no me era familiar ni me sonaba de la última vez.
Es un chico muy guapo, si le hubiera visto, lo recordaría.
– Apenas un mes. Mi madre
es médico y ganaba mucho dinero en España así que nunca me faltó de nada – dijo
entre risas – más bien estaba muy consentido y no sabía valorar las cosas. Unos
días después de graduarme del bachillerato y decirla que pasaba de estudiar más
y que quería vivir la vida se enfadó muchísimo por que no supiera valorar que
todo lo que ella ha trabajado lo ha hecho para que yo tuviera la mejor
educación y yo la desaproveche. Así que una semana después me soltó la bomba de
que estábamos en una ONG y nos íbamos de voluntarios quince días.
– ¿Y cómo reaccionaste? –
pregunté.
– La verdad…fatal. Tenía
planeado un viaje con mis amigos y se negó a que fuera. Cuatro días después estábamos
cogiendo el avión sin decirnos ni una sola palabra.
Los primeros tres días
fueron un castigo. No tener agua caliente, apenas electricidad y no poder
hablar con mis amigos…lo pasé algo mal.
Pero finalmente mi madre
consiguió su propósito y me abrió los ojos. Los primeros días yo la veía cuidar
a los lugareños y curar heridas del duro trabajo diario y finalmente opté por
poner mi granito de arena. Escuché que estaban terminando de construir un
pequeño colegio con un huerto detrás de las cabañas y quise ayudar. Pasé una
semana pintando las paredes con los niños, construyendo mesas de madera y
taburetes, ordenando el poco material escolar que nos llega. Me lo pasé
realmente bien y me di cuenta de que era feliz en esta humilde vida sin las
ataduras del mundo moderno. Los niños estaban ilusionadísimos por estudiar y
aprender, por labrarse un futuro, el futuro que yo estaba rechazando.
<< unos días antes
de irnos Hablé con la ONG sin decírselo a mi madre. Les pedí que me dejaran
quedarme y ser el profesor de los niños. Aceptaron con la condición de que se
lo contara yo a mi madre antes de confirmarlo del todo. Cuando se lo dije se
quedó helada. No sabía cómo reaccionar ante eso. Le dije que no sería para
siempre y que cuando volviera comenzaría a estudiar para ser profesor. Se puso
tan contenta y la vi tan orgullosa de mí... Me dijo que se quedaría conmigo y
aquí estamos los dos, dispuestos a cambiar un poquito el mundo.
Cuanto más lo escuchaba más
me hechizaban sus palabras. Sentía total admiración por ese chico, que abandonó
su mundo y todo lo que tenía para ayudar al mío.
Seguimos dando un paseo,
volviendo hacia el poblado tras visitar la escuela. Era muy bonita, con colores
y manos de los niños en la pared. Cuando llegamos al pozo a beber algo de agua
me dijo:
– ¿Te gustaría venir a la
escuela esta tarde a verme y jugamos un rato con los pequeños? – me dijo con
emoción
– No se – dije, volviendo
a mi realidad, a pesar de que dentro de mi el deseo de quedarme latía con
fuerza – debería seguir mi camino.
– Una lástima – exclamó.
Sus palabras se tornaron tristes y ácidas – Me costará olvidar esos ojos
brillantes que tienes, son mágicos.
Y salió corriendo hacia
una de las cabañas, dejando sus últimas palabras flotando en el aire.
– ¡Kara! – Exclamó Laura
desde la ventana - ¡ven a comer con nosotros, venga!
A eso no podía negarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario