jueves, 21 de agosto de 2014

Nayah II

Mi padre dejaba este mundo y yo sentía un frío inexplicable...el frío que produce la soledad, que te inunda y congela tu corazón. No sabía cómo llegar hasta la casa de mi tío en El Cairo, no podía ir en autobús, ni en avión porque no podía identificarme o me matarían. Debo ir sola, sin ayuda. Tal vez andando o colándome en algún autobús.
Lo primero que hice fue apresurarme al piso de arriba, ignorando el estado de mi hogar, destrozado y desolado. Entré en el baño de la habitación de mis padres. Todo estaba revuelto, con nuestras cosas por el suelo y los cajones abiertos, lo que me facilitó el encontrar lo que estaba buscando.

Me lavé rápidamente la cara para quitarme el maquillaje y cerré la puerta del baño. Encendí a tientas un par de velas, que coloqué junto al espejo para poder verme. Seguidamente agarré las tijeras y respiré hondo. Cortar el primer mechó fue tal vez lo más duro, era una metáfora de que dejaba atrás la vida que llevaba antes. Soy blanca, como mi madre, en cambio tengo los mismos rasgos que mi padre y mi abuela, unos ojos color azabache, el pelo oscuro y muy rizado, casi por la cintura. Siempre lo llevaba suelto, me hacía sentir muy hermosa. Seguí cortando, mechón tras mechón, hasta que solo quedaban unos alborotados y minúsculos ricitos sobre mi cabeza. Supuse que así no me reconocerían, al menos los que no me conocen en persona. Me quedé mirándome unos segundos, no era capaz de reconocerme a mí misma sin maquillaje y con el pelo tan corto, era como observar a otra persona y, en aquella circunstancia, era muy buena señal.

Agarré las cerillas con las que encendí las velas, un bote de agua oxigenada y gasas. Mi siguiente paso estaba en el armario de mi padre. Cogí unos de sus pantalones cortos – que a mí me llegaban por debajo de las rodillas – y una de sus camisetas de deporte junto con una chaqueta y me vestí, despidiéndome también de mi ropa habitual. me dirigí hacia mi habitación, dónde busqué mi mochila negra y guardé lo que cogí en el baño junto a una linterna y mi cartea, sacando primero cualquier cosa que pudiera identificarme. Solo me interesaba el dinero.

Por último y antes de marchar, bajé sigilosa y con las piernas temblorosas a la cocina, y rebusqué en los cajones la navaja de caza de mi padre. Como provisiones me llevé lo poco que me cabía en la mochila: un par de manzanas, un paquete de galletas y una botella de agua. Salí de lo que había sido mi hogar aterrada y conteniendo un sollozo.
Mi mayor prioridad era salir de la ciudad, dónde podría ser fácilmente reconocida por mis amigos. Por un segundo pensé en pedirles ayuda, pero no sabía si poder confiar en ellos por lo que descarté esa posibilidad enseguida. Me escondí en la arboleda de mi casa, a la entrada de esta, a pensar por dónde podría salir de allí. Era bastante obvio que por el centro era imposible, demasiada gente conoce mis gestos, mi voz e incluso mi mirada como para no darse cuenta de que soy yo, aunque les cueste al principio. Tampoco podía ir callejeando porque, si me están buscando y me ven sola, me registraran o me cogerán hasta que me identifique alguien conocido. No sabía cómo escapar de allí sin correr demasiado peligro...

Me fijé en el círculo negro de la entrada de casa, el que tiene dibujado el escudo de la familia de mi padre en la carretera.  Nunca entendí muy bien por qué lo colocaron allí por mucho que me explicaran que era para detectar la casa desde el aire por los aliados y evitar que atacaran. Siempre lo vi como una falta de respeto, pues todos los coches que pasaban pisoteaban con sus ruedas el símbolo de mi familia cual rendija sucia de una alcantarilla...
Ese ligero pensamiento de mi cabeza me dio la gran idea. Podía salir por la red gigantesca de alcantarillado que atraviesa la ciudad de punta a punta. Tan solo tenía que llegar hasta la rendija más cercana y estaré a salvo.
Salí del jardín de mi casa, llegando a la travesía principal de Adís Abeba y corrí a una callejuela secundaria, escondiéndome tras unos cubos de basura, cuando escuche las voces de dos hombres que hablaban en inglés.
– Hay que encontrar a esa niñata – dijo uno de ellos.
­– sigo sin comprender por qué es ella tan importante. Había que matar a su padre – prosiguió entre quejas – pero nadie dijo nada sobre matar a una cría.
– Eres un necio – exclamó – es necesario matar a todos los descendientes del presidente. Este país se rige bajo una presidencia de derecho de nacimiento. Si la hija del presidente vive, es ella la sucesora del cargo y por tanto el país no es de Sudán ni de nuestro querido presidente, por mucho que lo pretendamos. Así que, si sigue viva, tarde o temprano intentará recuperar lo que es suyo, y más con la ayuda de Egipto. El tío de la niña haría cualquier cosa por ella…
– Pues entonces habrá que encontrarla y acabar con ella.
Comprendí por qué mis padres me ocultaron y por qué debo protegerme a mi misma. Hasta que yo no muera, este país me pertenece y mi misión es cuidarlo y que prospere.
La entrada a las alcantarillas estaba en el centro de la carretera, junto a los dos hombres. Esperé lo más escondida que pude, vigilando mis espaldas, hasta que se cansaron y se fueron, y por fin me acerqué a la rejilla. Usé toda la energía que me quedaba en el cuerpo para abrirla y logré esconderme rápidamente en el laberinto de suciedad que me permitiría escapar sana y salva.

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