miércoles, 20 de agosto de 2014

Nayah I

Cuando desperté aquella mañana no sabía lo mucho que cambiaría mi vida, pero algo en mi interior me hacía estar nerviosa. Sentía que todo era diferente, hasta el aire me olía diferente en la sencilla ciudad en la que me he criado. Aun así, ignoré mi extraña intuición y decidí continuar con el día como si fuera otro cualquiera.
Vivía en Adís Abeba, la capital de Etiopía. Mi padre era el presidente del país y mi vida era como la de cualquier joven europeo, aun a sabiendas de que mi país presidía la lista de los países más pobres del mundo entero. Simplemente miraba para otro lado e intentaba olvidarlo.
– Es mejor que te mantengas al margen de todo esto, pues tú no tienes la culpa de nacer siendo mi hija, simplemente disfruta de lo que tienes la suerte de tener y aprovéchalo por todos los que no lo tienen – Me decía mi padre cuando le preguntaba sobre las desigualdades del mundo mientras observábamos, desde nuestra gran casa, las revueltas de aquellos que deseaban la igualdad por la que yo poseía cierto interés.
– Solo tienes quince años y aún hay cosas que no comprendes de la vida. Los humanos nunca tendremos igualdad. Estamos cegados por el egoísmo y la ambición.
Estudiaba en casa con los mejores profesores, que venían de los mejores colegios británicos y franceses para darme la mejor educación. Estudiaba inglés, francés, economía, historia universal, matemáticas y biología. Me encantaba la idea ser médico de mayor y mi padre me mandaría a la mejor universidad para que lo consiguiera. Mi madre me enseñaba buenos modales, cocina y costura por las tardes, aunque no me interesaba demasiado.
Aquella tarde el olor ahumado de los contenedores que quemaban en la ciudad y los gritos de los revolucionarios era inmenso, me daba algo de miedo, pero mi madre me decía que no pasaba nada, que había mucha seguridad en la casa. Desgraciadamente no la suficiente.
En escasos minutos una bomba estalló en la calle, reventando los cristales de mi casa y haciéndome caer al suelo. Mi madre me escondió bajo una trampilla camuflada por la alfombra central del salón y me dijo que no saliera de allí. Después de eso escuché muchas pisadas seguidas de varios disparos muy cerca de mí. Me taladraban los fuertes e incesantes pum pum, pum pum de mi aterrorizado corazón. Me esforcé por no sollozar, pero no pude evitar que se me desbordaran las lágrimas de los ojos.
Pasé las horas en silencio, esperando a mis padres y tapándome los oídos hasta que dejé de escuchar disparos y gente gritando. Las pisadas hacía mucho que habían cesado, pero temía salir de allí. Miré mi reloj y eran las tres de la madrugada. Necesitaba salir de allí y buscar a mis padres.
Abrí la trampilla escasos milímetros y el salón estaba vacío. Salí del pequeño agujero haciendo el menor ruido posible. Estaba todo muy oscuro, pero pude guiarme gracias a la poca luz del exterior, el cual parecía un infierno. Estaba todo en llamas y escasas farolas quedaban encendidas. Me dirigí decidida hacia el despacho de mi padre. Lo primero que vi fue una mano de mujer, y desee con todas mi fuerzas que no fuera ella, pero al reconocer el anillo de su dedo el mundo se me vino abajo. Corrí hacía ella por si seguía viva. No se podía hacer nada, estaba fría como el hielo y hacía mucho que sus pulmones dejaron de respirar. La cerré los ojos y me acerqué a su rostro para darla un beso por última vez.
– Te quiero, mamá – le susurré al oído, conteniendo el llanto.
– ¿Na…Nayah? – dijo alguien desde el otro lado del escritorio. Me asusté al escucharlo, pero no tenía sentido que fuera enemigo. ¿Cómo sabría mi nombre?
– Nayah, ven aquí. Tranquila, no hay nadie.
Me acerqué al cuerpo herido de mi padre y le cogí la mano.
– Papá – dije llorando - ¿Qué ha pasado? No entiendo nada…
– Teníamos un tratado de paz con Sudán a cambio de beneficios económicos – dijo con la voz entrecortada – y al perecer no les es suficiente. Se han hecho con el país.
Tenía heridas por todo el cuerpo y un disparo en el abdomen. No conseguía respirar bien y había sangre suya por todas partes.
– Dime qué puedo hacer – dije desesperada.
– Debes irte… con tu tío a Egipto. El cuidará de ti. Dijo que… que se encargaría de ti si esto pasaba. Pero no puede venir a por ti. Le matarían.
Apenas entendía ya sus palabras. Se le cerraban los ojos y su respiración se ralentizaba. Le acaricié la mano y la sujeté fuerte entre las mías mientras me dejaba.
– Sabes… que siempre te querremos. Ten cuidado – dijo soltando una lagrima.
– Lo sé, papi. Te quiero.

Sus últimas palabras eran apenas un susurro que me costó entender. Decía que hiciera lo posible porque no me reconocieran. 

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