lunes, 10 de noviembre de 2014

Nayah VI

Hacía mucho calor aquella tarde. Laura me prestó algo de ropa para que estuviera más fresca así que me deshice de la ropa de mi padre y me puse un vestido de tirantes blanco que se ajustaba un poco hasta la cintura y luego me caía hasta las rodillas. Laura es bajita y menuda como yo así que el vestido me queda como hecho a medida. Después me puse unas zapatillas blancas y salí de la cabaña para ir a la escuela con Aitor. Me estaba esperando en el porche, con la misma camisa azul turquesa de esta mañana y los pantalones blancos algo descoloridos. Me miró de abajo arriba hasta que se juntaron nuestras miradas.

- Estás preciosa, Kara – dijo por fin.
- Gracias – respondí mientras me aproximaba a él.
- Bueno, vamos a ver cómo están mis granujas – dijo cogiéndome de la mano, haciendo de ese gesto algo de lo más natural – hoy vamos a enseñarles a mantener cuidado y regar bien el huerto.

Nunca me habían cogido de la mano, la verdad es que era mi primer acercamiento físico con un chico. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al sentir como nuestras manos encajaban y el suave roce de su dedo pulgar acariciaba mi mano dulcemente. Era un gesto muy pequeño y simple, pero de algún modo me atravesó el corazón, activando sensaciones nunca conocidas antes. Noté que me miraba mientras caminábamos en silencio hacia la escuela, seguramente analizando mis expresiones y mi reacción al sentirle tan cerca.

Nos pasamos tres horas jugando con los niños en el huerto, era un invernadero lleno de hortalizas que pasamos cosechando más de una hora. Después aramos la tierra y volvimos a plantar semillas de tomates, lechugas, berenjenas, pimientos y remolacha. Los niños aprendían rapidísimo, casi sabían más que yo. Al terminar, salimos fuera y jugamos a la pelota y a saltar a la comba. A pesar de todo lo que me había pasado, esos minutos me hicieron sonreír de nuevo y evadirme de mi dura realidad. Siempre que miraba a Aitor lo pillaba mirándome y me guiñaba un ojo o me sonreía. Me daba vergüenza, pero no podía evitar sonreír con el.
Anochecía en el poblado y todos los niños se fueron a sus casas. Nos quedamos Aitor y yo recogiendo un rato más. Cuando terminamos nos sentamos en las escaleras de la entrada a beber y comer algo. El silencio invadió el lugar hasta volverse algo incómodo. Finalmente Aitor dijo:
- Kara, necesito decirte algo – dijo agarrándome la mano – la verdad es que no tengo ni la menor idea de por qué tienes esa mirada tan triste, y si no puedes contármelo te voy a respetar, pero siento que tengo que cuidarte, que existe una conexión especial desde que te encontré. Cada minuto que pasa siento que debo hacer que vuelvas a sonreír y que, aunque sea unos instantes, la tristeza que inunda tu alma desaparezca. Quiero ser la persona en la que puedas confiar plenamente.
Me agarró el rostro con las manos y me besó. Fue un beso apresurado y posesivo, lleno de pasión y deseo. Le abracé por la cintura y me dejé llevar por ese momento, feliz a pesar de todo. No sé cuánto tiempo pasó hasta que nos separamos y fuimos a cenar, tal vez horas, pero fueron segundos para mí. Con él me sentía protegida y segura.

Recuerdo que aquella noche, cuando estaba a punto de dormirme, le observé. Estaba tumbado en el sofá, pues yo dormía en su cama. Nos miramos fijamente durante un rato hasta que, movida por el deseo de tenerlo conmigo, le hice una seña para que viniera conmigo, proposición que no rechazó. Me besó dulcemente en la mejilla, el cuello, los labios… y su abrazo veló por mis sueños toda la noche.

Un fuerte murmullo procedente de la plaza nos despertó de golpe. Laura no estaba, solo nosotros dos. Me preguntaba si nos había visto dormir juntos y qué pensaría al respecto, pero el rostro preocupado de Aitor al oír la voz de su madre discutiendo hizo que no pensara más en ello. Algo iba mal. Aitor se levantó de golpe y salió fuera. Desde dentro y sin asomarme, escuché lo más importante. Me buscaban.

- Mi madre ya le ha dicho que no ha pasado por aquí – dijo Aitor cortante – Así que váyanse.
- No hasta que registremos todo el poblado – exclamó una voz ronca y fuerte – si ella no está aquí, ni estáis ocultando nada, no tenéis que temernos.
- No tenéis derecho a invadir nuestra intimidad – dijo Laura.
- ¿A ti no te han enseñado a mantener la boca cerrada cuando los hombres hablan verdad, mujer? – respondió con tono despectivo hacia Laura.
- Como vuelvas a hablar así a mi madre…
- ¿Qué me harás? – dijo el hombre. Y escuché un tiro, seguido de numerosos gritos – supongo que así dejo claro quién manda aquí. Bien, empezaremos por allí y cuando volvamos espero no escuchar más quejas.
Se me saltaron las lágrimas al ver a Laura y Aitor entrar por la puerta. Estaban bien.
- ¿Qué ha pasado? – Dije asustada - ¿han disparado a alguien?
- No, tranquila. Están buscando a la hija del presidente fallecido – respondió Laura – solo dispararon al aire, para asustarnos. Dejaremos que vengan y busquen. Se irán pronto.
- ¿Cuántos son? – pregunté, asustada.
- Cinco.
Me puse blanca y con ganas de vomitar. No podía arriesgarme a que me encontraran, seguramente tratarían de protegerme y morirían por ello. Miré a Aitor con cara de auxilio y no hizo falta que le diera muchas explicaciones. Le abracé y, para que no me oyera Laura susurré:
- Aitor, sácame de aquí.




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