Hacía mucho calor aquella
tarde. Laura me prestó algo de ropa para que estuviera más fresca así que me
deshice de la ropa de mi padre y me puse un vestido de tirantes blanco que se
ajustaba un poco hasta la cintura y luego me caía hasta las rodillas. Laura es
bajita y menuda como yo así que el vestido me queda como hecho a medida.
Después me puse unas zapatillas blancas y salí de la cabaña para ir a la
escuela con Aitor. Me estaba esperando en el porche, con la misma camisa azul
turquesa de esta mañana y los pantalones blancos algo descoloridos. Me miró de
abajo arriba hasta que se juntaron nuestras miradas.
- Estás preciosa, Kara – dijo
por fin.
- Gracias – respondí mientras
me aproximaba a él.
- Bueno, vamos a ver cómo están
mis granujas – dijo cogiéndome de la mano, haciendo de ese gesto algo de lo
más natural – hoy vamos a enseñarles a mantener cuidado y regar bien el
huerto.
Nunca me habían cogido de la
mano, la verdad es que era mi primer acercamiento físico con un chico. Un
escalofrío recorrió todo mi cuerpo al sentir como nuestras manos encajaban y el
suave roce de su dedo pulgar acariciaba mi mano dulcemente. Era un gesto muy
pequeño y simple, pero de algún modo me atravesó el corazón, activando sensaciones
nunca conocidas antes. Noté que me miraba mientras caminábamos en silencio
hacia la escuela, seguramente analizando mis expresiones y mi reacción al
sentirle tan cerca.
Nos pasamos tres horas jugando
con los niños en el huerto, era un invernadero lleno de hortalizas que pasamos
cosechando más de una hora. Después aramos la tierra y volvimos a plantar
semillas de tomates, lechugas, berenjenas, pimientos y remolacha. Los niños
aprendían rapidísimo, casi sabían más que yo. Al terminar, salimos fuera y
jugamos a la pelota y a saltar a la comba. A pesar de todo lo que me había
pasado, esos minutos me hicieron sonreír de nuevo y evadirme de mi dura realidad.
Siempre que miraba a Aitor lo pillaba mirándome y me guiñaba un ojo o me sonreía.
Me daba vergüenza, pero no podía evitar sonreír con el.
Anochecía en el poblado y
todos los niños se fueron a sus casas. Nos quedamos Aitor y yo recogiendo un
rato más. Cuando terminamos nos sentamos en las escaleras de la entrada a beber
y comer algo. El silencio invadió el lugar hasta volverse algo incómodo.
Finalmente Aitor dijo:
- Kara, necesito decirte
algo – dijo agarrándome la mano – la verdad es que no tengo ni la menor idea de
por qué tienes esa mirada tan triste, y si no puedes contármelo te voy a
respetar, pero siento que tengo que cuidarte, que existe una conexión especial
desde que te encontré. Cada minuto que pasa siento que debo hacer que vuelvas a
sonreír y que, aunque sea unos instantes, la tristeza que inunda tu alma
desaparezca. Quiero ser la persona en la que puedas confiar plenamente.
Me agarró el rostro con las
manos y me besó. Fue un beso apresurado y posesivo, lleno de pasión y deseo. Le
abracé por la cintura y me dejé llevar por ese momento, feliz a pesar de todo.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que nos separamos y fuimos a cenar, tal vez
horas, pero fueron segundos para mí. Con él me sentía protegida y segura.
Recuerdo que aquella noche,
cuando estaba a punto de dormirme, le observé. Estaba tumbado en el sofá, pues
yo dormía en su cama. Nos miramos fijamente durante un rato hasta que, movida
por el deseo de tenerlo conmigo, le hice una seña para que viniera conmigo, proposición que
no rechazó. Me besó dulcemente en la mejilla, el cuello, los labios… y su
abrazo veló por mis sueños toda la noche.
Un fuerte murmullo
procedente de la plaza nos despertó de golpe. Laura no estaba, solo nosotros
dos. Me preguntaba si nos había visto dormir juntos y qué pensaría al respecto,
pero el rostro preocupado de Aitor al oír la voz de su madre discutiendo hizo
que no pensara más en ello. Algo iba mal. Aitor se levantó de golpe y salió
fuera. Desde dentro y sin asomarme, escuché lo más importante. Me buscaban.
- Mi madre ya le ha dicho
que no ha pasado por aquí – dijo Aitor cortante – Así que váyanse.
- No hasta que registremos
todo el poblado – exclamó una voz ronca y fuerte – si ella no está aquí, ni estáis
ocultando nada, no tenéis que temernos.
- No tenéis derecho a
invadir nuestra intimidad – dijo Laura.
- ¿A ti no te han enseñado a
mantener la boca cerrada cuando los hombres hablan verdad, mujer? – respondió con
tono despectivo hacia Laura.
- Como vuelvas a hablar así
a mi madre…
- ¿Qué me harás? – dijo el
hombre. Y escuché un tiro, seguido de numerosos gritos – supongo que así dejo claro quién manda aquí. Bien,
empezaremos por allí y cuando volvamos espero no escuchar más quejas.
Se me saltaron las lágrimas
al ver a Laura y Aitor entrar por la puerta. Estaban bien.
- ¿Qué ha pasado? – Dije asustada
- ¿han disparado a alguien?
- No, tranquila. Están buscando a la hija del presidente fallecido – respondió Laura
– solo dispararon al aire, para asustarnos. Dejaremos que vengan y busquen. Se irán pronto.
- ¿Cuántos son? – pregunté,
asustada.
- Cinco.
Me puse blanca y con ganas
de vomitar. No podía arriesgarme a que me encontraran, seguramente tratarían de protegerme y morirían por ello. Miré a Aitor con cara de
auxilio y no hizo falta que le diera muchas explicaciones. Le abracé y, para
que no me oyera Laura susurré:
- Aitor, sácame de aquí.
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