miércoles, 8 de octubre de 2014

Nayah IV

Cuando el sol decidió asomarse por mi ventana mis ojos comenzaron a abrirse lentamente. Las suaves sábanas blancas que me cubrían desprendían un agradable olor a primavera y el confortable colchón me abrazaba para que siguiera allí infinitamente. Me sentía tranquila y a salvo a pesar de no tener ni idea de dónde me encontraba. Tras unos segundos de placer que me permití a mí misma decidí levantarme y mirar alrededor. La cama estaba en una habitación sencilla de paredes blancas y desgastadas. Pegado a ellas se encontraba un pequeño escritorio de madera vieja con papeles desordenados por encima. Desde la cama podía ver las otras tres estancias de la cabaña: una pequeñísima cocina de lumbre, un baño minúsculo y otra habitación exactamente igual a aquella en la que había dormido.
Salí de la cabaña y me encontré en el centro del poblado, coronado con un pozo de agua en el centro. Una larga cola de personas se arremolinaba alrededor esperando su turno para coger agua.

– Por fin has despertado – me gritó una voz masculina detrás de mí.
– Aitor… no asustes a la chica por detrás – dijo la mujer que se encontraba al lado del chico.
– Lo siento…  –  dijo acercándose a mí. Tenía una sonrisa que brillaba por sí sola a pesar de su piel clara – Me llamo Aitor y esta es mi madre Laura ¿Cómo te llamas?
Era un chico joven, un par de años mayor que yo supongo. Se hizo un largo silencio mientras esperaban la respuesta.
– Kara – mentí – Me llamo Kara.
No sabía en quién podía confiar así que esa me pareció la mejor opción, bautizarme con el primer nombre que se me ocurrió, el de mi antigua mascota.
– Estamos encantados de conocerte Kara, somos voluntarios españoles que venimos a intentar mejorar vuestro modo de vida. ¿Quieres tomar algo? – Me preguntó con hospitalidad – Quedan dos horas para la comida así que ¿por qué no dejas que Aitor te enseñe el pueblo? Aitor, tráela algo de fruta y volved en un par de horas para comer algo.
– Muchas gracias, Laura – dije mientras cogía una naranja.
Aitor y yo caminamos por el poblado que yo ya conocía mientras me explicaba lo que había en cada cabaña. Todo el poblado formaba un gran circulo alrededor de pozo. Calculo que apenas serán ciento cincuenta personas incluyendo a los voluntarios.
– Cuando construyeron el pozo y lograron que llegara el agua hasta aquí, los poblados cercanos empezaron a venir aquí en lugar de caminar tantos kilómetros – exclamó -  en cierta forma estamos ayudando a mucha más gente de la que parece.
Todo lo que me estaba contando me resultaba de lo más interesante, lejos de las narraciones examinadas minuciosamente por el protocolo cuando los visitamos por última vez. Esta versión era más real y sincera. Cuando nos quedamos sin tema del que hablar traté de impedir que me preguntara sobre mí, así que lo hice yo:
– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? – pregunté, su rostro no me era familiar ni me sonaba de la última vez. Es un chico muy guapo, si le hubiera visto, lo recordaría.
– Apenas un mes. Mi madre es médico y ganaba mucho dinero en España así que nunca me faltó de nada – dijo entre risas – más bien estaba muy consentido y no sabía valorar las cosas. Unos días después de graduarme del bachillerato y decirla que pasaba de estudiar más y que quería vivir la vida se enfadó muchísimo por que no supiera valorar que todo lo que ella ha trabajado lo ha hecho para que yo tuviera la mejor educación y yo la desaproveche. Así que una semana después me soltó la bomba de que estábamos en una ONG y nos íbamos de voluntarios quince días.
– ¿Y cómo reaccionaste? – pregunté.
­– La verdad…fatal. Tenía planeado un viaje con mis amigos y se negó a que fuera. Cuatro días después estábamos cogiendo el avión sin decirnos ni una sola palabra.
Los primeros tres días fueron un castigo. No tener agua caliente, apenas electricidad y no poder hablar con mis amigos…lo pasé algo mal.
Pero finalmente mi madre consiguió su propósito y me abrió los ojos. Los primeros días yo la veía cuidar a los lugareños y curar heridas del duro trabajo diario y finalmente opté por poner mi granito de arena. Escuché que estaban terminando de construir un pequeño colegio con un huerto detrás de las cabañas y quise ayudar. Pasé una semana pintando las paredes con los niños, construyendo mesas de madera y taburetes, ordenando el poco material escolar que nos llega. Me lo pasé realmente bien y me di cuenta de que era feliz en esta humilde vida sin las ataduras del mundo moderno. Los niños estaban ilusionadísimos por estudiar y aprender, por labrarse un futuro, el futuro que yo estaba rechazando.
<< unos días antes de irnos Hablé con la ONG sin decírselo a mi madre. Les pedí que me dejaran quedarme y ser el profesor de los niños. Aceptaron con la condición de que se lo contara yo a mi madre antes de confirmarlo del todo. Cuando se lo dije se quedó helada. No sabía cómo reaccionar ante eso. Le dije que no sería para siempre y que cuando volviera comenzaría a estudiar para ser profesor. Se puso tan contenta y la vi tan orgullosa de mí... Me dijo que se quedaría conmigo y aquí estamos los dos, dispuestos a cambiar un poquito el mundo.
Cuanto más lo escuchaba más me hechizaban sus palabras. Sentía total admiración por ese chico, que abandonó su mundo y todo lo que tenía para ayudar al mío.
Seguimos dando un paseo, volviendo hacia el poblado tras visitar la escuela. Era muy bonita, con colores y manos de los niños en la pared. Cuando llegamos al pozo a beber algo de agua me dijo:

– ¿Te gustaría venir a la escuela esta tarde a verme y jugamos un rato con los pequeños? – me dijo con emoción
– No se – dije, volviendo a mi realidad, a pesar de que dentro de mi el deseo de quedarme latía con fuerza – debería seguir mi camino.
– Una lástima – exclamó. Sus palabras se tornaron tristes y ácidas – Me costará olvidar esos ojos brillantes que tienes, son mágicos.
Y salió corriendo hacia una de las cabañas, dejando sus últimas palabras flotando en el aire.
– ¡Kara! – Exclamó Laura desde la ventana - ¡ven a comer con nosotros, venga!
A eso no podía negarme.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Nayah III

Salí de las alcantarillas tras recorrerlas y atravesar la ciudad, imaginándome las calles y los caminos que me guiarían a la salida. El olor era repugnante, una mezcla de agua estancada, comida podrida y cuadra sin limpiar. Tuve que taparme con la chaqueta y oler el aroma del perfume de mi padre para poder seguir, pero logré salir.
Llegué a las colinas de arena de las afueras de la ciudad, justamente entre dos de ellas, preparada para seguir mi camino tras escabullirme de la callejuela de la periferia por la que logré salir. A los treinta minutos de empezar a caminar por la arena, me sentí terriblemente cansada. Era de noche  y tenía miedo, así que seguí un poco más hasta encontrar un refugio, si se le puede llamar así, entre varías rocas grandes y un desnivel de arena. Me tumbé con la cabeza apoyada en la mochila y me quedé profundamente dormida mientras lloraba la pérdida de mi familia.

Dormí escasas horas seguidas. Me despertaba de vez en cuando, sintiendo mi cuerpo alerta pero a la vez obligándome a seguir descansando un poco más pues me aguardaba un duro y caluroso día caminando por el desierto.
Cuando los primeros rayos de sol se colaron entre las rocas, pensé que era el momento de continuar. Me incorporé y mi estómago me declaró la guerra, negándose a continuar la travesía sin una pizca de alimento que digerir. Saqué la manzana y tres de mis valiosas galletas, disfrutando de cada bocado al máximo antes de ponerme a caminar.
Mi principal objetivo era salir del país antes de que toda la población sepa que me buscan y ofrezcan recompensas, algo muy común cuando buscan a alguien desesperadamente. Para entonces todo el mundo tendrá un precio.

Cada verano, durante un mes y medio, me recorro el país para confraternizar con mi gente y conocer las tierras de mi padre, por lo que sabía que el poblado más cercano se encontraba a unos quince kilómetros. Tendría que caminar casi todo el día para llegar hasta allí. Por suerte, ese poblado posee algo muy especial desde hace un par de años. Se trata de un asentamiento de Médicos sin Fronteras que fue para un par de meses y decidieron quedarse unos años junto a Intermón Oxfam, para ayudar al pueblo y los alrededores.
Tras mi última visita llegaron más voluntarios para ayudar a construir un colegio y una pequeña depuradora de agua, ya que por fin lograron terminar el canal que abastecía al pueblo. Así consiguieron que mi gente no tuviera que caminar horas a por agua y pudieran los adultos cultivar y los niños estudiar.

El sol ardía al llegar el mediodía. Intentaba no desaprovechar el agua que tenía dando pequeños sorbos cada rato. Me sentía mareada y desorientada. A mi alrededor sólo había arena y las huellas de mis pies marcadas en ella por el camino. Llevaba horas caminando sin parar y me merecía un descanso, pero tenía miedo de no llegar esa noche al poblado así que no paré, continué casi como una autómata, viendo el sol alejarse de mí, cayendo y llenando de oscuridad el desierto. No podía más, tenía heridas en los pies, la cara y las manos resecas y dolor de cabeza. Solo pude dar un paso más antes de caer de rodillas al suelo, nublandose mi vista tras ver los focos de lo que me pareció un coche y la puerta de uno de los dos lados abrirse.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Las chicas que leen...

Hoy he leido este artículo y me ha encantado. Considero que merece estar aquí, ya que muchas palabras que se pueden leer en el me describen, y más aún, debe ser leido comprensivamente para captar el alma de todas aquellas que deseamos construir una vida de cuento.
"Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.
Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería.
Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas.
Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos. Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami.
Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella. Es fácil salir con una chica que lee.
Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor.
Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace. Por lo menos tiene que intentarlo.
Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.
Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe.
También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo. Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.
Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype. Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.
Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.
O mejor aún... a una que escriba.”
Por Rosemary Uquico.

jueves, 28 de agosto de 2014

El encanto de la lluvia

Muchos somos los que pensamos que las tormentas de verano, o la lluvia y el mal tiempo en general, no son más que una forma natural de fastidiarnos un plan al aire libre como ir a la playa o a dar un paseo en el día que más nos apetece. En cambio, hoy he descubierto que existe cierta belleza en estos inesperados días en los que levantamos la persiana esperando que entren los rayos del sol y descubrimos que nuestro idílico día se ha ido a la mierda, hablando mal y pronto, por culpa de que el día se ha despertado húmedo y gris
Pero, en cambio, cuando he salido de estudiar y he sentido la limpieza del ambiente, tras estar todo el día lloviendo, y el frescor de las pequeñas gotas de agua, ha sido de lo más gratificante y no he podido evitar pararme a pensar en que, en cierto modo, agradezco que llueva.
No te sientes obligado a salir de casa y te puedes tirar en el sofá a ver la tele o leer un libro con una mantita, acurrucarte a tu pareja todo el día sin sentirte mal por no aprovechar un día de sol en Cantabria, que este verano os aseguro que vale su peso en oro.
Ver llover desde la ventana del salón mientras me bebo un té caliente y con un buen libro que leer, en pijama, en el calor del hogar, para mí es un momento de descanso perfecto.
En ese sentido veo belleza en las tormentas, porque no todo es diversión, salir, moverse... a veces se necesita relax, y la lluvia te lo concede si o si.


jueves, 21 de agosto de 2014

Nayah II

Mi padre dejaba este mundo y yo sentía un frío inexplicable...el frío que produce la soledad, que te inunda y congela tu corazón. No sabía cómo llegar hasta la casa de mi tío en El Cairo, no podía ir en autobús, ni en avión porque no podía identificarme o me matarían. Debo ir sola, sin ayuda. Tal vez andando o colándome en algún autobús.
Lo primero que hice fue apresurarme al piso de arriba, ignorando el estado de mi hogar, destrozado y desolado. Entré en el baño de la habitación de mis padres. Todo estaba revuelto, con nuestras cosas por el suelo y los cajones abiertos, lo que me facilitó el encontrar lo que estaba buscando.

Me lavé rápidamente la cara para quitarme el maquillaje y cerré la puerta del baño. Encendí a tientas un par de velas, que coloqué junto al espejo para poder verme. Seguidamente agarré las tijeras y respiré hondo. Cortar el primer mechó fue tal vez lo más duro, era una metáfora de que dejaba atrás la vida que llevaba antes. Soy blanca, como mi madre, en cambio tengo los mismos rasgos que mi padre y mi abuela, unos ojos color azabache, el pelo oscuro y muy rizado, casi por la cintura. Siempre lo llevaba suelto, me hacía sentir muy hermosa. Seguí cortando, mechón tras mechón, hasta que solo quedaban unos alborotados y minúsculos ricitos sobre mi cabeza. Supuse que así no me reconocerían, al menos los que no me conocen en persona. Me quedé mirándome unos segundos, no era capaz de reconocerme a mí misma sin maquillaje y con el pelo tan corto, era como observar a otra persona y, en aquella circunstancia, era muy buena señal.

Agarré las cerillas con las que encendí las velas, un bote de agua oxigenada y gasas. Mi siguiente paso estaba en el armario de mi padre. Cogí unos de sus pantalones cortos – que a mí me llegaban por debajo de las rodillas – y una de sus camisetas de deporte junto con una chaqueta y me vestí, despidiéndome también de mi ropa habitual. me dirigí hacia mi habitación, dónde busqué mi mochila negra y guardé lo que cogí en el baño junto a una linterna y mi cartea, sacando primero cualquier cosa que pudiera identificarme. Solo me interesaba el dinero.

Por último y antes de marchar, bajé sigilosa y con las piernas temblorosas a la cocina, y rebusqué en los cajones la navaja de caza de mi padre. Como provisiones me llevé lo poco que me cabía en la mochila: un par de manzanas, un paquete de galletas y una botella de agua. Salí de lo que había sido mi hogar aterrada y conteniendo un sollozo.
Mi mayor prioridad era salir de la ciudad, dónde podría ser fácilmente reconocida por mis amigos. Por un segundo pensé en pedirles ayuda, pero no sabía si poder confiar en ellos por lo que descarté esa posibilidad enseguida. Me escondí en la arboleda de mi casa, a la entrada de esta, a pensar por dónde podría salir de allí. Era bastante obvio que por el centro era imposible, demasiada gente conoce mis gestos, mi voz e incluso mi mirada como para no darse cuenta de que soy yo, aunque les cueste al principio. Tampoco podía ir callejeando porque, si me están buscando y me ven sola, me registraran o me cogerán hasta que me identifique alguien conocido. No sabía cómo escapar de allí sin correr demasiado peligro...

Me fijé en el círculo negro de la entrada de casa, el que tiene dibujado el escudo de la familia de mi padre en la carretera.  Nunca entendí muy bien por qué lo colocaron allí por mucho que me explicaran que era para detectar la casa desde el aire por los aliados y evitar que atacaran. Siempre lo vi como una falta de respeto, pues todos los coches que pasaban pisoteaban con sus ruedas el símbolo de mi familia cual rendija sucia de una alcantarilla...
Ese ligero pensamiento de mi cabeza me dio la gran idea. Podía salir por la red gigantesca de alcantarillado que atraviesa la ciudad de punta a punta. Tan solo tenía que llegar hasta la rendija más cercana y estaré a salvo.
Salí del jardín de mi casa, llegando a la travesía principal de Adís Abeba y corrí a una callejuela secundaria, escondiéndome tras unos cubos de basura, cuando escuche las voces de dos hombres que hablaban en inglés.
– Hay que encontrar a esa niñata – dijo uno de ellos.
­– sigo sin comprender por qué es ella tan importante. Había que matar a su padre – prosiguió entre quejas – pero nadie dijo nada sobre matar a una cría.
– Eres un necio – exclamó – es necesario matar a todos los descendientes del presidente. Este país se rige bajo una presidencia de derecho de nacimiento. Si la hija del presidente vive, es ella la sucesora del cargo y por tanto el país no es de Sudán ni de nuestro querido presidente, por mucho que lo pretendamos. Así que, si sigue viva, tarde o temprano intentará recuperar lo que es suyo, y más con la ayuda de Egipto. El tío de la niña haría cualquier cosa por ella…
– Pues entonces habrá que encontrarla y acabar con ella.
Comprendí por qué mis padres me ocultaron y por qué debo protegerme a mi misma. Hasta que yo no muera, este país me pertenece y mi misión es cuidarlo y que prospere.
La entrada a las alcantarillas estaba en el centro de la carretera, junto a los dos hombres. Esperé lo más escondida que pude, vigilando mis espaldas, hasta que se cansaron y se fueron, y por fin me acerqué a la rejilla. Usé toda la energía que me quedaba en el cuerpo para abrirla y logré esconderme rápidamente en el laberinto de suciedad que me permitiría escapar sana y salva.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Nayah I

Cuando desperté aquella mañana no sabía lo mucho que cambiaría mi vida, pero algo en mi interior me hacía estar nerviosa. Sentía que todo era diferente, hasta el aire me olía diferente en la sencilla ciudad en la que me he criado. Aun así, ignoré mi extraña intuición y decidí continuar con el día como si fuera otro cualquiera.
Vivía en Adís Abeba, la capital de Etiopía. Mi padre era el presidente del país y mi vida era como la de cualquier joven europeo, aun a sabiendas de que mi país presidía la lista de los países más pobres del mundo entero. Simplemente miraba para otro lado e intentaba olvidarlo.
– Es mejor que te mantengas al margen de todo esto, pues tú no tienes la culpa de nacer siendo mi hija, simplemente disfruta de lo que tienes la suerte de tener y aprovéchalo por todos los que no lo tienen – Me decía mi padre cuando le preguntaba sobre las desigualdades del mundo mientras observábamos, desde nuestra gran casa, las revueltas de aquellos que deseaban la igualdad por la que yo poseía cierto interés.
– Solo tienes quince años y aún hay cosas que no comprendes de la vida. Los humanos nunca tendremos igualdad. Estamos cegados por el egoísmo y la ambición.
Estudiaba en casa con los mejores profesores, que venían de los mejores colegios británicos y franceses para darme la mejor educación. Estudiaba inglés, francés, economía, historia universal, matemáticas y biología. Me encantaba la idea ser médico de mayor y mi padre me mandaría a la mejor universidad para que lo consiguiera. Mi madre me enseñaba buenos modales, cocina y costura por las tardes, aunque no me interesaba demasiado.
Aquella tarde el olor ahumado de los contenedores que quemaban en la ciudad y los gritos de los revolucionarios era inmenso, me daba algo de miedo, pero mi madre me decía que no pasaba nada, que había mucha seguridad en la casa. Desgraciadamente no la suficiente.
En escasos minutos una bomba estalló en la calle, reventando los cristales de mi casa y haciéndome caer al suelo. Mi madre me escondió bajo una trampilla camuflada por la alfombra central del salón y me dijo que no saliera de allí. Después de eso escuché muchas pisadas seguidas de varios disparos muy cerca de mí. Me taladraban los fuertes e incesantes pum pum, pum pum de mi aterrorizado corazón. Me esforcé por no sollozar, pero no pude evitar que se me desbordaran las lágrimas de los ojos.
Pasé las horas en silencio, esperando a mis padres y tapándome los oídos hasta que dejé de escuchar disparos y gente gritando. Las pisadas hacía mucho que habían cesado, pero temía salir de allí. Miré mi reloj y eran las tres de la madrugada. Necesitaba salir de allí y buscar a mis padres.
Abrí la trampilla escasos milímetros y el salón estaba vacío. Salí del pequeño agujero haciendo el menor ruido posible. Estaba todo muy oscuro, pero pude guiarme gracias a la poca luz del exterior, el cual parecía un infierno. Estaba todo en llamas y escasas farolas quedaban encendidas. Me dirigí decidida hacia el despacho de mi padre. Lo primero que vi fue una mano de mujer, y desee con todas mi fuerzas que no fuera ella, pero al reconocer el anillo de su dedo el mundo se me vino abajo. Corrí hacía ella por si seguía viva. No se podía hacer nada, estaba fría como el hielo y hacía mucho que sus pulmones dejaron de respirar. La cerré los ojos y me acerqué a su rostro para darla un beso por última vez.
– Te quiero, mamá – le susurré al oído, conteniendo el llanto.
– ¿Na…Nayah? – dijo alguien desde el otro lado del escritorio. Me asusté al escucharlo, pero no tenía sentido que fuera enemigo. ¿Cómo sabría mi nombre?
– Nayah, ven aquí. Tranquila, no hay nadie.
Me acerqué al cuerpo herido de mi padre y le cogí la mano.
– Papá – dije llorando - ¿Qué ha pasado? No entiendo nada…
– Teníamos un tratado de paz con Sudán a cambio de beneficios económicos – dijo con la voz entrecortada – y al perecer no les es suficiente. Se han hecho con el país.
Tenía heridas por todo el cuerpo y un disparo en el abdomen. No conseguía respirar bien y había sangre suya por todas partes.
– Dime qué puedo hacer – dije desesperada.
– Debes irte… con tu tío a Egipto. El cuidará de ti. Dijo que… que se encargaría de ti si esto pasaba. Pero no puede venir a por ti. Le matarían.
Apenas entendía ya sus palabras. Se le cerraban los ojos y su respiración se ralentizaba. Le acaricié la mano y la sujeté fuerte entre las mías mientras me dejaba.
– Sabes… que siempre te querremos. Ten cuidado – dijo soltando una lagrima.
– Lo sé, papi. Te quiero.

Sus últimas palabras eran apenas un susurro que me costó entender. Decía que hiciera lo posible porque no me reconocieran. 

domingo, 3 de agosto de 2014

Fugaces pensamientos a media noche 6

Hoy he aprendido a ser un poquito más positiva, pues algunas veces me resulta difícil serlo ya que me tomo las cosas muy en serio. Pero, en el fondo, me doy cuenta de que sonreír y poner buena cara es más placentero a la larga aunque cueste un poquito más.
Creo que necesito rodearme de gente que no me produzca pensamientos negativos, que no me agobie, que simplemente viva su vida compartiendo momentos de alegría conmigo, sabiendo que también estaré en los malos.

 No se, he perdido a un puñado de personas que me importaban mucho durante las ultimas semanas y aun así me siento bien, me siento liberada porque se que la gente que me rodea ahora, aunque sean menos, me valoran por lo que soy en este momento, y no me juzgan por aquello que hice en el pasado.

Me siento con más fuerza que nunca, más enamorada, más dispuesta a reírme y disfrutar de las pequeñas cosas que me da la vida cada día, de su sonrisa, de sus caricias, de sus besos. Y siento que esto es así por mantenerme alejada de esas manzanas perfectas por fuera pero podridas y envenenadas por dentro. Y pensar que yo las llamaba amigas...

XOXO,

Thirstyimmortal.