Me encontraba en el suelo, sucia, con dolor en todo el
cuerpo, casi deshidratada y desfallecida cuando observé aquella luz…
Era cálida e intensa, me llamaba y yo quería ir hacia ella,
pero desde lo más oscuro algo o alguien me llamaba, y desperté.
Según abría los ojos, mis sentidos se agudizaban, notaba una
mano sobre la mía, que me movían y que
me hablaban, ¿Qué decían? No lo recuerdo bien pero sabía que estaba bien y que
estaba a salvo, me estaban rescatando. Me desmayé.
Cuando desperté estaba en el hospital, mis padres y hermanos
estaban a mi lado, mi madre me cogió la mano y me dijo que ya había pasado todo
pero que tenia que tomármelo con calma ya que tuve un problema muy grande y he
perdido una pierna a la altura de la rodilla.
Tengo que hacer un esfuerzo, tengo que recordar lo que paso
en la mina…
Estábamos dentro, trabajando como cualquier día normal,
cuando empezaron a oírse unos extraños ruidos, las paredes temblaban y las piedras
se desprendían de ellas, no nos quedó otra opción que descender a algún lugar
donde los temblores y los desprendimientos no hubieran llegado, así que descendimos
unos setecientos metros. Apenas teníamos recursos, solo pequeñas botellas de
agua y unos bocadillos para el supuesto almuerzo.
Los temblores cesaron al cabo de unas horas, pero estábamos
atrapados y no podíamos salir hasta que no hicieran alguna vía de escape desde
el exterior…
Encontramos agua. Al parecer se filtraba por las rocas y
creaba un pequeño charco de vez en cuando.
Día tras día, la desesperación por salir de allí fue en
aumento, empezó a haber desfallecimientos y nos sentíamos agotados. No sabíamos
con exactitud cuantos días llevábamos allí, puesto que no teníamos relojes con
los que al menos ver la hora, pero si sabíamos que demasiados, y desconocíamos
cuantos días más podríamos aguantar ese infierno. Yo solo deseaba volver a ver
a mi familia, darles un abrazo y abandonar para siempre el trabajo en las
minas, buscar uno más seguro, aunque tardase más tiempo en encontrarlo.
Estábamos todos sentados contra las paredes, sin poder mover
un dedo por la debilidad y de vez en cuando alguno de nosotros se sumergía en
la inconsciencia y fantaseaba con sus mayores deseos. A mí me pasó unas cuantas
veces, y siempre soñaba lo mismo. Soñaba que mi madre se acercaba a mí con una
botella de agua y una toalla seca. Sentía la suavidad de la toalla y la
frescura del agua, mientras que el abrazo de mi madre me proporcionaba calor,
un calor abrasador pero reconfortante a la vez. Detrás de mi madre se
encontraban mi padre, con lágrimas en los ojos y una sonrisa, la misma que puso
cuando mi hermano pequeño salió airoso de una enfermedad por la que casi lo
perdemos. Por último unos pequeñines de cinco y cuatro añitos siguen a mi
padre, agarrándole cada uno de una de las perneras del pantalón, mis
hermanitos. Cada uno lleva en su otra mano mis peluches favoritos de la
infancia, que se los regalé cuando nacieron. Cuando todos llegan hasta mí,
siento que es real y que estoy en casa. Por desgracia eso no es así, y me
despierto de nuevo en esa horrible mina. No puedo evitar llorar
desconsoladamente, pero no quiero parecer débil, así que cierro los ojos y me
trago las lágrimas.
Me sentía muy sedienta, y según me dirigía al pequeño charco
para dar un sorbo de agua, los temblores comenzaron de nuevo, pero estos eran
diferentes, como si estuvieran intentando alcanzarnos, liberándonos del frío,
de la humedad, del hambre y la soledad.
Debí haberme alejado de las paredes, ya que alguna podría
desprenderse, pero necesitaba beber, así que pensé: “sólo un sorbito y me alejo lo mas rápido que pueda” y eso hice. Me acerqué suavemente al charquito
de agua y tomé un par de sorbos.
Poco a poco me acercaba a mis compañeros, que aun no me
veían llegar, pero uno de los temblores me hizo tropezar. En ese instante me
situaba en el lugar equivocado en el momento equivocado ya que una piedra
gigantesca se precipitó sobre mi pierna.
Recuerdo el dolor agudo, punzante y paralizante. Grité hasta
que un compañero me oyó y acudió en mi ayuda, recuerdo que me decía que estaban
a punto de llegar, que ya nos estaban sacando de aquellas cuatro paredes
rocosas que tanto odiaré para el resto de mi vida, aquellas cuatro paredes
rocosas que me dejarían en silla de ruedas…
Quería decirle que no me dejara sola, que tenía miedo y que
me dolía mucho la pierna, pero lo que salió de mí fue un pequeño gesto, que mi
compañero aceptó sin pensarlo. Le cogí de la mano con las pocas fuerzas que me
quedaban y lo único que pude decir fue: “no
me sueltes”.
La sangre de mi pierna creaba un charquito a mi alrededor, sentía
que me estaban vaciando por dentro, me dolía a horrores, y aunque soy fuerte,
se me escapó un grito de dolor y me sumergí en el mundo de la inconsciencia…Con
la calidez de la mano de mi compañero junto a la mía. Por fin no estaba sola.
Me encontraba en el suelo, sucia, con dolor en todo el
cuerpo, casi deshidratada y desfallecida cuando observe aquella luz…
No hay comentarios:
Publicar un comentario