martes, 23 de julio de 2013

El poder de una mirada.

Su mirada. Lo único que necesité para darme cuenta del error que había cometido. La estaba diciendo que lo nuestro no funcionaría y ella miraba al frente, aquella fría tarde de invierno. Ella sabía que la helada brisa le secaría las lágrimas. Siempre me decía que llorar significa debilidad y ella es fuerte, siempre lo demostró…
No insistió, ni siquiera preguntó el por qué. Se limitó a asentir… ¿Qué más podía hacer? Ella nunca me obligaría a hacer algo que no quisiera, pero por un segundo pensé que, si no decía nada, era porque no le importaba lo suficiente, pero tenía razón cuando me explicaba que para ella mirar a los ojos era revelar los sentimientos más profundos.
Una mirada oscura, su mirada. La que me mostró su desilusión y que su corazón estaba roto. No podía volver a verla así, pero el daño estaba hecho.

Pasaron los meses, las hojas de los árboles se teñían de tonos anaranjados y no la volví a ver, aquella mirada me perseguía en sueños y no se alejaba de mi mente durante la vigilia. Un día, decidí echar a correr, preguntando a sus amigos, recorriendo los lugares que frecuentaba, siguiendo sus pasos desde las sombras hasta encontrarla pero no obtenía respuestas, sus amigos no querían hablarme de ella y parecía que nunca hubiera existido, que sus pies nunca tocaron el suelo que yo pisaba, que no respiró el aire que yo ahora respiro…Pero la sentía, sentía su presencia allí a dónde yo iba, como un ángel de la guarda que te protege y lo sientes cuando su energía pura y transparente roza tu piel.

Decidí perseguir esa pequeña sensación que emanaba de mi pecho e inconscientemente acabé frete a una lápida de mármol en la que ponía su nombre, dos fechas y una frase de sus familiares que reflejaba lo mucho que la querían.
Me invade un fuerte dolor en el pecho, no puedo evitar romper a llorar, cayendo de rodillas al suelo. Desearía no haber buscado nada, resignarme a vivir mi vida sin ella porque, a veces, es mejor vivir en la ignorancia que saber demasiado, pensando que tal vez podría recuperarla algún día, pero no intentarlo.


No sé cuanto tiempo llevo tirado en el suelo, pero es ya de noche. Salgo del cementerio y no puedo sacarme un pensamiento de la cabeza: “Nunca la recuperaré”

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