viernes, 26 de julio de 2013

Misterios que cuestan la vida.

El ladrón se acerca sigilosamente a su presa. Las circunstancias por las cuales se ha tenido que convertir en un personaje tan vil son simples: Intentó demostrar de todas las formas legales posibles que él, como último heredero de El Bosco, es el único propietario del cuadro “El jardín de las delicias” y otros muchos. Anhelaba descubrir el secreto que escondía dicho cuadro en sus entrañas, aquella pista imprescindible para encontrar el tesoro que han buscado durante generaciones los familiares del pintor, y para ello necesitaba llevárselo del museo y examinarlo con total exactitud.
 Mientras camina por los pulcros pasillos del Museo del Prado, recuerda débilmente aquella ultima frase que le dijo su abuelo antes de morir “Cuando consigas el cuadro de nuestro antepasado, obsérvalo bien. Solo necesitas eso y el poema que te enseñé”.

Antes de terminar la frase en su cabeza está frente al cuadro, ha conseguido burlar todos los mecanismos de detección y abrir todas las puertas, pero no tuvo en cuenta al guardia de seguridad, ¿Quién lo tendría en cuanta en tiempos tan modernos?...

Cuando su conciencia vuelve a ser racional y el miedo se le va quitando del cuerpo, está corriendo por las calles de Madrid, esquivando a los guardias y policías que le siguen. En su época robar está castigado con al muerte en el acto, sin juicio ni perdón, así que no tiene otra solución que correr, correr hasta no poder más, correr esquivado todos los disparos y gases que le tiran para paralizarle. Por fin llega a su destino, tiene dos tiros en el brazo y en la pierna, sabe que no le queda mucho tiempo…se desangra.

Su mente se vuelve loca, oye voces en las calles, voces de gente que quiere su cabeza.
Está dentro de la casa de su abuelo cuando por fin lo entiende todo. Observa el cuadro y ahí está, en la parte derecha del tríptico, el arpa.
Une todas las piezas en su cabeza, no recuerda la primera vez que su abuelo le mencionó que su casa era “mi jardín de las delicias”  y el arpa es un símbolo que pertenece al escudo de armas de su familia, lo único que le queda es relacionar el poema con todo lo demás, un poema de Gustavo Adolfo Bécquer utilizado por mi abuelo expresamente para hacerme mas llevadero resolver el acertijo que a él le costo tanto revelar:

Del salón en el ángulo oscuro,
De su dueña tal vez olvidada,
Silenciosa y cubierta de polvo,
Veíase el arpa.

Finalmente ha resuelto el misterio de su familia, solo le queda saber lo que esconde, y dejando un rastro de sangre por la casa, se acerca  duras penas a la esquina del salón donde su abuelo tocaba el arpa cuando era niño. Detrás de el, en la pared, se halla un minúsculo dibujo de un arpa en relieve, tan pequeño e insignificante que no te das cuenta de que está ahí si no lo buscas expresamente, el escondite perfecto .

Los siguientes acontecimientos suceden muy deprisa, el hombre pulsa el dibujo de la pared, se oye un sonido al otro lado, en la estantería, y cuando quiere darse la vuelta para descubrir el final de su aventura, el secreto de su familia mejor guardado por su abuelo, la muerte lo envuelve entre sus brazos de oscuridad, impidiéndole ver y llevándoselo consigo.

Mi experiencia como minera.

Me encontraba en el suelo, sucia, con dolor en todo el cuerpo, casi deshidratada y desfallecida cuando observé aquella luz…
Era cálida e intensa, me llamaba y yo quería ir hacia ella, pero desde lo más oscuro algo o alguien me llamaba, y desperté.
Según abría los ojos, mis sentidos se agudizaban, notaba una mano sobre la mía,  que me movían y que me hablaban, ¿Qué decían? No lo recuerdo bien pero sabía que estaba bien y que estaba a salvo, me estaban rescatando. Me desmayé.
Cuando desperté estaba en el hospital, mis padres y hermanos estaban a mi lado, mi madre me cogió la mano y me dijo que ya había pasado todo pero que tenia que tomármelo con calma ya que tuve un problema muy grande y he perdido una pierna a la altura de la rodilla.
Tengo que hacer un esfuerzo, tengo que recordar lo que paso en la mina…

Estábamos dentro, trabajando como cualquier día normal, cuando empezaron a oírse unos extraños ruidos, las paredes temblaban y las piedras se desprendían de ellas, no nos quedó otra opción que descender a algún lugar donde los temblores y los desprendimientos no hubieran llegado, así que descendimos unos setecientos metros. Apenas teníamos recursos, solo pequeñas botellas de agua y unos bocadillos para el supuesto almuerzo.
Los temblores cesaron al cabo de unas horas, pero estábamos atrapados y no podíamos salir hasta que no hicieran alguna vía de escape desde el exterior…
Encontramos agua. Al parecer se filtraba por las rocas y creaba un pequeño charco de vez en cuando.
Día tras día, la desesperación por salir de allí fue en aumento, empezó a haber desfallecimientos y nos sentíamos agotados. No sabíamos con exactitud cuantos días llevábamos allí, puesto que no teníamos relojes con los que al menos ver la hora, pero si sabíamos que demasiados, y desconocíamos cuantos días más podríamos aguantar ese infierno. Yo solo deseaba volver a ver a mi familia, darles un abrazo y abandonar para siempre el trabajo en las minas, buscar uno más seguro, aunque tardase más tiempo en encontrarlo.
Estábamos todos sentados contra las paredes, sin poder mover un dedo por la debilidad y de vez en cuando alguno de nosotros se sumergía en la inconsciencia y fantaseaba con sus mayores deseos. A mí me pasó unas cuantas veces, y siempre soñaba lo mismo. Soñaba que mi madre se acercaba a mí con una botella de agua y una toalla seca. Sentía la suavidad de la toalla y la frescura del agua, mientras que el abrazo de mi madre me proporcionaba calor, un calor abrasador pero reconfortante a la vez. Detrás de mi madre se encontraban mi padre, con lágrimas en los ojos y una sonrisa, la misma que puso cuando mi hermano pequeño salió airoso de una enfermedad por la que casi lo perdemos. Por último unos pequeñines de cinco y cuatro añitos siguen a mi padre, agarrándole cada uno de una de las perneras del pantalón, mis hermanitos. Cada uno lleva en su otra mano mis peluches favoritos de la infancia, que se los regalé cuando nacieron. Cuando todos llegan hasta mí, siento que es real y que estoy en casa. Por desgracia eso no es así, y me despierto de nuevo en esa horrible mina. No puedo evitar llorar desconsoladamente, pero no quiero parecer débil, así que cierro los ojos y me trago las lágrimas.
Me sentía muy sedienta, y según me dirigía al pequeño charco para dar un sorbo de agua, los temblores comenzaron de nuevo, pero estos eran diferentes, como si estuvieran intentando alcanzarnos, liberándonos del frío, de la humedad, del hambre y la soledad.
Debí haberme alejado de las paredes, ya que alguna podría desprenderse, pero necesitaba beber, así que pensé: “sólo un sorbito y me alejo lo mas rápido que pueda”  y eso hice. Me acerqué suavemente al charquito de agua y tomé un par de sorbos.
Poco a poco me acercaba a mis compañeros, que aun no me veían llegar, pero uno de los temblores me hizo tropezar. En ese instante me situaba en el lugar equivocado en el momento equivocado ya que una piedra gigantesca se precipitó sobre mi pierna.
Recuerdo el dolor agudo, punzante y paralizante. Grité hasta que un compañero me oyó y acudió en mi ayuda, recuerdo que me decía que estaban a punto de llegar, que ya nos estaban sacando de aquellas cuatro paredes rocosas que tanto odiaré para el resto de mi vida, aquellas cuatro paredes rocosas que me dejarían en silla de ruedas…
Quería decirle que no me dejara sola, que tenía miedo y que me dolía mucho la pierna, pero lo que salió de mí fue un pequeño gesto, que mi compañero aceptó sin pensarlo. Le cogí de la mano con las pocas fuerzas que me quedaban y lo único que pude decir fue: “no me sueltes”.
La sangre de mi pierna creaba un charquito a mi alrededor, sentía que me estaban vaciando por dentro, me dolía a horrores, y aunque soy fuerte, se me escapó un grito de dolor y me sumergí en el mundo de la inconsciencia…Con la calidez de la mano de mi compañero junto a la mía. Por fin no estaba sola.


Me encontraba en el suelo, sucia, con dolor en todo el cuerpo, casi deshidratada y desfallecida cuando observe aquella luz…

Finales alternativos.

Lo único que fui capaz de percibir cuando me desperté en aquella nave fue el olor a putrefacción, supongo que de los cadáveres que se encontraban a mi alrededor cuando explotó la última bomba. Soy incapaz de abrir los ojos, noto rígido todo mi cuerpo y el tacto de los gusanos sobre mi piel me produce arcadas. Me obligo a levantarme, ya estoy fuera de peligro, nadie pisará estas tierras devastadas aunque le guerra no haya terminado.
Consigo levantarme a duras penas del pequeño escondrijo que me protegió de la bomba. Ver todos esos muertos a mi alrededor, mis amigos, mi vecinos…ninguno de ellos volverá a abrazar a sus seres queridos, todos muertos, pero a salvo de todas estas guerras que sacuden el mundo.

Día 59

Marzo de 2222, dos meses después de que los países mas poderosos entrasen en guerra para quedarse con lo poco que queda en nuestro planeta, el mundo no es lo que era.
Las ciudades están arrasadas, los campos totalmente destruidos y el mar completamente contaminado por todas las nuevas armas químicas que no dejan nada a su paso. Como es obvio, durante siglos los países han destinado capital de los estados secretamente para que cuando estallase todo este calvario  que preveían, estuvieran preparados para dominar la situación. Lo que no sabían era que el resto de los países estaban haciendo lo mismo. Me llamo Samanta, tengo 19 años y vivo en una pequeña comunidad situada en una de las islas que han acordado los países no tocar para asegurar la supervivencia del ser humano en caso de desastre. Es muy irónico pensar que se sientan alrededor de una mesa con un café y un plato de pastitas cada uno a debatir que islas proteger y no atacar en vez de intentar llegar a un consenso…Me produce arcadas. Las “Islas Protectoras de Todas las Etnias”, simplificado con las siglas IPTE, están situadas en cualquier punto del planeta,  y cada una contiene una etnia diferente para conservar todas las posibles. Somos comunidades pequeñas, sin ningún tipo de contacto con el exterior, abastecidas por nuestro país de origen, España en mi caso, y fuimos elegidos para mudarnos aquí completamente por sorteo. El criterio de selección fue un tanto complejo pero muy rápido.
Solo podían ser seleccionadas personas entre los veintitrés y los cuarenta años, de las cuales saldrían trescientas mil personas elegidas, que podían ser acompañadas por dos personas o si por ejemplo eres padre, tienes tres hijos y sales elegido, uno de ellos puede sustituirte y que tus tres hijos tengan el cien por cien de posibilidades de salvarse. En mi caso mi prima fue elegida y como solo nos tenemos la una a la otra, la pedí que nos llevara mí y a mi mejor amigo, James cual se negó a ocupar el puesto que podría ocupar otro y decidió luchar. Cada día le pido al destino que vuelva a por mí…Sin mucho éxito.
El resto de los ciudadanos tenían dos opciones. Una de ellas era alistarse a la “Unidad de Defensa, Ataque y Mantenimiento del País”, que embarcaba tanto al ejército como al sistema económico de un país en guerra. La otra opción era huir a algún lugar donde poder sobrevivir mientras el mundo se convertía poco a poco en un infierno. Nadie ni nada te obligaba a alistarte, pero fue la elección popular, elección que tomó James.
La vida en las IPTE era de lo más monótona. Al principio te despertabas, rezabas por tus seres queridos, te alimentabas y seguías rezando, pero después de un par de semanas te empiezas a dar cuenta de que por un tiempo indefinido esta gente se va a convertir en tu familia y tus vecinos así que empiezas a relacionarte, a jugar con los niños pequeños, a ayudar a los que lo necesitan, a consolar a los menos dichosos…
Oficialmente no, pero al cabo de dos semanas, todos empezaron a decirme que tenía un don con los niños, sobretodo mi prima, así que le sugerí a la “UDAMP” que mandaran a mi comunidad una especie de nave, que pudiera usar como un polideportivo, para poder organizar actividades para niños y, siendo un poco egoísta, no pensar en aquel mejor amigo que me abandonó por la causa y hacer la vida aquí un poco mas amena. En dos días estaba completamente instalado con gradas para los padres inclusive.
Así fueron pasando los días y todos empezamos a recuperar muy poco a poco la sonrisa.

Día 83

Hoy el día empieza como otro cualquiera. Hace sol, mucho calor y todos nos dirigimos ordenadamente a desayunar al edificio central. Nos hacen desayunar a todos juntos para obligarnos de alguna manera a relacionarnos y llevarnos bien, al principio no estaba de acuerdo a tener que compartir mis horas de las comidas con desconocidos pero ahora me encanta. Mantengo una conversación muy interesante con mi prima y  una de mis vecinas sobre el deseo mutuo de que el mundo fuera una completa unidad, sin que los países tuvieran que competir por nada y que la persona que liderase aquello, tuviera algo de sentido común, no como los políticos que llevan siglos liderando con sus propias reglas: corrupción, trampas y favores.
Al atardecer, toda mi comunidad se dedica a divertirse con los niños en la playa o a jugar en el polideportivo cuando un avión del ejército británico, el cual soy capaz de distinguirlo porque en el instituto me enseñaron que los aviones del ejercito británico son de color naranja, se acerca a nuestra playa. En el momento en el que veo como abre las puertas de debajo y suelta una gran bomba sobre nosotros, deduzco que los acuerdos de mantenernos vivos ya no existen.
Solo me da tiempo a proteger con mi cuerpo a la pequeña niña que me agarra de la mano cuando la bomba llega al suelo y hace desaparecer consigo todas nuestras casas.
Nadie comprende lo que sucede, la madre de la niña viene corriendo a llevársela y todos en un acto de desesperación se dirigen entre llantos y gritos de terror al único lugar donde creen que estarán a salvo, a una trampa mortal.

La nave.

Me apresuro lo más rápido que puedo a la nave para avisar a todos.
¿A caso no son capaces de ver que más aviones vendrán y atacaran los lugares donde la gente se puede esconder? ¡Hasta los niños pequeños utilizan esa táctica cerrando, pisando y destruyendo el hormiguero donde se esconden las hormigas cuando se sienten asustadas y atacadas!
Acabo de llegar a la puerta de la nave cuando veo el segundo avión. Lo sabía, ahí vienen a destruir el hormiguero y ya es demasiado tarde, tal vez alguien sobreviva. Me apresuro a entrar lo mas deprisa que puedo y sin avisar de nada para que no cunda el pánico, me escondo debajo de las gradas, en una pequeña esquina para poder protegerme todo lo posible y, por primera vez en años, rezo a todos los Dioses por mi vida.
Se oyen una, dos, tres tal vez  cuatro bombas más en el exterior cuando veo a un niño de unos dos años llorando, completamente solo, “el no tiene por qué morir” pienso, así que salgo de mi escondite y casi consigo cogerlo en brazos cuando la bomba estalla y me impulsa dentro de las grada otra vez.
 Lo último que ven mis ojos son miembros humanos por el suelo, mi prima ardiendo y varias zonas de mi cuerpo quemadas.


Lo único que fui capaz de percibir cuando me desperté en aquella nave fue el olor a putrefacción, supongo que de los cadáveres que se encontraban a mi alrededor cuando explotó la última bomba. Soy incapaz de abrir los ojos, noto rígido todo mi cuerpo y el tacto de los gusanos sobre mi piel me produce arcadas. Me obligo a levantarme, ya estoy fuera de peligro, nadie pisará estas tierras devastadas aunque le guerra no haya terminado.
Consigo levantarme a duras penas del pequeño escondrijo que me protegió de la bomba, ver todos esos muertos a mi alrededor, mis amigos, mi vecinos…ninguno de ellos volverá a abrazar a sus seres queridos, todos muertos.

Cuanto mas cerca estoy de la salida, mas me deslumbra la claridad, pero me animo a seguir, ya que quiero irme de aquí con la gente que haya sobrevivido a algún lugar donde nunca puedan hacernos daño. Siento una chispa de esperanza cuando encuentro junto a los supervivientes a James, que vino aquí en cuanto se enteró de lo ocurrido. Cree que he muerto así que cuando me ve no puede evitar acudir hacia mi corriendo, secándose las lágrimas del rostro y me recorre un gran escalofrío cuando me rodea con sus brazos. Pasamos así un buen rato hasta que, sin yo estar de acuerdo, me suelta para que me atiendan los pocos  médicos que han venido a curar a los heridos. Finalmente me coge de la mano y me susurra:

“Busquemos un lugar escondido, una cueva, un islote, cualquier lugar donde estar a salvo hasta que todo termine, no volveré a separarme de ti, voy a quererte por siempre. Esta vez lo más importante somos tú y yo. Aprenderemos a sobrevivir juntos y moriré por protegerte si hace falta, no pienso volver a dejarte sola.”

“volverás a dejarme sola si mueres por protegerme”digo con tono burlón“No sabes cuanto te he echado de menos”


No había nada más que decir, todo estaba dicho. Después de sellar nuestro trato con un  beso, algo tímido y patoso puesto que era el primero de muchos, nos adentramos en las profundidades de la isla, pensando con pena en mi prima y sin saber que batallas nos esperan, pero lo que los dos sabemos es que hay guerras mucho peores y solo le necesito a el para enfrentarme a todo, para que mi mundo esté completo.

martes, 23 de julio de 2013

Momentos.

Siendo sincera conmigo misma, me doy cuenta de que mi admiración por ella podía confundirse con amor fácilmente.
Cuando aún no había madurado lo suficiente pero tampoco podía seguir apoyándome en los demás con una niña mimada, ella me hizo vivir un cuento de hadas, con el que sentí algo parecido a la felicidad del primer amor...

El poder de una mirada.

Su mirada. Lo único que necesité para darme cuenta del error que había cometido. La estaba diciendo que lo nuestro no funcionaría y ella miraba al frente, aquella fría tarde de invierno. Ella sabía que la helada brisa le secaría las lágrimas. Siempre me decía que llorar significa debilidad y ella es fuerte, siempre lo demostró…
No insistió, ni siquiera preguntó el por qué. Se limitó a asentir… ¿Qué más podía hacer? Ella nunca me obligaría a hacer algo que no quisiera, pero por un segundo pensé que, si no decía nada, era porque no le importaba lo suficiente, pero tenía razón cuando me explicaba que para ella mirar a los ojos era revelar los sentimientos más profundos.
Una mirada oscura, su mirada. La que me mostró su desilusión y que su corazón estaba roto. No podía volver a verla así, pero el daño estaba hecho.

Pasaron los meses, las hojas de los árboles se teñían de tonos anaranjados y no la volví a ver, aquella mirada me perseguía en sueños y no se alejaba de mi mente durante la vigilia. Un día, decidí echar a correr, preguntando a sus amigos, recorriendo los lugares que frecuentaba, siguiendo sus pasos desde las sombras hasta encontrarla pero no obtenía respuestas, sus amigos no querían hablarme de ella y parecía que nunca hubiera existido, que sus pies nunca tocaron el suelo que yo pisaba, que no respiró el aire que yo ahora respiro…Pero la sentía, sentía su presencia allí a dónde yo iba, como un ángel de la guarda que te protege y lo sientes cuando su energía pura y transparente roza tu piel.

Decidí perseguir esa pequeña sensación que emanaba de mi pecho e inconscientemente acabé frete a una lápida de mármol en la que ponía su nombre, dos fechas y una frase de sus familiares que reflejaba lo mucho que la querían.
Me invade un fuerte dolor en el pecho, no puedo evitar romper a llorar, cayendo de rodillas al suelo. Desearía no haber buscado nada, resignarme a vivir mi vida sin ella porque, a veces, es mejor vivir en la ignorancia que saber demasiado, pensando que tal vez podría recuperarla algún día, pero no intentarlo.


No sé cuanto tiempo llevo tirado en el suelo, pero es ya de noche. Salgo del cementerio y no puedo sacarme un pensamiento de la cabeza: “Nunca la recuperaré”

En transición.

Siempre se ha dicho que la transición a la muerte es una luz al final del túnel.
Anoche, la muerte visitó a una anciana que dormía sola en su cama, que solo ocupaba el lado derecho de esta. En otro tiempo el amor de su vida dormía junto a ella.

Abro los ojos y la claridad me deslumbra. Cuando me acostumbro a la luz, veo que me encuentro en un largo y brillante pasillo con suelo de mármol blanco y pequeños remolinos negros. Me recuerdan a los que se crean en el café cuando lo cortas con la leche. Paredes de yeso decorado con motivos florales y letras que no reconozco me rodean y muchos espejos terminan de decorar la estancia. No veo donde termina.
Observo a través de un espejo que vuelvo a ser joven. Llevo un vestido blanco de varias capas de seda que caen hasta las rodillas y sucesivamente hasta los tobillos y mi pelo oscuro y rizado cae hasta mi cintura. Siempre quise permanecer así, pero todo el mundo envejece.
Avanzo por el pasillo despacio, descalza, sin percibir el frío mármol y voy detectando un figura en el frente. Cuanto más me acerco más detalles percibo. Una sonrisa, un gesto, un saludo… vuelve a ser joven, como yo. Ha venido a buscarme para que no viviera sola este momento, el amor de mi vida, ese Alguien-En-Quien-Pensar que me acompañó durante el camino de la vida. Estoy algo asustada por lo desconocido pero el me coge de la mano y avanzo.
Poco a poco noto que todo termina, que me vuelvo etérea, a su lado. Observo en los espejos nuestros cuerpos cada vez más transparentes pero seguimos avanzando, fundiéndonos con aquel lugar extraño hasta desaparecer, hasta ser parte de el.



El corazón de la anciana se detenía  lentamente, sana y salva partía hacia una mejor vida. Cuando la muerte abandonaba la habitación, giró la cabeza y observó a la mujer, que dejaba el mundo con una sonrisa dibujada en la comisura de sus labios. No había muerte más dulce que esa.