miércoles, 12 de noviembre de 2014

Nayah VII

Me agarró de la mano y me sacó corriendo de allí por la ventana de atrás. No le dijo nada a su madre, tan solo trató de sacarme de allí lo más rápido que pudo. Temblando y asustada conseguí saltar por la ventana y corrimos hacia la escuela, ocultándonos entre las cabañas de los pueblerinos. Llegamos a la escuela y nos metimos en el invernadero, escondiéndome entre los bidones de abono del final.
- Te quedarás aquí hasta que yo vuelva - dijo, acariciándome la mejilla - a mí ya me han visto así que tengo que irme, si no sospecharán, pero volveré a por ti en cuanto se vayan.
- Siento haberte mentido y no decirte que soy yo la hija del presidente - dije entre sollozos - lo siento... mucho... Tenía miedo...
- No te preocupes, me lo explicarás todo cuando estés a salvo - dijo mientras se alejaba de mí.
Pasé unos minutos muy nerviosa, sin ser capaz de moverme, rezando porque esto acabara pronto y Aitor volviera a por mí diciéndome que todo estaba bien. Escuché la puerta del invernadero abrirse y unos pasos acercándose a mí.

- ¿Aitor? – Dije titubeando - ¿Eres tú?

Antes de que me diera tiempo a darme la vuelta alguien me agarró por detrás y me susurró al oído. Supuse que alguien nos había oído hablar y maldije para mis adentros.

- Así que… ¿Eres Nayah? Vaya…sí que cambias con el pelo corto y la ropa vieja. – Susurró Marcos – Estoy seguro de que los hombres de ahí fuera se irán y no nos harán nada si te entregamos. Espero que lo entiendas, solo intento proteger a los míos.
- Suéltame – supliqué tirando de mi cuerpo – no os pasará nada siempre y cuando no me encuentren.
- De eso yo no estoy tan seguro.
- ¡Pero yo sí! – gritó Aitor desde el otro lado del invernadero. Corrió hacia mí y le dio un puñetazo a Marcos en la mejilla -  suéltala ahora mismo, Marcos.
Marcos retrocedió unos pasos, liberándome y llevándose las manos al labio, del que la sangre empezada a salir.
- Aitor tenemos que entregarla – exclamó Marcos - ¿No entiendes que si descubren que la hemos protegido nos matarán? Si cooperamos, no nos harán daño. Piensa en tu madre…
- Ella no querría que el precio de nuestra salvación sea entregar a una chica inocente. Además, aunque la entreguemos, nada nos asegura nuestra protección – se defendió Aitor.
- Algunas veces el fin justifica los medios. No te aconsejo desafiarme muchacho, voy a llevarme a la chica ahora mismo conmigo – prosiguió.
- No si puedo evitarlo – dijo Aitor mientras agarraba una pala y le daba un golpe a Marcos en el estómago.
Marcos se derrumbó y cayó de bruces contra los bidones de abono.
- Vamos, Kara – dijo Aitor agarrándola y guiándola fuera – Nos vamos de aquí ya. Mi madre tiene listo el coche, Sólo hemos podido meter lo imprescindible mientras no se daban cuenta. También está tu mochila.
- ¿Se lo has dicho a tu madre? – dije sorprendida.
- Se lo ha supuesto cuando ha visto tu reacción y hemos desaparecido – respondió – cuando he vuelto a la cabaña ya estaba recogiendo las cosas, por eso no he tardado en venir a por ti.

Llegamos a la cabaña sin ser vistos y me subí al coche, escondida en el suelo de los asientos traseros. Aitor y Laura no tardaron en subir, pero en el último momento les vieron.

- ¡Eh! – Exclamó el mismo hombre de antes a juzgar por la voz - ¿A dónde vais?
- Tenemos que ir a por comida a la ciudad – dijo Laura pareciendo tranquila. No pareció importarles, pues arrancó el coche rápidamente- A lo lejos se oyó a Marcos gritar.
- ¡No dejéis que se vayan! ¡Tienen a la chica dentro del coche! ¡La están protegiendo!
- ¡¿Pero que hace Marcos?! - grito Laura - ¡Va a hacer que nos maten!
Me asomé y vi a los cinco hombres con pistolas apuntando. Laura acelerón de golpe y salí disparada al suelo del coche. Se oyeron varios disparos y el cristal del lado de Aitor se rompió.
- ¡Madre! – Dijo alarmado al ver que los hombres corrían a sus coches – ahora van a seguirnos ¿qué vamos a hacer?
- cálmate. Tienes una madre demasiado lista, cariño – dijo Laura riéndose cuando los coches no arrancaban.
- ¿Les has vaciado los depósitos? – preguntó Aitor.
- Y pinchado las ruedas. Sólo por si acaso.
- Una cosa más, esto…mamá – dijo con tono asustado.
- ¿Qué quieres?
- Me han disparado.

En ese momento Aitor se desmayó y dejó caer su cabeza hacia un lado. El coche se desvió de la carretera por el susto de Laura. Yo también me asusté al escuchar eso. Me incorporé para ver la herida. Por suerte le había dado en un brazo y la bala no estaba dentro pero la herida era fea y profunda.

- Kara, despiértalo – dijo Laura, manteniendo la clama – no puede dormirse. Dime dónde tiene la herida.
- La tiene en el brazo derecho, un poco más abajo del hombro.
- ¿Tiene la bala dentro?
- No. Pero sangra mucho – dije preocupada. Comencé a darle golpecitos en la cara – Aitor. Aitor despierta.
- Coge las tijeras de la caja de detrás y corta la manga de la camisa. Después agarra unas gasas y presiona fuerte – ordenó Laura – en cuanto nos alejemos un poco paro y le cierro la herida. Aguanta cariño.
- Mamá – dijo volviendo en sí – estoy bien. Ha sido por ver la herida. Me duele.
 Le recorté la camisa con cuidado de no hacerle daño, estaba cubierta de sangre. Cogí las gasas y se las puse en el brazo apretando fuerte. Se quejó un poco pero me dejó seguir. Le acaricié la mejilla con la otra mano, indicándole que estaba ahí para él, agradeciéndole todo lo que ha hecho por mí. Me agarró la mano fuerte.

- Tranquilo Aitor – Dijo su madre – si la bala no está dentro, que es lo más peligroso, no debes asustarte. Voy a buscar dónde puedo ocultar el coche y hacerte una cura rápida.
- Y yo voy a cuidarte hasta que tu madre pueda parar – le susurré al oído, haciéndole sonreír.
- Gracias, Kara – dijo Aitor haciendo una mueca de dolor - pero no aprietes tan fuerte.
- Nayah – Respondí, presionando un poco más flojo.
- ¿Qué? – preguntó Laura.
- Me llamo Nayah.

































lunes, 10 de noviembre de 2014

Nayah VI

Hacía mucho calor aquella tarde. Laura me prestó algo de ropa para que estuviera más fresca así que me deshice de la ropa de mi padre y me puse un vestido de tirantes blanco que se ajustaba un poco hasta la cintura y luego me caía hasta las rodillas. Laura es bajita y menuda como yo así que el vestido me queda como hecho a medida. Después me puse unas zapatillas blancas y salí de la cabaña para ir a la escuela con Aitor. Me estaba esperando en el porche, con la misma camisa azul turquesa de esta mañana y los pantalones blancos algo descoloridos. Me miró de abajo arriba hasta que se juntaron nuestras miradas.

- Estás preciosa, Kara – dijo por fin.
- Gracias – respondí mientras me aproximaba a él.
- Bueno, vamos a ver cómo están mis granujas – dijo cogiéndome de la mano, haciendo de ese gesto algo de lo más natural – hoy vamos a enseñarles a mantener cuidado y regar bien el huerto.

Nunca me habían cogido de la mano, la verdad es que era mi primer acercamiento físico con un chico. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al sentir como nuestras manos encajaban y el suave roce de su dedo pulgar acariciaba mi mano dulcemente. Era un gesto muy pequeño y simple, pero de algún modo me atravesó el corazón, activando sensaciones nunca conocidas antes. Noté que me miraba mientras caminábamos en silencio hacia la escuela, seguramente analizando mis expresiones y mi reacción al sentirle tan cerca.

Nos pasamos tres horas jugando con los niños en el huerto, era un invernadero lleno de hortalizas que pasamos cosechando más de una hora. Después aramos la tierra y volvimos a plantar semillas de tomates, lechugas, berenjenas, pimientos y remolacha. Los niños aprendían rapidísimo, casi sabían más que yo. Al terminar, salimos fuera y jugamos a la pelota y a saltar a la comba. A pesar de todo lo que me había pasado, esos minutos me hicieron sonreír de nuevo y evadirme de mi dura realidad. Siempre que miraba a Aitor lo pillaba mirándome y me guiñaba un ojo o me sonreía. Me daba vergüenza, pero no podía evitar sonreír con el.
Anochecía en el poblado y todos los niños se fueron a sus casas. Nos quedamos Aitor y yo recogiendo un rato más. Cuando terminamos nos sentamos en las escaleras de la entrada a beber y comer algo. El silencio invadió el lugar hasta volverse algo incómodo. Finalmente Aitor dijo:
- Kara, necesito decirte algo – dijo agarrándome la mano – la verdad es que no tengo ni la menor idea de por qué tienes esa mirada tan triste, y si no puedes contármelo te voy a respetar, pero siento que tengo que cuidarte, que existe una conexión especial desde que te encontré. Cada minuto que pasa siento que debo hacer que vuelvas a sonreír y que, aunque sea unos instantes, la tristeza que inunda tu alma desaparezca. Quiero ser la persona en la que puedas confiar plenamente.
Me agarró el rostro con las manos y me besó. Fue un beso apresurado y posesivo, lleno de pasión y deseo. Le abracé por la cintura y me dejé llevar por ese momento, feliz a pesar de todo. No sé cuánto tiempo pasó hasta que nos separamos y fuimos a cenar, tal vez horas, pero fueron segundos para mí. Con él me sentía protegida y segura.

Recuerdo que aquella noche, cuando estaba a punto de dormirme, le observé. Estaba tumbado en el sofá, pues yo dormía en su cama. Nos miramos fijamente durante un rato hasta que, movida por el deseo de tenerlo conmigo, le hice una seña para que viniera conmigo, proposición que no rechazó. Me besó dulcemente en la mejilla, el cuello, los labios… y su abrazo veló por mis sueños toda la noche.

Un fuerte murmullo procedente de la plaza nos despertó de golpe. Laura no estaba, solo nosotros dos. Me preguntaba si nos había visto dormir juntos y qué pensaría al respecto, pero el rostro preocupado de Aitor al oír la voz de su madre discutiendo hizo que no pensara más en ello. Algo iba mal. Aitor se levantó de golpe y salió fuera. Desde dentro y sin asomarme, escuché lo más importante. Me buscaban.

- Mi madre ya le ha dicho que no ha pasado por aquí – dijo Aitor cortante – Así que váyanse.
- No hasta que registremos todo el poblado – exclamó una voz ronca y fuerte – si ella no está aquí, ni estáis ocultando nada, no tenéis que temernos.
- No tenéis derecho a invadir nuestra intimidad – dijo Laura.
- ¿A ti no te han enseñado a mantener la boca cerrada cuando los hombres hablan verdad, mujer? – respondió con tono despectivo hacia Laura.
- Como vuelvas a hablar así a mi madre…
- ¿Qué me harás? – dijo el hombre. Y escuché un tiro, seguido de numerosos gritos – supongo que así dejo claro quién manda aquí. Bien, empezaremos por allí y cuando volvamos espero no escuchar más quejas.
Se me saltaron las lágrimas al ver a Laura y Aitor entrar por la puerta. Estaban bien.
- ¿Qué ha pasado? – Dije asustada - ¿han disparado a alguien?
- No, tranquila. Están buscando a la hija del presidente fallecido – respondió Laura – solo dispararon al aire, para asustarnos. Dejaremos que vengan y busquen. Se irán pronto.
- ¿Cuántos son? – pregunté, asustada.
- Cinco.
Me puse blanca y con ganas de vomitar. No podía arriesgarme a que me encontraran, seguramente tratarían de protegerme y morirían por ello. Miré a Aitor con cara de auxilio y no hizo falta que le diera muchas explicaciones. Le abracé y, para que no me oyera Laura susurré:
- Aitor, sácame de aquí.




sábado, 11 de octubre de 2014

Nayah V

Pasamos una comida muy agradable y estaba deliciosa. Comí con Laura, Aitor y tres voluntarios más. Se llamaban Marcos, Daniela y Cristina y ya los conocía de mis visitas anteriores. Eran una pareja de médicos y una bióloga respectivamente. Afortunadamente, ninguno me reconoció.
Durante la comida me contaron sus historias. Al parecer, Marcos y Daniela se casaron hace un tres y pasaron su luna de miel en África. Durante su viaje pudieron ver las necesidades que hay aquí y los pocos medios que poseen. Estuvieron un año preparándose y ahorrando para poder pagar el viaje y venir a curar y cuidar a la gente.
El caso de Cristina es más gracioso ya que acabó aquí de pura chiripa. Un día estaba hablando con una de sus compañeras de carrera, que siempre la pinchaba porque Cristina se ponía muy nerviosa con las notas y luego sacaba excelentes, apostaron que si sacaba más de un nueve en el trabajo de fin de grado se tendría que apuntar a una ONG y se iba a África de voluntaria. obviamente era de broma, ya que poca gente sacaba más de un ocho en su trabajo, pues le faltó tiempo para hacer las maletas cuando recibió una matricula de honor por su estudio sobre la reacción de diversas bacterias en aguas con diferentes componentes y alguna otra cosa más que no logré comprender bien.
Después de tanta charla, y tras la insistencia de todos, tuve que contarles parte de mi historia, algo distorsionada claro.

- Me dirijo hacia Egipto - añadí por fin - a casa de mis padres.
- ¿Por qué no estás con ellos? - preguntó Cristina.
-¿Qué haces tu sola recorriendo el continente? - dijo Marcos, la verdad es que me miraba con cara de incredulidad. Me intimidaba bastante.
- Me escapé de casa - logré decir - mis padres me presionaban mucho para que hiciera todo lo que ellos quisieran y me cansé. Cogí una mochila y dinero, el cual no falta en mi casa, y me fui a casa de una amiga que vive aquí, en la capital.
- ¿ Eres de una buena familia? - dijo Marcos - El caso es que cuanto más te miro más me resultas familiar...¿ Has salido alguna vez en la tele o algo así?

Mierda. Eso fue lo primero que pensé. La mesa se quedó en silencio y yo no sabía que responder, me sudaban las manos y me ardía la cara. Por fin se me ocurrió algo:

- Mi padre trabaja en un periódico y alguna vez he posado para alguna foto - dije sonriendo. No sonaba muy convincente pero no sabía qué otra cosa decir - seguramente te suene por eso.
- Es lo más probable - dijo Daniela, salvándome el cuello - a mi marido le encanta leer el periódico.
- Pero Kara - intervino Aitor, cortando ya con el tema  - ¿cómo llegaste hasta aquí? tenías varias quemaduras en la cara y parecías totalmente perdida cuando mi madre y yo te encontramos. Tuviste suerte de que saliéramos del poblado a hacer fotos del atardecer...
- Mi amiga vive en el centro de la capital y hace unos días la atacaron y... - me costó hablar sobre mis padres. Tuve que seguir hablando reprimiendo las lágrimas  - mataron al presidente y a su mujer.
- Lo sabemos - dijo Laura - vinieron varios heridos ese día. Al parecer están buscando a la hija del presidente, que se encuentra desaparecida.
- Si - proseguí, con un nudo en el estómago al pensar que estábamos hablando de mí en tercera persona - quieren matarla porque ella ahora es la sucesora al cargo. han ofrecido elevadas recompensas por ella. El caso es que me asusté mucho al ver todas esas revueltas y me fui de la ciudad en cuanto pude. Quise coger un avión pero estaba todo colapsado para evitar que nadie saliera de allí así que decidí alejarme a pie y buscar un transporte.Pasé un día andando por el desierto hasta que me encontrasteis. El resto de la historia ya os la sabéis. 
- Madre mía - exclamo Marcos - ¿y cómo piensas seguir?
- Mi madre y yo nos vamos a Egipto en un par de días en el coche para recoger material médico - dijo Aitor - quédate dos días y te llevamos.

No sabía que hacer...estar tan cerca del peligro dos días era muy arriesgado. En cualquier momento podían venir a investigar y no sabía si sabría pasar por otra persona mucho tiempo.

- no sé...no creo que sea lo mejor - respondí

-Aitor - exclamó Laura - Se me había olvidado por completo lo de nuestro viaje. Es perfecto. No se hable más, Kara, te vienes con nosotros, no voy a permitir que te vayas sola con lo que está pasando. y será más divertido.

De alguna forma sus palabras me hicieron pensarlo bien. Llegaría mucho antes con ellos y el hecho de ir con unos voluntarios era una especie de camuflaje. Solo me daban miedo estos dos días pero al final acepté.

- Muchísimas gracias a todos - dije - estaré encantada de ir con vosotros. La verdad es que el viaje me daba algo de miedo.
- Es todo un placer tenerte aquí - dijo Daniela vacilando y sonriendo - pero no vas a librarte de ayudarme en el invernadero.
- Lo siento, Dani - dijo Aitor - pero esta tarde ya la tiene muy ocupada. Se viene conmigo a la escuela para ayudarme con los críos.

Y en su rostro feliz se formó una gran sonrisa mientras me guiñaba un ojo. No pude evitar bajar la mirada y sonreír con el.









miércoles, 8 de octubre de 2014

Nayah IV

Cuando el sol decidió asomarse por mi ventana mis ojos comenzaron a abrirse lentamente. Las suaves sábanas blancas que me cubrían desprendían un agradable olor a primavera y el confortable colchón me abrazaba para que siguiera allí infinitamente. Me sentía tranquila y a salvo a pesar de no tener ni idea de dónde me encontraba. Tras unos segundos de placer que me permití a mí misma decidí levantarme y mirar alrededor. La cama estaba en una habitación sencilla de paredes blancas y desgastadas. Pegado a ellas se encontraba un pequeño escritorio de madera vieja con papeles desordenados por encima. Desde la cama podía ver las otras tres estancias de la cabaña: una pequeñísima cocina de lumbre, un baño minúsculo y otra habitación exactamente igual a aquella en la que había dormido.
Salí de la cabaña y me encontré en el centro del poblado, coronado con un pozo de agua en el centro. Una larga cola de personas se arremolinaba alrededor esperando su turno para coger agua.

– Por fin has despertado – me gritó una voz masculina detrás de mí.
– Aitor… no asustes a la chica por detrás – dijo la mujer que se encontraba al lado del chico.
– Lo siento…  –  dijo acercándose a mí. Tenía una sonrisa que brillaba por sí sola a pesar de su piel clara – Me llamo Aitor y esta es mi madre Laura ¿Cómo te llamas?
Era un chico joven, un par de años mayor que yo supongo. Se hizo un largo silencio mientras esperaban la respuesta.
– Kara – mentí – Me llamo Kara.
No sabía en quién podía confiar así que esa me pareció la mejor opción, bautizarme con el primer nombre que se me ocurrió, el de mi antigua mascota.
– Estamos encantados de conocerte Kara, somos voluntarios españoles que venimos a intentar mejorar vuestro modo de vida. ¿Quieres tomar algo? – Me preguntó con hospitalidad – Quedan dos horas para la comida así que ¿por qué no dejas que Aitor te enseñe el pueblo? Aitor, tráela algo de fruta y volved en un par de horas para comer algo.
– Muchas gracias, Laura – dije mientras cogía una naranja.
Aitor y yo caminamos por el poblado que yo ya conocía mientras me explicaba lo que había en cada cabaña. Todo el poblado formaba un gran circulo alrededor de pozo. Calculo que apenas serán ciento cincuenta personas incluyendo a los voluntarios.
– Cuando construyeron el pozo y lograron que llegara el agua hasta aquí, los poblados cercanos empezaron a venir aquí en lugar de caminar tantos kilómetros – exclamó -  en cierta forma estamos ayudando a mucha más gente de la que parece.
Todo lo que me estaba contando me resultaba de lo más interesante, lejos de las narraciones examinadas minuciosamente por el protocolo cuando los visitamos por última vez. Esta versión era más real y sincera. Cuando nos quedamos sin tema del que hablar traté de impedir que me preguntara sobre mí, así que lo hice yo:
– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? – pregunté, su rostro no me era familiar ni me sonaba de la última vez. Es un chico muy guapo, si le hubiera visto, lo recordaría.
– Apenas un mes. Mi madre es médico y ganaba mucho dinero en España así que nunca me faltó de nada – dijo entre risas – más bien estaba muy consentido y no sabía valorar las cosas. Unos días después de graduarme del bachillerato y decirla que pasaba de estudiar más y que quería vivir la vida se enfadó muchísimo por que no supiera valorar que todo lo que ella ha trabajado lo ha hecho para que yo tuviera la mejor educación y yo la desaproveche. Así que una semana después me soltó la bomba de que estábamos en una ONG y nos íbamos de voluntarios quince días.
– ¿Y cómo reaccionaste? – pregunté.
­– La verdad…fatal. Tenía planeado un viaje con mis amigos y se negó a que fuera. Cuatro días después estábamos cogiendo el avión sin decirnos ni una sola palabra.
Los primeros tres días fueron un castigo. No tener agua caliente, apenas electricidad y no poder hablar con mis amigos…lo pasé algo mal.
Pero finalmente mi madre consiguió su propósito y me abrió los ojos. Los primeros días yo la veía cuidar a los lugareños y curar heridas del duro trabajo diario y finalmente opté por poner mi granito de arena. Escuché que estaban terminando de construir un pequeño colegio con un huerto detrás de las cabañas y quise ayudar. Pasé una semana pintando las paredes con los niños, construyendo mesas de madera y taburetes, ordenando el poco material escolar que nos llega. Me lo pasé realmente bien y me di cuenta de que era feliz en esta humilde vida sin las ataduras del mundo moderno. Los niños estaban ilusionadísimos por estudiar y aprender, por labrarse un futuro, el futuro que yo estaba rechazando.
<< unos días antes de irnos Hablé con la ONG sin decírselo a mi madre. Les pedí que me dejaran quedarme y ser el profesor de los niños. Aceptaron con la condición de que se lo contara yo a mi madre antes de confirmarlo del todo. Cuando se lo dije se quedó helada. No sabía cómo reaccionar ante eso. Le dije que no sería para siempre y que cuando volviera comenzaría a estudiar para ser profesor. Se puso tan contenta y la vi tan orgullosa de mí... Me dijo que se quedaría conmigo y aquí estamos los dos, dispuestos a cambiar un poquito el mundo.
Cuanto más lo escuchaba más me hechizaban sus palabras. Sentía total admiración por ese chico, que abandonó su mundo y todo lo que tenía para ayudar al mío.
Seguimos dando un paseo, volviendo hacia el poblado tras visitar la escuela. Era muy bonita, con colores y manos de los niños en la pared. Cuando llegamos al pozo a beber algo de agua me dijo:

– ¿Te gustaría venir a la escuela esta tarde a verme y jugamos un rato con los pequeños? – me dijo con emoción
– No se – dije, volviendo a mi realidad, a pesar de que dentro de mi el deseo de quedarme latía con fuerza – debería seguir mi camino.
– Una lástima – exclamó. Sus palabras se tornaron tristes y ácidas – Me costará olvidar esos ojos brillantes que tienes, son mágicos.
Y salió corriendo hacia una de las cabañas, dejando sus últimas palabras flotando en el aire.
– ¡Kara! – Exclamó Laura desde la ventana - ¡ven a comer con nosotros, venga!
A eso no podía negarme.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Nayah III

Salí de las alcantarillas tras recorrerlas y atravesar la ciudad, imaginándome las calles y los caminos que me guiarían a la salida. El olor era repugnante, una mezcla de agua estancada, comida podrida y cuadra sin limpiar. Tuve que taparme con la chaqueta y oler el aroma del perfume de mi padre para poder seguir, pero logré salir.
Llegué a las colinas de arena de las afueras de la ciudad, justamente entre dos de ellas, preparada para seguir mi camino tras escabullirme de la callejuela de la periferia por la que logré salir. A los treinta minutos de empezar a caminar por la arena, me sentí terriblemente cansada. Era de noche  y tenía miedo, así que seguí un poco más hasta encontrar un refugio, si se le puede llamar así, entre varías rocas grandes y un desnivel de arena. Me tumbé con la cabeza apoyada en la mochila y me quedé profundamente dormida mientras lloraba la pérdida de mi familia.

Dormí escasas horas seguidas. Me despertaba de vez en cuando, sintiendo mi cuerpo alerta pero a la vez obligándome a seguir descansando un poco más pues me aguardaba un duro y caluroso día caminando por el desierto.
Cuando los primeros rayos de sol se colaron entre las rocas, pensé que era el momento de continuar. Me incorporé y mi estómago me declaró la guerra, negándose a continuar la travesía sin una pizca de alimento que digerir. Saqué la manzana y tres de mis valiosas galletas, disfrutando de cada bocado al máximo antes de ponerme a caminar.
Mi principal objetivo era salir del país antes de que toda la población sepa que me buscan y ofrezcan recompensas, algo muy común cuando buscan a alguien desesperadamente. Para entonces todo el mundo tendrá un precio.

Cada verano, durante un mes y medio, me recorro el país para confraternizar con mi gente y conocer las tierras de mi padre, por lo que sabía que el poblado más cercano se encontraba a unos quince kilómetros. Tendría que caminar casi todo el día para llegar hasta allí. Por suerte, ese poblado posee algo muy especial desde hace un par de años. Se trata de un asentamiento de Médicos sin Fronteras que fue para un par de meses y decidieron quedarse unos años junto a Intermón Oxfam, para ayudar al pueblo y los alrededores.
Tras mi última visita llegaron más voluntarios para ayudar a construir un colegio y una pequeña depuradora de agua, ya que por fin lograron terminar el canal que abastecía al pueblo. Así consiguieron que mi gente no tuviera que caminar horas a por agua y pudieran los adultos cultivar y los niños estudiar.

El sol ardía al llegar el mediodía. Intentaba no desaprovechar el agua que tenía dando pequeños sorbos cada rato. Me sentía mareada y desorientada. A mi alrededor sólo había arena y las huellas de mis pies marcadas en ella por el camino. Llevaba horas caminando sin parar y me merecía un descanso, pero tenía miedo de no llegar esa noche al poblado así que no paré, continué casi como una autómata, viendo el sol alejarse de mí, cayendo y llenando de oscuridad el desierto. No podía más, tenía heridas en los pies, la cara y las manos resecas y dolor de cabeza. Solo pude dar un paso más antes de caer de rodillas al suelo, nublandose mi vista tras ver los focos de lo que me pareció un coche y la puerta de uno de los dos lados abrirse.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Las chicas que leen...

Hoy he leido este artículo y me ha encantado. Considero que merece estar aquí, ya que muchas palabras que se pueden leer en el me describen, y más aún, debe ser leido comprensivamente para captar el alma de todas aquellas que deseamos construir una vida de cuento.
"Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.
Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería.
Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas.
Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos. Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami.
Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella. Es fácil salir con una chica que lee.
Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor.
Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace. Por lo menos tiene que intentarlo.
Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.
Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe.
También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos. ¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo. Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.
Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype. Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.
Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.
O mejor aún... a una que escriba.”
Por Rosemary Uquico.

jueves, 28 de agosto de 2014

El encanto de la lluvia

Muchos somos los que pensamos que las tormentas de verano, o la lluvia y el mal tiempo en general, no son más que una forma natural de fastidiarnos un plan al aire libre como ir a la playa o a dar un paseo en el día que más nos apetece. En cambio, hoy he descubierto que existe cierta belleza en estos inesperados días en los que levantamos la persiana esperando que entren los rayos del sol y descubrimos que nuestro idílico día se ha ido a la mierda, hablando mal y pronto, por culpa de que el día se ha despertado húmedo y gris
Pero, en cambio, cuando he salido de estudiar y he sentido la limpieza del ambiente, tras estar todo el día lloviendo, y el frescor de las pequeñas gotas de agua, ha sido de lo más gratificante y no he podido evitar pararme a pensar en que, en cierto modo, agradezco que llueva.
No te sientes obligado a salir de casa y te puedes tirar en el sofá a ver la tele o leer un libro con una mantita, acurrucarte a tu pareja todo el día sin sentirte mal por no aprovechar un día de sol en Cantabria, que este verano os aseguro que vale su peso en oro.
Ver llover desde la ventana del salón mientras me bebo un té caliente y con un buen libro que leer, en pijama, en el calor del hogar, para mí es un momento de descanso perfecto.
En ese sentido veo belleza en las tormentas, porque no todo es diversión, salir, moverse... a veces se necesita relax, y la lluvia te lo concede si o si.