jueves, 28 de agosto de 2014

El encanto de la lluvia

Muchos somos los que pensamos que las tormentas de verano, o la lluvia y el mal tiempo en general, no son más que una forma natural de fastidiarnos un plan al aire libre como ir a la playa o a dar un paseo en el día que más nos apetece. En cambio, hoy he descubierto que existe cierta belleza en estos inesperados días en los que levantamos la persiana esperando que entren los rayos del sol y descubrimos que nuestro idílico día se ha ido a la mierda, hablando mal y pronto, por culpa de que el día se ha despertado húmedo y gris
Pero, en cambio, cuando he salido de estudiar y he sentido la limpieza del ambiente, tras estar todo el día lloviendo, y el frescor de las pequeñas gotas de agua, ha sido de lo más gratificante y no he podido evitar pararme a pensar en que, en cierto modo, agradezco que llueva.
No te sientes obligado a salir de casa y te puedes tirar en el sofá a ver la tele o leer un libro con una mantita, acurrucarte a tu pareja todo el día sin sentirte mal por no aprovechar un día de sol en Cantabria, que este verano os aseguro que vale su peso en oro.
Ver llover desde la ventana del salón mientras me bebo un té caliente y con un buen libro que leer, en pijama, en el calor del hogar, para mí es un momento de descanso perfecto.
En ese sentido veo belleza en las tormentas, porque no todo es diversión, salir, moverse... a veces se necesita relax, y la lluvia te lo concede si o si.


jueves, 21 de agosto de 2014

Nayah II

Mi padre dejaba este mundo y yo sentía un frío inexplicable...el frío que produce la soledad, que te inunda y congela tu corazón. No sabía cómo llegar hasta la casa de mi tío en El Cairo, no podía ir en autobús, ni en avión porque no podía identificarme o me matarían. Debo ir sola, sin ayuda. Tal vez andando o colándome en algún autobús.
Lo primero que hice fue apresurarme al piso de arriba, ignorando el estado de mi hogar, destrozado y desolado. Entré en el baño de la habitación de mis padres. Todo estaba revuelto, con nuestras cosas por el suelo y los cajones abiertos, lo que me facilitó el encontrar lo que estaba buscando.

Me lavé rápidamente la cara para quitarme el maquillaje y cerré la puerta del baño. Encendí a tientas un par de velas, que coloqué junto al espejo para poder verme. Seguidamente agarré las tijeras y respiré hondo. Cortar el primer mechó fue tal vez lo más duro, era una metáfora de que dejaba atrás la vida que llevaba antes. Soy blanca, como mi madre, en cambio tengo los mismos rasgos que mi padre y mi abuela, unos ojos color azabache, el pelo oscuro y muy rizado, casi por la cintura. Siempre lo llevaba suelto, me hacía sentir muy hermosa. Seguí cortando, mechón tras mechón, hasta que solo quedaban unos alborotados y minúsculos ricitos sobre mi cabeza. Supuse que así no me reconocerían, al menos los que no me conocen en persona. Me quedé mirándome unos segundos, no era capaz de reconocerme a mí misma sin maquillaje y con el pelo tan corto, era como observar a otra persona y, en aquella circunstancia, era muy buena señal.

Agarré las cerillas con las que encendí las velas, un bote de agua oxigenada y gasas. Mi siguiente paso estaba en el armario de mi padre. Cogí unos de sus pantalones cortos – que a mí me llegaban por debajo de las rodillas – y una de sus camisetas de deporte junto con una chaqueta y me vestí, despidiéndome también de mi ropa habitual. me dirigí hacia mi habitación, dónde busqué mi mochila negra y guardé lo que cogí en el baño junto a una linterna y mi cartea, sacando primero cualquier cosa que pudiera identificarme. Solo me interesaba el dinero.

Por último y antes de marchar, bajé sigilosa y con las piernas temblorosas a la cocina, y rebusqué en los cajones la navaja de caza de mi padre. Como provisiones me llevé lo poco que me cabía en la mochila: un par de manzanas, un paquete de galletas y una botella de agua. Salí de lo que había sido mi hogar aterrada y conteniendo un sollozo.
Mi mayor prioridad era salir de la ciudad, dónde podría ser fácilmente reconocida por mis amigos. Por un segundo pensé en pedirles ayuda, pero no sabía si poder confiar en ellos por lo que descarté esa posibilidad enseguida. Me escondí en la arboleda de mi casa, a la entrada de esta, a pensar por dónde podría salir de allí. Era bastante obvio que por el centro era imposible, demasiada gente conoce mis gestos, mi voz e incluso mi mirada como para no darse cuenta de que soy yo, aunque les cueste al principio. Tampoco podía ir callejeando porque, si me están buscando y me ven sola, me registraran o me cogerán hasta que me identifique alguien conocido. No sabía cómo escapar de allí sin correr demasiado peligro...

Me fijé en el círculo negro de la entrada de casa, el que tiene dibujado el escudo de la familia de mi padre en la carretera.  Nunca entendí muy bien por qué lo colocaron allí por mucho que me explicaran que era para detectar la casa desde el aire por los aliados y evitar que atacaran. Siempre lo vi como una falta de respeto, pues todos los coches que pasaban pisoteaban con sus ruedas el símbolo de mi familia cual rendija sucia de una alcantarilla...
Ese ligero pensamiento de mi cabeza me dio la gran idea. Podía salir por la red gigantesca de alcantarillado que atraviesa la ciudad de punta a punta. Tan solo tenía que llegar hasta la rendija más cercana y estaré a salvo.
Salí del jardín de mi casa, llegando a la travesía principal de Adís Abeba y corrí a una callejuela secundaria, escondiéndome tras unos cubos de basura, cuando escuche las voces de dos hombres que hablaban en inglés.
– Hay que encontrar a esa niñata – dijo uno de ellos.
­– sigo sin comprender por qué es ella tan importante. Había que matar a su padre – prosiguió entre quejas – pero nadie dijo nada sobre matar a una cría.
– Eres un necio – exclamó – es necesario matar a todos los descendientes del presidente. Este país se rige bajo una presidencia de derecho de nacimiento. Si la hija del presidente vive, es ella la sucesora del cargo y por tanto el país no es de Sudán ni de nuestro querido presidente, por mucho que lo pretendamos. Así que, si sigue viva, tarde o temprano intentará recuperar lo que es suyo, y más con la ayuda de Egipto. El tío de la niña haría cualquier cosa por ella…
– Pues entonces habrá que encontrarla y acabar con ella.
Comprendí por qué mis padres me ocultaron y por qué debo protegerme a mi misma. Hasta que yo no muera, este país me pertenece y mi misión es cuidarlo y que prospere.
La entrada a las alcantarillas estaba en el centro de la carretera, junto a los dos hombres. Esperé lo más escondida que pude, vigilando mis espaldas, hasta que se cansaron y se fueron, y por fin me acerqué a la rejilla. Usé toda la energía que me quedaba en el cuerpo para abrirla y logré esconderme rápidamente en el laberinto de suciedad que me permitiría escapar sana y salva.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Nayah I

Cuando desperté aquella mañana no sabía lo mucho que cambiaría mi vida, pero algo en mi interior me hacía estar nerviosa. Sentía que todo era diferente, hasta el aire me olía diferente en la sencilla ciudad en la que me he criado. Aun así, ignoré mi extraña intuición y decidí continuar con el día como si fuera otro cualquiera.
Vivía en Adís Abeba, la capital de Etiopía. Mi padre era el presidente del país y mi vida era como la de cualquier joven europeo, aun a sabiendas de que mi país presidía la lista de los países más pobres del mundo entero. Simplemente miraba para otro lado e intentaba olvidarlo.
– Es mejor que te mantengas al margen de todo esto, pues tú no tienes la culpa de nacer siendo mi hija, simplemente disfruta de lo que tienes la suerte de tener y aprovéchalo por todos los que no lo tienen – Me decía mi padre cuando le preguntaba sobre las desigualdades del mundo mientras observábamos, desde nuestra gran casa, las revueltas de aquellos que deseaban la igualdad por la que yo poseía cierto interés.
– Solo tienes quince años y aún hay cosas que no comprendes de la vida. Los humanos nunca tendremos igualdad. Estamos cegados por el egoísmo y la ambición.
Estudiaba en casa con los mejores profesores, que venían de los mejores colegios británicos y franceses para darme la mejor educación. Estudiaba inglés, francés, economía, historia universal, matemáticas y biología. Me encantaba la idea ser médico de mayor y mi padre me mandaría a la mejor universidad para que lo consiguiera. Mi madre me enseñaba buenos modales, cocina y costura por las tardes, aunque no me interesaba demasiado.
Aquella tarde el olor ahumado de los contenedores que quemaban en la ciudad y los gritos de los revolucionarios era inmenso, me daba algo de miedo, pero mi madre me decía que no pasaba nada, que había mucha seguridad en la casa. Desgraciadamente no la suficiente.
En escasos minutos una bomba estalló en la calle, reventando los cristales de mi casa y haciéndome caer al suelo. Mi madre me escondió bajo una trampilla camuflada por la alfombra central del salón y me dijo que no saliera de allí. Después de eso escuché muchas pisadas seguidas de varios disparos muy cerca de mí. Me taladraban los fuertes e incesantes pum pum, pum pum de mi aterrorizado corazón. Me esforcé por no sollozar, pero no pude evitar que se me desbordaran las lágrimas de los ojos.
Pasé las horas en silencio, esperando a mis padres y tapándome los oídos hasta que dejé de escuchar disparos y gente gritando. Las pisadas hacía mucho que habían cesado, pero temía salir de allí. Miré mi reloj y eran las tres de la madrugada. Necesitaba salir de allí y buscar a mis padres.
Abrí la trampilla escasos milímetros y el salón estaba vacío. Salí del pequeño agujero haciendo el menor ruido posible. Estaba todo muy oscuro, pero pude guiarme gracias a la poca luz del exterior, el cual parecía un infierno. Estaba todo en llamas y escasas farolas quedaban encendidas. Me dirigí decidida hacia el despacho de mi padre. Lo primero que vi fue una mano de mujer, y desee con todas mi fuerzas que no fuera ella, pero al reconocer el anillo de su dedo el mundo se me vino abajo. Corrí hacía ella por si seguía viva. No se podía hacer nada, estaba fría como el hielo y hacía mucho que sus pulmones dejaron de respirar. La cerré los ojos y me acerqué a su rostro para darla un beso por última vez.
– Te quiero, mamá – le susurré al oído, conteniendo el llanto.
– ¿Na…Nayah? – dijo alguien desde el otro lado del escritorio. Me asusté al escucharlo, pero no tenía sentido que fuera enemigo. ¿Cómo sabría mi nombre?
– Nayah, ven aquí. Tranquila, no hay nadie.
Me acerqué al cuerpo herido de mi padre y le cogí la mano.
– Papá – dije llorando - ¿Qué ha pasado? No entiendo nada…
– Teníamos un tratado de paz con Sudán a cambio de beneficios económicos – dijo con la voz entrecortada – y al perecer no les es suficiente. Se han hecho con el país.
Tenía heridas por todo el cuerpo y un disparo en el abdomen. No conseguía respirar bien y había sangre suya por todas partes.
– Dime qué puedo hacer – dije desesperada.
– Debes irte… con tu tío a Egipto. El cuidará de ti. Dijo que… que se encargaría de ti si esto pasaba. Pero no puede venir a por ti. Le matarían.
Apenas entendía ya sus palabras. Se le cerraban los ojos y su respiración se ralentizaba. Le acaricié la mano y la sujeté fuerte entre las mías mientras me dejaba.
– Sabes… que siempre te querremos. Ten cuidado – dijo soltando una lagrima.
– Lo sé, papi. Te quiero.

Sus últimas palabras eran apenas un susurro que me costó entender. Decía que hiciera lo posible porque no me reconocieran. 

domingo, 3 de agosto de 2014

Fugaces pensamientos a media noche 6

Hoy he aprendido a ser un poquito más positiva, pues algunas veces me resulta difícil serlo ya que me tomo las cosas muy en serio. Pero, en el fondo, me doy cuenta de que sonreír y poner buena cara es más placentero a la larga aunque cueste un poquito más.
Creo que necesito rodearme de gente que no me produzca pensamientos negativos, que no me agobie, que simplemente viva su vida compartiendo momentos de alegría conmigo, sabiendo que también estaré en los malos.

 No se, he perdido a un puñado de personas que me importaban mucho durante las ultimas semanas y aun así me siento bien, me siento liberada porque se que la gente que me rodea ahora, aunque sean menos, me valoran por lo que soy en este momento, y no me juzgan por aquello que hice en el pasado.

Me siento con más fuerza que nunca, más enamorada, más dispuesta a reírme y disfrutar de las pequeñas cosas que me da la vida cada día, de su sonrisa, de sus caricias, de sus besos. Y siento que esto es así por mantenerme alejada de esas manzanas perfectas por fuera pero podridas y envenenadas por dentro. Y pensar que yo las llamaba amigas...

XOXO,

Thirstyimmortal.